Archivo diario: septiembre 16, 2008

A más de mil kilómetros de ti (5)

Capítulo anterior

Estás recostado en su cama compitiendo contra el sueño. Oyes los pies descalzos sobre el piso de madera. En la penumbra ves una sombra. Escuchas el clic del interruptor y la luz emergiendo como un relámpago a tu espalda. Frente a ti, bajo el marco de la puerta, está Sandra. La miras, como conviene en estos casos, de abajo hacia arriba: sus pantorrillas; sus muslos perfectos, apetecibles al tacto y al labio; las arrugas del jean que nacen en la entre pierna y que se aferran a los diminutos bolsillos; el botón amarillo y la línea oscura sobre la piel que se pierde diez centímetros arriba el top negro; las curvas convergentes de su cintura; las colinas bordeadas por la tela negra; las amenazantes clavículas y los tersos hombros; el largo cuello; el mentón y el paréntesis que encierra sus labios delgados; sus ojos negros y las cejas enarcadas. Esperas que en cualquier momento suene el mesías de Händel y que bajen dos ángeles con preservativos celestiales y lubricante bendecido. Miras a los dos lados de la cama y no aparecen ni ángeles ni querubines; llega, por el contrario, el eructo acuoso de Sandra. Miras de nuevo hacia la puerta y la ves luchando contra el top. Te divierte verla con la tela en la cabeza y los brazos moviéndose frenéticamente. En un giro sale el top por la cabeza y quedan completamente libres sus senos; te alegras que la gravedad, contrario a lo que pensaba el amargado de Newton, no atraiga todos los cuerpos al centro de la tierra. Te solazas contemplando las líneas blancas del brasier que resaltan en el entorno cobrizo de sus hombros y cintura. Sandra baja las manos al tiempo que te mira sugestivamente. Desengancha el botón amarillo y baja la cremallera lentamente. Camina hacia ti con las pequeñas alas del pantalón abiertas. Ves el borde negro de su panti y la línea negra de su piel que se introduce en él. Esperas que suene la Cabalgata de las Walkirias. Después de dos pegajosos segundos no escuchas nada. Sandra continúa el acercamiento. Te debates entre el temor y la excitación. Cuando está a dos centímetros de la cama sujeta el pantalón por los pasadores laterales y empieza a empujarlo hacia abajo lentamente al tiempo que contonea su cadera. Sientes un hormigueo en los testículos. Cuando Sandra está finalizando el primer tercio de su muslo agacha la cabeza y se baja el pantalón con rapidez. Cuando está en sus tobillos saca una pierna con lentitud y luego la otra. Se sujeta al borde de la cama y sube la rodilla izquierda. Se inclina hacia adelante y sube la otra. Se viene gateando hasta ti. El hormigueo en los testículos sube por la cintura hasta estacionarse en el cuello. Sientes que te vas a ahogar. Ella sigue gateando. Cuando su cabeza está a la altura de tus muslos se detiene; te quita el cojín que te cubre las partes pudendas; baja la mirada y abre los ojos. Miras hacia abajo y ves tu pene desinflado. ¡Hace un momento estaba duro como una piedra!, te defiendes. Ella te mira a los ojos. ¡De verdad!, puntualizas. Tranquilo: de eso me encargo yo, te dice con la lengua enredándose en las consonantes. Pasa las yemas de sus dedos por el borde interior de tus muslos. Un corrientazo capaz de encender todas las luces de las pistas del aeropuerto John F. Kennedy surca tu cuerpo. Tu pierna derecha empieza a temblar cuando Sandra toma sus testículos con las falanges menores. Se inclina y lame tu testículo izquierdo. Sientes una descarga eléctrica. Te inclinas hacia adelante y ves tu pene desinflado, mirándote con pesadumbre por su único ojo. ¡Hágale hermano; no me haga quedar como un culo!, le dices mentalmente. Sientes las rugosidades de la lengua pasar por la raíz del pene y llegar hasta el glande. Sientes que te palpitan los ojos. Una fuerza poderosa, y quizás ciega, empieza a levantar al muerto. ¡Excelente!, te dices mientras miras el techo blanco. Sientes la punta de su lengua rodeando el glande y el calor de su boca en torno a tu pene.

Después de diez minutos de succiones y lengüetazos te envalentonas: le tomas la cabeza para separarla del resucitado. La atraes con ternura hacia arriba. Ella te mira a los ojos y entienda la señal. Sube caminando sobre los codos. Cuando la tienes al alcance la besas apasionadamente. Sientes la carne de sus labios y la flexibilidad de su lengua jugando con la tuya. Retrocedes tu cabeza y la miras a los ojos. Le tomas el cabello con la mano derecha y lo lanzas atrás. Queda el cuello desabrigado en su flanco izquierdo. Te lanzas a lamerlo con fuerza y a succionarlo. Su respiración se agita. Bajas por el hombro y entras por la clavícula hasta llegar a su seno. Con la punta de tu lengua lames el pezón. Este, ante la embestida, se endurece. Introduces todo el seno en tu boca y lo chupas con energía. Escuchas un leve gemido de Sandra. Tu mano derecha, que hasta el momento había estado indecisa, empieza a tantear el contorno austral. Sientes las punticas lacerantes de su vello púbico. La mano baja un poco más y encuentra la gruta húmeda y vibrante. Introduces el dedo cordial hasta sentir las paredes mojadas y rugosas. Al tiempo de la exploración táctil lames con suavidad el pezón. La oyes gemir más fuerte. Tienen razón los izquierdosos: hay que combinar todas las formas de lucha, te dices mientras el dedo corazón se baña en el aljibe; algo que tendremos que agradecerle al viejo Marx, te dices mientras te levantas y la miras a los ojos. Ella quiere mirarte pero está navegando en aguas profundas. Te paras sobre tus rodillas; das un paso corto hacia la derecha y luego otro largo para cubrir sus piernas con las tuyas. Tomas el panti por sus delgados hilos laterales y lo bajas lentamente. Una vez queda desabrigado el delta del placer, lo tomas con tus dedos índice pulgar y separas sus dos pliegues. Te inclinas e introduces la punta de tu lengua en la grieta húmeda. Sientes un sabor amargo. La lengua empieza a moverse con frenesí. Sientes la gruta cada vez más húmeda. Abandonas el ejercicio lingüístico. Subes lentamente y cuando están a la misma altura empiezas a mover la cadera para que la punta de tu pene retoce con su vagina. Sientes la mano de Sandra tomar tu niño y ubicarlo en la puerta de la caverna. Empujas con fuerza y sientes tu pene rozar las paredes remojadas mientras ingresa…

El silencio se ve interrumpido por el timbre del teléfono. Sientes que la cabeza se te parte con el repiqueteo. Contesta, le dices con voz grumosa a Sandra. Ella lanza la mano sobre la mesa y toma el teléfono que está debajo de su panti. Aloo, dice con desgano. Oyes un bisbiseo metálico que sale del fondo del auricular. Sandra sale del cuarto de dos saltos largos. Te entregas al sueño.

Tienes que irte, te dice Sandra desde la cocina. Te debates entre el sueño y la vigilia. Déjame un ratico más, le dices con la voz empijamada; mira que no he dormido nada. Tienes que irte porque en una hora llega mi cuñada. ¿La esposa de tu hermano?, le preguntas para hacer tiempo. No; la hermana de mi esposo, te responde con voz neutra. Sientes una puñalada en la nuca…

Próximo capítulo

10 comentarios

Archivado bajo A más de mil kilómetros de ti, amor, Blogonovela, General, mujeres, narraciones, sexo

A más de mil kilómetros de ti (4)

Capítulo anterior

Estás a las seis de la tarde esperándola. Levantas la cabeza y ves el borde anaranjado de las nubes. Bajas la mirada y observas las colillas de cigarrillos abandonadas. Sientes el impulso de encender un pielroja para amilanar el desasosiego. Metes la mano al bolsillo y te encuentras con un bulto de papel que cruje cuando lo aprietas mansamente. Lo sacas; ves al indio ceñudo y su plumero ridículo. Un sonido espumoso nacido en los entresijos desentierra la noche anterior. Una fuerza nacida en el pecho se trasmite a tu mano cerrándola violentamente. Crepita el papel de la cajetilla y el plástico que lo protege. Percibes cuando los cigarrillos se tronchan bajo la presión. Lanzas violentamente la cajetilla al piso al tiempo que empiezas a caminar hacia el oriente. Vas dando zancadas largas y violentas cuando una voz te hace zancadilla: Diego. Frenas en seco. Giras la cabeza hacia la derecha y ves sobre tu hombro los ojos de Sandra. Hoy te parece más joven, casi una niña. Mi celular, le dices secamente. No me hables así por favor, te dice con voz esponjosa. Sus ojos vibran como los de las caricaturas japonesas cuando van a llorar. Te quedas quieto a pesar de oír el desplome de tu voluntad. ¿Estás de malgenio? Te pregunta con voz palpitante. ¿Qué crees?, le respondes golpeando las consonantes. Se acerca lentamente y cuando te tiene a cuarenta centímetros se abalanza sobre ti. Sientes sus brazos cubriéndote la nuca y el calor de su mejilla derecha en tu pómulo izquierdo. Resistes el impulso de rodearle la cintura con tus brazos. Se separa rápidamente y te mira a los ojos. El silencio se hace palpable. ¿Por qué carajo estás enojado? Te pregunta con voz grumosa. Porque me da la gana, le respondes tajantemente. Sus ojos se acaloran. Da media vuelta y empieza a caminar clavando con fuerza el talón en el pasto. La sigues imitando sus trancos. A la cuadra para en seco y gira rápidamente. No alcanzas a frenar y la embates con tu cuerpo; ella da un traspié y pierde el equilibrio; la sujetas con los brazos para no dejarla caer. Ella, después que se ha equilibrado, se aferra a tu cintura con sus delgados brazos y mete su cabecita de algodón entre tu quijada y tu clavícula. Le besas en el hueso parietal izquierdo. Sientes como se ablanda dentro de tus brazos. Perdóname, le dice al viento frío que levanta hojas y papeles en la acera. Mi celular, le dices con los labios pegados a la cabecita. Dale con el taqui taqui, te dice con ternura; te doy ese bicho si prometes acompañarme a tomar un café. ¡Vamos!, le dices con la voluntad desmigajándose.

Mientras esperan el arribo de los cafés Sandra presiona los dedos índices desde la mitad del cachete hacia el frente empujando sus labios hacia afuera al tiempo que enarca la ceja izquierda y baja la derecha. El gesto, por alguna razón impenetrable, causa un cosquilleo en el xifoides. Se planta en tu cara una sonrisa que colinda con la idiotez. Sandra sigue perdida en los meandros de sus reflexiones. Miras el crucifijo de plata que oscila sobre los las colinas tersas de sus senos. Contemplas, por aproximación geográfica, los hermosos collados y la oscura pisada del sol en ellos. ¿Has visitado la playa en los últimos días?, le preguntas sin retirar la mirada de los graciosos cerros. Levantas los ojos y te encuentras con una mirada reprobatoria. Sí, te responde con voz rugosa. ¿Cuándo?, le inquieres mirándola a los ojos. Hace quince días visité a mi mamá en quilla, te dice con naturalidad. ¿Dónde?, le preguntas con la frente arrugada. En Barranquilla. ¿Eres de allá?, inquieres de nuevo. Sí, allá nací, pero me vine a Bogotá cuando tenía nueve años. Luego, cuando tenía quince años, me fui para Galvestón y hace un par de meses regrese acá. Sonríes al comprobar que tu hipótesis sobre sus raíces no estaba errada. ¿De qué te ríes cachaquito?, te pregunta mirándote con picardía…

Dos horas después estás, para tu sorpresa, en la entrada de un bar de música protesta. El corazón cabalga a todo galope en tu pecho. ¡No lo puedo creer!, te dices al tiempo que miras las paredes tapizadas por costales y armatostes viejos. ¿Al lado de la barra está bien?, te pregunta entre la voz lanuda de Atahualpa Yupanqui. Caminan hasta la mesa y se sientan lentamente. La mesera que sale de la barra enciende la vela que concluye un rugoso mogote de cera derretida. ¿Qué les sirvo?, te pregunta. Miras a Sandra a los ojos. Dos cervezas, dice Sandra sin vacilar. No tengo un peso le dices a Sandra después que la camarera se va. Por plata no te preocupes, te dice con voz neutra; mejor dime qué hiciste anoche después de abandonarme. ¿Abandonarte?, le preguntas con los ojos abiertos; pero si fuiste tú la que se largo con ese tipejo a la Calera. ¿Que me fui con quién a dónde?, te responde, como acostumbran las mujeres en estos casos, con una ristra de preguntas. Que te fuiste con ese pisaverde a la Calera, le respondes con la voz tensa. Óyeme, no; me fui con él porque tú no quisiste acompañarme, te dice con la voz vibrante. ¿Pretendías que bailara hasta el amanecer y que me fuera sudoroso y con los ojos en la nuca a trabajar? Como se ve que no sabes lo que es la vida. A mí me toca trabajar de sol a sol para ganarme la vida, no como a ti que… en ese momento los ojos de Sandra se iluminaron como un farol. Perdóname; le dices con voz suave. Lo que pasa es que… un bulto oscuro y oleaginoso te impide articular palabras. Lo que pasa es que… intentas de nuevo. No pasa nada, concluyes con los ojos clavados en las vetas de la mesa. Levantas la cabeza y te encuentras con una mirada amortiguada por tu embarazo. Segundos después las yemas de sus dedos navegan por las praderas del dorso de tu mano…

A las cuatro de la mañana están flotando en una borrachera bíblica. Sandra te guía por un pasillo oscuro. A cada paso te golpeas contra las paredes que imaginas azules. Tu tobillo derecho gira antes de tiempo lanzándote contra el piso. En tu caída arrojas a Sandra contra la oscuridad. Un golpe seco contra la pared estimula la risa en Sandra. De risas acalladas pasa, en dos segundos, a un ataque de estrepitosas carcajadas. La acompañas en su atronadora vorágine. Sandra, cuando las risotadas cesan, vuelca el contenido de la cartera sobre el piso y empieza a tantear en la penumbra los objetos. Acá está, dice con la lengua enredada al paladar. El tintineo de las llaves inunda el pasillo. Escuchas la llave penetrar la cerradura; el cerrojo girando y luego ves una inmensa boca gris abrirse. Entra cachaquito, te dice con una voz que quiere sonar sensual. Te levantas del piso y entras. Sandra se devuelve y empuja con el pie la cartera y los objetos que encuentra a su paso hacia adentro.

Próximo capítulo

9 comentarios

Archivado bajo A más de mil kilómetros de ti, amor, Blogonovela, General, mujeres, narraciones