Archivo diario: septiembre 2, 2008

Carta al silencio de la noche (10)

Tu recuerdo muerde mi aliento en las mañanas frías; tus ojos, como si lo anterior fuera poco, me ladran desde las tinieblas del recuerdo y tu ausencia se espesa en la boca del estómago. Luego, cuando los remos del sol me conducen hacia el médano del escepticismo, sonrío con los ojos y te llamo al apartamento para saborear el metal de tu voz. Arrugas el viento cuando me dices que tu marido aún está en el apartamento, o que tu suegra te está instruyendo en el antiguo arte de ser esposa. Cuelgo, miro el arbusto torcido e inició la torpe caminata hacia el vacío.

A las dos de la tarde repica el celular; lo saco para ver tu nombre vibrar en la minúscula pantalla, contestó con la voz compungida gastada en la mañana para que compartas mi dolor. Tú, en el marbete soleado de tu consultorio, me dices con el timbre afinado de doctora que nos encontraremos en el ángulo oscuro del pecado para satisfacer las más perversas inclinaciones…

Al final de la faena saco una hoja y te escribo la carta que nunca llegara a tus ojos; tú, entretanto, te pones el rubor y la compostura que abandonaste en las sillas o en el suelo, luego te encajas la mejor sonrisa que encuentras en tu cartera Gucci, me dices que debes irte rápido y me dejas a la deriva de las palabras.


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Pacto

El día que te conocí bajabas de la alegría sin cables ni tramoyas. Yo, en cambio, estaba trincado a la cenagosa superficie de la realidad. Cuando la mirada se había agotado de buscarte encima de las sonrisas te encontré escoltada por una nube de familiares orgullosos. Mi corazón empezó a trotar alegremente en el pecho. Camine lentamente y cuando te tuve al alcance de la voz te llame. Buscaste la voz; me miraste a los ojos y te iluminaste al reconocerme (eso es lo que quiero creer). Nos abrazamos cariñosamente. Palpe la dulzura que había presentido en los chats y en las fotos. Le dijiste a tu mamá que nos tomara una foto. Me paré derecho, extraje la mejor sonrisa ladeada de mi repertorio y esperé que el flash lanzara su resuello enceguecedor. Tu mamá se enzarzó en las púas de la tecnología; apúrese, le dijiste entre dientes. No la molestes, te respondí con una sonrisa adolorida por el esfuerzo. Giré la cabeza y la luz del flash estalló. Después de cumplir con la foto protocolaría conversamos superficialmente a causa de la enjambre de abrazos y congratulaciones que te acompañaba. Al término del segundo minuto te abrace para despedirme y luego me sumergí en la marisma de compromisos que rugía desde el fondo del tiempo.

Hoy, mientras veía la foto en la que tu pulgar señala el camino del viento y tu sonrisa invita a la alegría, me hice la promesa de buscarte en los pliegues de la felicidad para invitarte a tomar un café y conversar hasta que nuestras almas se agoten. Sea, pues, esta carta (con copia en el blog) testigo de mi compromiso.

Por las órbitas de la brisa te envío un abrazo inmenso.

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Mi última voluntad

Hace una semana amaneció el perico tieso y con el pico morado en su jaula. Al parecer lo fulminó un infarto ya que el día anterior había estado alegre y no mostró ningún signo de enfermedad. Aquella mañana viendo el tono purpúreo del pico pensaba que me podría suceder lo mismo: amanecer un día con la cara amoratada, el cuello torcido y el cuerpo rígido como una tabla. Aquel día, pensaba, mi familia me llevaría a una funeraria y después de dos días de estar expuesto a la concurrencia como un fenómeno me enterraría. Después que un frío recorriera mi espalda concluí aterrado: ¡me enterrarán como a un tubérculo y luego, si la suerte acompaña al fiambre (ese cuerpo violáceo no seré yo), llevarán flores a la tumba! Desde niño le he tenido terror a que me entierren vivo y siempre he odiado los funerales, lo cual no es óbice para que me entierren como un pedazo de yuca insertado en una caja.

En vista de lo anterior quiero aprovechar esta ventana para decirle al mundo que el día que me muera quiero:

1. Que no dejen abierta la ventana del cajón para que todos, en fila, vengan a verme la cara amoratada.

2. Deseo que pongan en un lugar visible un cartel, cinta, grafiti, o lo que sea, que diga: “sonríe, mañana podrías estar como yo”.

3. Quisiera que me cremen, y que mis cenizas las lleve mi mamá al mar (me lo agradecerá toda su vida); en caso que mi mamá no esté, las cenizas las debe llevar mi hermana; si ella no está la tarea le queda a mi papá; si él no está la hará el ganador de una carrera de cien metros en chanclas, pantaloneta, camisa blanca, corbata y saco de paño.

4. Si no es posible la cremación deben, antes de enterrarme, pegarme dos tiros en la nuca para asegurarse que estoy muerto (no quiero, insisto, que me entierren vivo).

5. Si me entierran quiero que la lápida tenga el siguiente epitafio: “Acá sigue descansando Diego Niño”.

Perdonen el comentario fúnebre, pero acabo de acordarme que no he trasmitido mi última voluntad. Gracias por su paciencia.

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