A más de mil kilómetros de ti (5)

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Estás recostado en su cama compitiendo contra el sueño. Oyes los pies descalzos sobre el piso de madera. En la penumbra ves una sombra. Escuchas el clic del interruptor y la luz emergiendo como un relámpago a tu espalda. Frente a ti, bajo el marco de la puerta, está Sandra. La miras, como conviene en estos casos, de abajo hacia arriba: sus pantorrillas; sus muslos perfectos, apetecibles al tacto y al labio; las arrugas del jean que nacen en la entre pierna y que se aferran a los diminutos bolsillos; el botón amarillo y la línea oscura sobre la piel que se pierde diez centímetros arriba el top negro; las curvas convergentes de su cintura; las colinas bordeadas por la tela negra; las amenazantes clavículas y los tersos hombros; el largo cuello; el mentón y el paréntesis que encierra sus labios delgados; sus ojos negros y las cejas enarcadas. Esperas que en cualquier momento suene el mesías de Händel y que bajen dos ángeles con preservativos celestiales y lubricante bendecido. Miras a los dos lados de la cama y no aparecen ni ángeles ni querubines; llega, por el contrario, el eructo acuoso de Sandra. Miras de nuevo hacia la puerta y la ves luchando contra el top. Te divierte verla con la tela en la cabeza y los brazos moviéndose frenéticamente. En un giro sale el top por la cabeza y quedan completamente libres sus senos; te alegras que la gravedad, contrario a lo que pensaba el amargado de Newton, no atraiga todos los cuerpos al centro de la tierra. Te solazas contemplando las líneas blancas del brasier que resaltan en el entorno cobrizo de sus hombros y cintura. Sandra baja las manos al tiempo que te mira sugestivamente. Desengancha el botón amarillo y baja la cremallera lentamente. Camina hacia ti con las pequeñas alas del pantalón abiertas. Ves el borde negro de su panti y la línea negra de su piel que se introduce en él. Esperas que suene la Cabalgata de las Walkirias. Después de dos pegajosos segundos no escuchas nada. Sandra continúa el acercamiento. Te debates entre el temor y la excitación. Cuando está a dos centímetros de la cama sujeta el pantalón por los pasadores laterales y empieza a empujarlo hacia abajo lentamente al tiempo que contonea su cadera. Sientes un hormigueo en los testículos. Cuando Sandra está finalizando el primer tercio de su muslo agacha la cabeza y se baja el pantalón con rapidez. Cuando está en sus tobillos saca una pierna con lentitud y luego la otra. Se sujeta al borde de la cama y sube la rodilla izquierda. Se inclina hacia adelante y sube la otra. Se viene gateando hasta ti. El hormigueo en los testículos sube por la cintura hasta estacionarse en el cuello. Sientes que te vas a ahogar. Ella sigue gateando. Cuando su cabeza está a la altura de tus muslos se detiene; te quita el cojín que te cubre las partes pudendas; baja la mirada y abre los ojos. Miras hacia abajo y ves tu pene desinflado. ¡Hace un momento estaba duro como una piedra!, te defiendes. Ella te mira a los ojos. ¡De verdad!, puntualizas. Tranquilo: de eso me encargo yo, te dice con la lengua enredándose en las consonantes. Pasa las yemas de sus dedos por el borde interior de tus muslos. Un corrientazo capaz de encender todas las luces de las pistas del aeropuerto John F. Kennedy surca tu cuerpo. Tu pierna derecha empieza a temblar cuando Sandra toma sus testículos con las falanges menores. Se inclina y lame tu testículo izquierdo. Sientes una descarga eléctrica. Te inclinas hacia adelante y ves tu pene desinflado, mirándote con pesadumbre por su único ojo. ¡Hágale hermano; no me haga quedar como un culo!, le dices mentalmente. Sientes las rugosidades de la lengua pasar por la raíz del pene y llegar hasta el glande. Sientes que te palpitan los ojos. Una fuerza poderosa, y quizás ciega, empieza a levantar al muerto. ¡Excelente!, te dices mientras miras el techo blanco. Sientes la punta de su lengua rodeando el glande y el calor de su boca en torno a tu pene.

Después de diez minutos de succiones y lengüetazos te envalentonas: le tomas la cabeza para separarla del resucitado. La atraes con ternura hacia arriba. Ella te mira a los ojos y entienda la señal. Sube caminando sobre los codos. Cuando la tienes al alcance la besas apasionadamente. Sientes la carne de sus labios y la flexibilidad de su lengua jugando con la tuya. Retrocedes tu cabeza y la miras a los ojos. Le tomas el cabello con la mano derecha y lo lanzas atrás. Queda el cuello desabrigado en su flanco izquierdo. Te lanzas a lamerlo con fuerza y a succionarlo. Su respiración se agita. Bajas por el hombro y entras por la clavícula hasta llegar a su seno. Con la punta de tu lengua lames el pezón. Este, ante la embestida, se endurece. Introduces todo el seno en tu boca y lo chupas con energía. Escuchas un leve gemido de Sandra. Tu mano derecha, que hasta el momento había estado indecisa, empieza a tantear el contorno austral. Sientes las punticas lacerantes de su vello púbico. La mano baja un poco más y encuentra la gruta húmeda y vibrante. Introduces el dedo cordial hasta sentir las paredes mojadas y rugosas. Al tiempo de la exploración táctil lames con suavidad el pezón. La oyes gemir más fuerte. Tienen razón los izquierdosos: hay que combinar todas las formas de lucha, te dices mientras el dedo corazón se baña en el aljibe; algo que tendremos que agradecerle al viejo Marx, te dices mientras te levantas y la miras a los ojos. Ella quiere mirarte pero está navegando en aguas profundas. Te paras sobre tus rodillas; das un paso corto hacia la derecha y luego otro largo para cubrir sus piernas con las tuyas. Tomas el panti por sus delgados hilos laterales y lo bajas lentamente. Una vez queda desabrigado el delta del placer, lo tomas con tus dedos índice pulgar y separas sus dos pliegues. Te inclinas e introduces la punta de tu lengua en la grieta húmeda. Sientes un sabor amargo. La lengua empieza a moverse con frenesí. Sientes la gruta cada vez más húmeda. Abandonas el ejercicio lingüístico. Subes lentamente y cuando están a la misma altura empiezas a mover la cadera para que la punta de tu pene retoce con su vagina. Sientes la mano de Sandra tomar tu niño y ubicarlo en la puerta de la caverna. Empujas con fuerza y sientes tu pene rozar las paredes remojadas mientras ingresa…

El silencio se ve interrumpido por el timbre del teléfono. Sientes que la cabeza se te parte con el repiqueteo. Contesta, le dices con voz grumosa a Sandra. Ella lanza la mano sobre la mesa y toma el teléfono que está debajo de su panti. Aloo, dice con desgano. Oyes un bisbiseo metálico que sale del fondo del auricular. Sandra sale del cuarto de dos saltos largos. Te entregas al sueño.

Tienes que irte, te dice Sandra desde la cocina. Te debates entre el sueño y la vigilia. Déjame un ratico más, le dices con la voz empijamada; mira que no he dormido nada. Tienes que irte porque en una hora llega mi cuñada. ¿La esposa de tu hermano?, le preguntas para hacer tiempo. No; la hermana de mi esposo, te responde con voz neutra. Sientes una puñalada en la nuca…

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10 comentarios

Archivado bajo A más de mil kilómetros de ti, amor, Blogonovela, General, mujeres, narraciones, sexo

10 Respuestas a “A más de mil kilómetros de ti (5)

  1. Nooooooooooooooooo!!!!!…
    Jajajaja, no lo puedo creer. Jajajaja, no puedo, no me da la cabeza.

    Bueno, ni modos. Si por mi fuera yo le daba el principe de asturias, jajaja, hace tiempo no me metía tanto en una historia.

    Saludos.

  2. capitana666

    Y es que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra… bueno, dos y las que hagan faltan.

    Por cierto, siempre he sido gran admiradora de la lucha libre.

    Es mejor callar y dejarla marchar.

  3. Diego Niño

    Quime: el amor es más retorcido de lo que uno se imagina y puede enredar la vida hasta niveles insospechados.

    Muchísimas gracias por el entusiasmo!!

    Un abrazote

  4. Diego Niño

    Mi querida Capitana, el hombre, además de ser el único animal que repite tropezón, es el único que se solaza con el sufrimiento de los otros animales.

    Curiosa tu afición por la lucha libre (a menos que en tu país no sólo aluda al deporte).

    Sigamos escuchando la historia.

    Un abrazote

  5. Cristina Mora

    MOTAS!!!!
    NO ME LO PUEDO CREER… HE LEIDO LAS 5 ENTREGAS QUE HAS HECHO… ERES MUY BUENO ESCRIBIENDO…. ESPERO MAS.
    UN ABRAZO
    Y ESCRIBE ALGO MAS SOBRE EL COLEGIO, QUE ME DIVIERTE MUCHO.
    TE CUIDAS, CHAITOOOO

  6. Diego Niño

    Muchísimas gracias Cristina por el entusiasmo. Cuando empecé a escribir “A más de mil kilómetros de ti” no creí que tuviera tan buen recibo; después del segundo capítulo han enviado bastantes correos y comentarios bajo los post, lo cual, como te puedes imaginar, me ha estimulado a continuar con la narración.
    Espero escribir algo sobre el colegio en compensación al comentario de Patiño, Diego y el tuyo.

    Muchísimas gracias por la visita, el comentario y los halagos.

    Un abrazote

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  9. ¡No puede ser! Después de todo estaba casada la chica… creo que me daría un infarto de la impresión si estuviera ante esa situación.

    Sigo leyendo la historia 😀

  10. Diego Niño

    Es sorprendente constatar que el alma humana resiste toda suerte de sorpresas y continúa con en su tarea de existir…

    Te dejo continuar con la historia 😉

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