A más de mil kilómetros de ti (6)

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Estás sentado frente a la ventana de tu cuarto escuchando la retahíla de Cristina: ¿Dónde putas dejaste el celular?, pregunta con los ojos salidos de sus órbitas. Ya te dije que se lo preste a una amiga para que le metiera la sim card de su celular y lo usara esa tarde. ¿Y por qué no usaba su propio celular?, inquiere con voz aguda. Porque se le había descargado, le respondes en medio de bostezos. Bueno, se lo prestaste, ¿y por qué no te lo ha devuelto?, dice manoteando. Ya te dije que le metieron la mano al bolso y se lo robaron, dices al tiempo que te levantas para ir a la cocina a servirte más café. Cristina te sigue resoplando. ¿Se puede saber quién es la amiguita que te botó el celular?, pregunta mientras te ve tomar la olleta contusa en la que hiciste el café. La miras a los ojos con disgusto. Caminas hacia la silla que te espera al lado de la ventana. Te sientas a observar a las palomas acomodarse las plumas con el pico. Desde la cocina Cristina te repite la pregunta: ¿Se puede saber quién es la amiguita que te botó el celular? Sandra, le respondes cuando las palomas vuelan espantadas por el estallido del exhosto de una buseta que cruza la calle. ¿Quién es esa perra?, pregunta salida de sí. Una compañera del trabajo, te lo acabo de decir. ¿Por qué no me has hablado de ella?, te cuestiona interponiéndose entre la ventana y tú. Porque no, respondes secamente al tiempo que giras con la silla ciento ochenta grados. Esa no es una respuesta, grita a tu espalda. Te quedas callado con la mirada perdida en las motas que nacieron al lado de la pata de la cama. Cristina empieza a resoplar y a caminar por el cuarto clavando el talón con fuerza. Eres un hijueputa completo, grita con la garganta adolorida. Lo mejor que podemos hacer es terminar esta mierda, le dices mirándola a los ojos. Cristina se queda clavada al piso. Sus ojos vibran y empiezan a humedecerse. ¡Va empezar a llorar!, te dices involuntariamente. Cristina, en efecto, empieza a sollozar. ¡¿He sido una mala novia?!, dice con la voz desmenuzada. No, para nada, dices imperceptiblemente. ¿Entonces?, te interpela con la cara a diez centímetros de la tuya. Le das la espalda quedando de nuevo frente a la ventana. El cielo gris presagia nuevas tormentas. El recuerdo de Sandra te invade la piel. Suspiras sonoramente. En la terraza de la casa del frente un perro duerme apaciblemente. Creo, dices después de una pausa, que debes irte. Ves en el reflejo de la ventana a Cristina cubriéndose la cara con las manos en un ademán que te parece ridículo; luego se sienta en la cama. Caminas hacia el camastro; la miras a los ojos; te quedas quieto por un par de segundos y te diriges a la puerta; la abres y sales al frío de la tarde.

Dos horas después regresas con el mismo desasosiego con el que saliste. Antes de abrir la puerta sientes un olor agradable que te recuerda el ayuno del viernes. Debo hacer algo de comer, piensas mientras giras frenéticamente la llave en la cerradura. Oyes pasos al otro lado. Sientes que la puerta se abre con energía. Al otro lado está Cristina con una sonrisa incompatible con el gesto teatral de la tarde. Sigue, te dice con naturalidad; te preparé crepes de pollo con champiñones. El estómago gruñe en señal de aprobación. Desde la puerta ves dos platos humeantes sobre la cama. Al lado de ella hay una rosa y lo que parece ser un sobre. Entras con desconfianza. Te sientas en el catre al tiempo que Cristina cierra la puerta. El olor a pollo te abre aún más el apetito. Come, te dice Cristina desde la cocina. Clavas el cuchillo en la tela pastosa. Con el tenedor trinchas el pedacito que queda libre después del corte y lo introduces a la boca con miedo. Le das un bocado y sientes la fastuosidad del matrimonio de los champiñones con el pollo. En un minuto estaré revolcándome en el piso a causa de los efectos del veneno, piensas mientras la masa desleída baja por la garganta. Te quedas quieto por tres segundos. Nada, no hay ninguna reacción. Quizás tomé el plato equivocado, te dices. Trinchas otra porción de crepe y le hundes el cuchillo al margen de los dientes del tenedor.

Están recostados escuchando los conciertos de Brandemburgo. La cabeza de Cristina reposa sobre tu pecho. En medio del sexto concierto la palma de Cristina baja desde el abdomen hasta tu pene. Sientes un cosquilleo en los testículos. Creo que esa no es una buena idea, le dices a Cristina. ¿Por qué no?, pregunta sin dejar de sobar el bulto que se dilata vertiginosamente; mira que él sí tiene ganas. ¡Maldito traidor!, le dices mentalmente; ahora sí te paras sin dilemas. Cristina desabrocha el botón y empieza a bajar la bragueta lentamente. Insisto: no es una buena idea. Introduce los dedos entre el boxer y toca la punta de tu pene. El corazón empieza a galopar instantáneamente. Le ordeno que se arrugue, le dices mentalmente al pene. Él sigue creciendo. Maldito pedazo de carne: no estás atado al mandato de tu dueño, le dices mientras Cristina intenta bajarte el pantalón. El timbre del teléfono sacude los zócalos del silencio. Cristina se levanta de un brinco. Te mira desde la mitad del cuarto. ¿Quién te llama a esta hora?, inquiere con el ceño fruncido. No tengo ni idea, respondes al tiempo que la imagen de Sandra se pasea por las comisuras de la memoria. El teléfono sigue repicando en la fronda del mutismo. ¡Conteste!, te ordena con los ojos rojos. Debe ser número equivocado, dices al tiempo que giras sobre tu espalda. ¡Conteste!, grita a tu espalda. Suspiras mientras alargas la mano para alcanzar el teléfono. Alo, dices con voz temblorosa. Hola mi vida, dice la vocecilla de Sandra. ¿Cómo estás?, respondes con las sienes palpitándote. Aunque estás de espaldas sabes que Cristina está llorando con los brazos cruzados. ¿Estás con alguien?, pregunta Sandra desde la otra orilla. Sí, respondes temeroso. ¿Me quieres?, te pregunta Sandra con voz seca. No sabes qué responder; el silencio se hace tangible. Escuchas a Cristina poniéndose los zapatos apresuradamente. Giras y encuentras su espalda. ¿Puedes llamarme más tarde?, le preguntas a Sandra. Ella te tira el teléfono. ¿A dónde vas?, le preguntas a Cristina mientras cuelgas. Empieza a sollozar. No te vayas; mira que es tarde y te pueden robar. Levanta los hombros. Quédate y te juro por mi mamá que te digo la verdad, le dices con voz pastosa. Cristina se queda quieta; gira el cuero hacia la derecha y te mira a los ojos. ¿Toda la verdad Diego? Un bulto sube a tu garganta. Sí, Toda la verdad.

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6 comentarios

Archivado bajo A más de mil kilómetros de ti, amor, Blogonovela, General, mujeres, narraciones

6 Respuestas a “A más de mil kilómetros de ti (6)

  1. Pingback: A más de mil kilómetros de ti (5) « Con Vocación de Espina

  2. Vuelvo a lo de la fuerza de voluntad, ya lo sé, ya lo sé. Pero debo insistir.

    Pues pobre Cristina, pero no sé, me suena que esa relación aparenta una estabilidad que no tiene, como que más bien está de cabeza. Pero si ella jode es porque ya sabe con quien se mete. La cosa es que si lo sabe no debería joder. Paradojas de la vida.

    La verdad, no creo que quiera la verdad. Siempre creemos que es así pero en el fondo sabemos que no nos va a gustar.

    Saludos, como siempre, salgo satisfecha de este blog.

  3. Diego Niño

    Ella no sabe con quién se está metiendo; es más, no sabe si se está metiendo con alguien. Pero su intuición de mujer le dice que hay una fémina revoloteando por ahí. Eso es lo que la tiene salida de sí.

    Tienes, por otra parte, razón cuando dices que las mujeres siempre quieren saber la verdad pero cuando la tienen se asustan. Yo creería que lo mejor que pudo hacer Cristina fue irse cuando
    Diego la invitó a hacerlo. Ahora tendrá que aguantarse el sablazo.

    Un abracito

  4. No sé, me parece que Cristina no tenía que haberle pedido la verdad, que tendría que haber sido él, el que se lo hubiese contado cuando todo empezó, es injusto.

  5. Diego Niño

    El pobre está lo suficientemente confundido para ligar dos ideas. Esperemos que el tiempo desaloje las cucarachas de su cabeza.

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