Archivo diario: septiembre 3, 2008

A mí me dieron el mar (Piero)

La aurora entró escoltada por el gorjeo de las aves. El frío se escondía en los surcos del anémico sol. Tu alma, atrás de las rejas del letargo, esperaba un beso que la trajera a la vida. Yo, en ese momento, me hundía en la contemplación: mis ojos transitaban por los cabellos que naufragaban en la almohada; por la manigua de tus cejas; por tus empinadas pestañas; por las bolsitas violáceas que sostienen tus párpados; por la vertical de tu tabique y por las almohadillas de tus fosas; por tus delgados labios y por los surcos que testifican viejas alegrías. Al término del examen visual te dije, con voz queda, Te amo; las bisagras del sopor crujieron, abriste los ojos e inundaste el cuarto con tu mirada serena. Las comisuras de mis labios izaron velas al tiempo que la brisa vibraba en la ventana. Mis manos avanzaron por el filo del silencio hasta alcanzar el naufragio de cabellos. Luego, cuando la aurora se hizo resplandor, te besé tiernamente. Piero, entre tanto, se despedía desde el acetato:

Y esa palabra amor que tiene dolor, que tiene dolor…

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Conversación al filo de la tarde

Ayer mientras hablábamos intentaba definir el tono de tus ojos: cuando hablabas se inclinaban amenazadoramente hacia las praderas y las flores que navegan en la tibieza. Cuando me escuchabas, sin embargo, se encaramaban en los andamios de las nubes hasta alcanzar el índigo del éter. Luego, cuando el ocaso tiño la conversación de rojo, se transformaron en castillos de arena y niños gritando.

Tus palabras, por otra parte, saltaban y rebotaban en las consonantes, agujereaban las vocales y abatían a las tildes gruñonas. Las mías, por el contrario, calculaban cada paso, se sobrecogían con los giros verbales y se asombraban con la vitalidad de tus palabras.

Hablar contigo es, sin lugar a dudas, un ejercicio que pienso repetir con frecuencia.

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Zamba por Vos (Alfredo Zitarrosa)

Tu recuerdo invadió mi alma esta madrugada. Llegaste con el canto de los copetones; me miraste desde tu ausencia para recostarte, con un movimiento tenue, a mi izquierda. Abrace ese recuerdo tibio que ahorcó noches y troncho auroras durante cuatro años. Le sonreí; lo miré con melancolía y luego cerré los ojos…

Horas después, cuando abrí los ojos, lo encontré refulgente, como aquella noche de boleros y cervezas. Desde el fondo del tiempo tus ojos me contemplaban con dulzura. Sonreí de nuevo. Respondiste con una de aquellas sonrisas que prohíben a los diabéticos. Mis dedos recorrieron cada milímetro de tu mejilla. Cerraste los ojos para no interferir con la requisa. Al concluir la excursión mi palma abrazo tu delgado cuello. Sonreíste imperceptiblemente. Me acerqué para catar la tibieza de tus labios. Temblaste al sentir mis labios macerando los tuyos y la humedad de mi lengua navegando sobre las estrías de tu silencio. Luego, en un descuido imperdonable, tu recuerdo se diluyó como una palabra en el aire. Miré el techo rugoso y suspiré. Luego me levanté y coloqué a todo volumen la canción que escuché las doscientas diez mañanas que sobrevinieron a tu huida.

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