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Instantánea (2)

Photo 059

A Patiño; en su cumpleaños número 30

Seis miradas apagadas por la nostalgia. Era la primera vez, desde la despedida de Patiño en diciembre de 1999, que lográbamos congregar al conjunto de ingobernables jóvenes (en ese momento pensábamos -y quizás aún lo sigamos haciendo- que Nabyl se escondía, gracias a su estrenada condición de muerto, en el intersticio entre El Negro y Suarez). En algunos semblantes florece una madurez incipiente, en tanto que en otros la juventud sigue, por el contrario, vigente. La formación quiere imitar, sin éxito, la ceremoniosa fotografía que antecede los partidos de futbol. El único que asume el papel de futbolista es el moreno que está acurrucado. Su nombre de pila es Diego Orlando (pero siempre nos referimos a él por su primer apellido: Patiño).

[Diego es un nombre que tuvo la virtud de ser abundante entre mis contemporáneos gracias a la fama meteórica de Diego Armando Maradona a finales de los setenta. Esa fue la razón, lo recuerdo bien, por la que acepté ese nombre cuando mi padre me preguntó, a finales del año 1984, si quería llamarme Diego (hasta ese momento me llamaban –como continúan haciéndolo- Motas). Nadie recuerda, sin embargo, quién decidió que el destemplado Germán acompañara al primer nombre].

En el grupo se encuentra otro Diego: Diego Alejandro. La coincidencia del nombre hizo que profesores y coordinadores se refirieran a nosotros como Los Diegos (aseguraba Martha Mantilla, profesora de química, que no había reunión en la que no se hablara de nosotros). Quien apoya la punta del pie derecho sobre la pierna de Patiño es Miguel Antonio (entre nosotros se conoce con el mote de El Negro). A su flanco derecho está Humberto Germán (conocido, al igual que Patiño, por su primer apellido: Suarez); y al lado de él está Navarrete (Diego Alejandro) y a su costado estoy yo. Cierra filas Walther con una seriedad que, acaso, desentona con la ocasión.

Esta mañana llegaron, simultáneamente, el recuerdo de esta fotografía y la fecha del cumpleaños de Patiño. La reproducción la encontré en el CD que él dejó seis años atrás (estaba en una carpeta denominada arrivee_bogota), la segunda se guarda en el sitio donde almacenamos las fechas asociadas a nuestros afectos. Lo primero que descubrí –y que no había visto hasta ahora- es que la fecha de la fotografía es engañosa: no es el 2002 sino 2003 el año en la que fue tomada. La miro después de la corrección mental para hacer el arqueo de los cambios que el tiempo ejecutó en nosotros: mujeres que dejaron su huella tatuada en la piel, títulos universitarios, viajes, errores, aciertos. Al enumerarlos parecen pocos. Quizás porque hice, como sucede con todas las categorizaciones, una clasificación arbitraría. Pude, de hecho, haber afirmado que en seis años hicimos dos cosas: acertar y equivocarnos, en ese orden y en el inverso. Después del balance no pude evitar el impulso narcisista de ojearme largamente. Tenía más cabello y menos barba de las que tengo actualmente. Me estrenaba, por aquellos días, en la abstinencia etílica que ya cumple más de seis años de funciones. Me parece curioso que apoye, de esa forma tan ridícula, la mano sobre el hombro de Walther. Me quedo contemplándolo para saber por qué lo veo diferente. Luego de unos segundos recuerdo que a él, al Negro y a Suarez los años les arrebataron la frondosa cabellera (al Negro gracias a que trabajo en Miraflores, Guaviare; los otros por causas desconocidas). Viéndolo bien, no hemos tenido mayores cambios físicos. En ese momento empiezo a articular quienes quedaron fuera de la foto: mi hermana, Cristina y Rocío. Es inevitable enlazar a Cristina con Nabyl, y a ellos con la borrachera bíblica en la que él confeso su amor. Fue una tarde en Villa de Leyva, en la casa de mi abuelo. Cuando llegamos no había nadie: sólo los perros y seis galones de Chicha. Con chicha, perros y tejos fuimos a celebrar hasta que la oscuridad impidió jugar. Cuando se extinguió la bebida espirituosa tomamos Tres Esquinas (la botella que sobrevivió a la carretera que une el pueblo con la vereda donde se ubica el domicilio de mi abuelo). Luego vinieron las confesiones. El amor, cuando se está en la adolescencia, es vergonzoso, pienso mientras la voz algodonosa de Nabyl llega a mi memoria. Lo deshonroso, a mi edad, es admitir que se llegó a la madurez sin haberlo conocido, me digo mientras continúo explorando la instantánea. Son muchos los años que hemos compartido: a Patiño lo conozco desde febrero de 1991, a Suarez desde 1992 y a los demás desde 1993. Toda una vida, dicen los abuelos con voz nostálgica (quizás con el mismo tono con el que escribo estas líneas). Toda una vida, repito mientras examino las posiciones diseñadas para ser observadas seis años después. Sonrío, segundos después, al suponer que he descubierto una nueva facultad del tiempo: redefinir la consanguinidad. A nosotros, en el año 93, sólo nos unía la relación generada por el compañerismo; dieciséis años después nos hermana el dolor de perder un amigo (Nabyl), la alegría de compartir las victorias y la certeza que no existe dificultad, por grande que sea, que rompa el vínculo…

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Diego Patiño

Hay quienes se ufanan de tener cientos de amigos en todas las regiones del mundo. Otros, más cercanos a las rutas virtuales, dicen que tiene mil contactos en Facebook y otro tanto en Hi5. Siempre que oigo a una persona decir eso me nace la misma pregunta: ¿Habrá, acaso, alguno entre sus miles de amigos, que sepa cómo se llama su mamá, cómo conoció a su novia, si se siente deprimido o alegre, etc.?

Me pregunto esto porque las personas tienden a pensar que amigo es todo aquel con el que entabla conversaciones protocolarias, o se va ocasionalmente al estadio o a pasear. Con estas personas, a quienes podríamos llamar compañeros, están vinculadas siempre y cuando el lazo que los unió no se rompa. Es así que uno no vuelve a saber nada, o casi nada, de los compañeros de la universidad una vez se salió de esta. Los amigos, al contrario de los cómplices, socios, camaradas o colegas, siguen ahí a pesar de los años y la distancia. Sé que suena a frase de cajón, pero es cierto. El sentimiento de amistad no se menoscaba por el trote de los años ni por la acumulación de kilómetros. Todo el que ha tenido amigos sabe a qué me refiero.

Pues bien, Diego Patiño es uno de mis amigos. Lo conocí en el año noventa y uno cuando contábamos con once años de edad. Él era lo que los profesores denominan alumnos problema. Recuerdo que era altanero y que contestaba ramplonamente a los profesores (nunca olvidaré cuando le dijo a la profesora de español que no entraba a su clase porque era muy aburrida). En séptimo a él le correspondió el 704, en tanto que a mí me tocó el 705. En octavo volvimos a encontrarnos en el 801. En este curso, junto con otros cinco compañeros (Walther García; Humberto Suarez; Miguel Aguilar, más conocido como EL Negro; Diego Navarrete y Nabyl Cortes) conformamos un grupo de siete “gonorreas” que hasta el día de hoy sigue unido. Ese año, como dato curioso, el juicioso de la agrupación era Diego Navarrete gracias a estar repitiendo el curso (en décimo, si no me falla la memoria, estaba Gustavo Navarrete, su hermano, repitiendo ese grado).

En once, para abreviar el cuento, nuestra amistad encontró dos catalizadores idóneos: el billar y el alcohol. Una noche fuimos a jugar Diego y Gustavo Navarrete, Patiño, y yo billar. Los hermanos Navarrete nos dieron una paliza ejemplar. El sábado siguiente decidimos ir a entrenar el esquivo deporte en unos billares de mala muerte. Estuvimos toda el día tacando hasta que empezamos a entender las dinámicas del juego. El lunes siguiente invitamos a la mancorna de oro a jugar en el billar de mala muerte en el que entrenamos. Después de una hora de juego, en un final de infarto, les ganamos por una o dos carambolas. Hay que decir, en honor de la verdad, que nos ayudó el hecho que empujábamos la mesa de billar cuando ellos tacaban (el billar era tan de mala muerte que las mesas no eran firmes; algunas, incluso, descansaban sobre hileras de ladrillos). Desde esa inolvidable victoria visitamos los billares todos los días de clase. Aunque había veces que saltábamos el muro para llegar más temprano, la hora de llegada era a la una de la tarde y la de la salida variaba según el ánimo del garitero (el día que más tarde salimos fue a las diez de la noche).

El alcohol no fue tan frecuente como el amado billar. Quizás la borrachera más memorable de aquellos días se protagonizó el diecinueve de octubre. Después que Castro arrastró, embarró, le echo huevos y le lanzó la camiseta de Patiño a las ruedas de un bus fuimos a mi casa a beber. El trago con el que llegaron el Negro, Patiño y Nabyl era un brandy barato e indigerible llamado Faena. Después de la tercera botella el brebaje empezó a bajar sin dificultad por el gaznate escaldado. Cuando consumimos las cinco botellas fuimos a conseguir más trago barato. A dos cuadras de la casa conseguimos un aguardiente que valía mil doscientos la botella. Compramos tres botellas y nos fuimos a la casa a rematar la borrachera.

Sólo una vez, en los cerca de dieciocho años que nos conocemos, nuestros gustos coincidieron en la misma mujer. Se llamaba Abigail pero le gustaba, por alguna razón incomprensible, que le dijeran Doris. La invité a una de las decenas de fiestas que Patiño organizó en su casa. El objetivo era, como todos sospechan, “levantármela”. Cuando se la presente a Patiño entendí, sin embargo, que había cometido un error inmenso: los ojos de los dos brillaron cuando se dieron la mano. Después de una hora de monopolización, Patiño la saco a bailar. A la tercera pieza de baile se estaban besando. ¡Nada que hacer!

En diciembre de ese mismo año (1999) Patiño se fue a Francia y con él se fue un fragmento de mi pasado. Las cosas nunca volvieron a ser las mismas: las fiestas eran más insípidas, las bebetas eran, o más frenéticas o más lentas, nunca con el ritmo adecuado y las tardes de ocio se tornaron grises. El tiempo, a partir de su ausencia, empezó a masticarnos transformándonos en personas extrañas a aquellos adolescentes que derretían sus tardes en billares hundidos en el humo y el alcohol.

En noches como la que está precipitándose ahora mismo sobre Bogotá caminábamos por la calle sesenta y ocho sin un peso en el bolsillo, pero con el corazón alegre de las victorias conseguidas mediante carambolas alucinantes o gracias “chochazos” inconfesables. Es por ello, y porque está cumpliendo años, que decidí escribir en su homenaje.

Patiño: desde este rincón del mundo deseo que todas las estrellas encuentren el camino de su casa y que todos los fantasmas huyan con el repiqueteo del piano, el serpenteo de la trompetas y el martillar del los timbales de Tito Puente.

¡¡Feliz Cumpleaños!!

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