Archivo diario: septiembre 14, 2008

A más de mil kilómetros de ti (3)

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Buscas en las líneas del remante del café las razones de su abandono. ¿Por qué putas, te preguntas con cara de velorio, tenía que dejarme desamparado a las tres de la mañana? Claro, te respondes inmediatamente: el caribonito te invitó a un after y no podías declinar su ofrecimiento. Me exhortaste, es cierto, a ir a la calera a bailar hasta que amaneciera para luego seguirla en algún lugar. Seguirla en algún lugar, repites al tiempo que niegas con la cabeza. Dejas el pocillo encima del escritorio y miras la bruja de camisa azul que lo regenta. Un puntillazo en el estómago te recuerda que no has almorzado y que no lo harás a causa del gasto desmedido de la noche anterior. ¿Cómo putas me pude gastar trescientos mil pesos en ese vieja? te preguntas al tiempo que miras la pila de carpetas que te esperan desde la tarde de ayer. Eso ni que nos hubiéramos tomado toda la cerveza del lugar; ella se tomo seis cervezas y tres cócteles; yo me fumé dos cajetillas de Kool y me tomé tres botellas de agua. ¡Qué hijueputa lugar tan caro!, concluyes al tiempo que giras tu silla para mirar por la ventana. ¿Y todo para qué? Para que se fuera con el primer pisaverde que le calentó el oído; es que hay que ver cómo son de fáciles las mujeres de hoy en día: cuando yo tenía veinte años a las mujeres había que rogarles durante dos semanas para que salieran a cine; ahora no; ¡Es el colmo! ¿Dónde putas están los padres de esta niña para darle cascarita de ganado? Sientes un regato espumoso en la boca del estómago. En la acera del frente cruzan dos novios abrazados. Giras la silla y quedas frente al hatillo de pliegos que continúan esperándote. Es que esa niña no tiene consideración: después de obligarme a bailar reggaetón durante toda la noche me sale que “la sigamos” hasta el amanecer; es que no piensa que los riñones tienen un límite y que las piernas resisten, a lo sumo, una hora de saltos y meneos. Una sonrisa alumbra tu rostro cuando su olor inunda tus fosas nasales y recapitulas cada centímetro de sus hombros tersos y sus nalgas rozándote el pene. Evocas, como si los anteriores recuerdos no fueran capaces de dilatarte la bragueta, el perfecto arco de su cintura circundado por tu brazo. Sientes una picada en la boca del estómago. Los recuerdos se evaporan. ¿Por qué putas tenías que irte con ese boquirrubio? En ese momento entra Gustavo. Oiga marica, acaba de llamarme una tal Sandra y dice que tiene su celular. ¡Jueputa, el celular!, te dices al tiempo que recuerdas que ella te lo quitó cuando Cristina empezó a llamarte insistentemente. Gustavo te mira con cara de periodista. Lo miras a los ojos sin decirle una palabra. Esa vieja dijo, continúa Gustavo al cerciorarse que no sacará información, que lo espera esta tarde a las seis en el mismo lugar. Sientes que la silla se hunde en un foso de arenas movedizas. Si vuelve a llamar dígale que coma mierda, le dices a Gustavo con rencor. Te quedas callado por un instante. No le diga nada: mejor se lo digo personalmente esta noche. Gustavo levanta los hombros, da media vuelta y sale. El teléfono empieza a timbrar. Lo miras con desprecio. Giras la silla para ver la llovizna empapar los andenes. El teléfono sique repicando a tu espalda. Será que Cristina no se cansará de llamarme, te dices al tiempo que apoyas los pies sobre el borde inferior de la ventana.

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