A más de mil kilómetros de ti (9)

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Subo por unas escaleras decoradas con cáscaras de plátano y bolsas plásticas. Contemplo, asimismo, la huella del agua en las paredes viejas y siento el olor a vejez que consume el edificio. Veo en la pared un letrero en lata que anuncia el arribo al cuarto piso. La placa está, además de oxidada, adornada por corazones atravesados por flechas. Tomo aire para recuperar el aliento perdido durante el ascenso. Salgo a un corredor largo paredes descascarillándose. Camino hacia la puerta que se ve al final de él. Mis pasos son deliberadamente lentos. El taconeo rebota en los viejos tabiques. Cuando estoy frente a la puerta introduzco la mano en el bolsillo derecho de mi pantalón y extraigo una llave plateada. La introduzco en la cerradura y hago fuerza hacia la derecha y hacia la izquierda en un movimiento frenético. Las guardas ceden al término de la décima oscilación. Las bisagras chillan en el viaje de la puerta hacia adentro. En el interior se ve un hombre desnudo abrazándose las rodillas. Diego, digo con voz firme. EL hombre no se mueve. Diego, repito con más fuerza. Diego levanta la cabeza lentamente. Abre los ojos con dificultad. Me contempla largamente. Gustavo, dice al final del tanteo visual, ¿qué hace acá? ¿No me reconoce?, inquiero con arrogancia. Míreme bien. Diego me contempla de los pies a la cabeza con desgano. ¡Deje de joder!, dice cuando sus ojos llegan a la altura de los míos. Mire Diego, mi nombre verdadero no es Gustavo, es Julián; Julián Alvarado. ¿Julián Alvarado?, dice Diego con la mirada perdida en los meandros de la memoria. Estudie con usted en el bachillerato, le digo en amparo de sus recuerdos. Me mira con los ojos perdidos. ¡Déjese de maricadas Gustavo! Siento un mordisco manso en la boca del estómago. ¡Mire gran hijueputa; nos sentábamos en la esquina del fondo –al lado de la caneca-; usted se la pasaba recostado contra la pared mirando la ventana en clase; yo era el que le pasaba la copia de álgebra!, el corazón me palpita en el cuello. Me mira con escepticismo. ¡¿Me está diciendo que en los dos años que he trabajado con usted no me he dado cuenta que es Julián?! ¡Pura mierda! En los pliegues del estómago se agita una espuma oscura. En noveno la niña que le robaba el aliento se llamaba Yenny González; era alta, cabello y ojos negros y vivía cerca a su casa. Los ojos de Diego se abrieron desmesuradamente. ¿Cómo lo sabe? Preguntó con la respiración agitada. ¡Imbécil; se lo vengo diciendo desde hace una hora: porque soy Julián Alvarado! Un silencio espeso detiene el tiempo. Saco del bolsillo interior de la chaqueta una foto y la lanzo hacia Diego. La fotografía navega por el aire y luego, cuando toca el suelo, se desliza hasta sus piernas. ¿La reconoce?, pregunto con insolencia. Sandrita, dice con la voz temblorosa. En realidad se llama Melyssa; la conocí en un burdel del norte. Es una mujer, que además de atractiva, vendería su madre por dinero. La contraté hace un par de meses para que lo sedujera. ¿Acaso usted cree que una mujer así se fijaría en usted? Los ojos de Diego empiezan a temblar de ira. Intenta levantarse pero el cansancio lo abate. Cristina fue más difícil: tuve que sembrarle cizaña por años; cada vez que podía le decía que usted algún día la iba a cambiar por otra mujer. Nunca me creyó: decía que usted era un hombre maravilloso. No sabe cuán enamorada estaba esa mujer de usted. En ese momento Diego se levantó y se abalanzó sobre mí. Hago un esguince y lo recibo con un puño en la cara. Cae pesadamente sobre la mesa. Se levanta y se lanza nuevamente contra mí. Esta vez lo recibo con una patada en el estómago. Escapa de su boca un gemido; queda inmóvil un segundo y luego se desploma. Contemplo cómo se hunde en una asfixia viscosa. Cristina, como le venía diciendo, lo amaba mucho; pero todo sentimiento tiene una espalda inmensa y peligrosa: ese amor se fue trasformando en un odio si orillas que fui puliendo durante meses. Cada arista, cada filo fue moldeado por mis palabras hasta que Cristina estuvo dispuesta a asesinarlo sin piedad. La conecté con algunos amigos que la guiaron hasta la casa de Susan Hans. En ese momento saco del bolsillo otra foto y la arrojo sobre Diego. Ella se llama Karol; amiga canadiense de Melyssa. Es, sin duda alguna, una gran actriz. Después vino la llamada de Fred (otra foto cae sobre el suelo), que en el bajo fondo se conoce como El Cuaji. Después la idea de quemarlo. Claro que no permitiría que muriera de esa forma: me aseguré personalmente que el cilindro no tuviera la cantidad suficiente para explotar; dejé, además, baja la batería del despertador para que el destello fuera mínimo. Miro el reloj de mi muñeca y constato que debo irme. Bueno mi querido Diego, es hora de irme. Camino hacia la puerta lentamente. Un corrientazo en la cabeza me recuerda que debo devolverle el celular a Diego. Giro sobre mis talones quedando frente a él. Extraigo del bolsillo derecho el celular y lo lanzo sobre la cama. El aparato viaja por el aire y rebota en la cama cuando cae. En los contactos le dejé el teléfono de Melyssa, en caso que quiera contratar sus servicios. No se preocupe por el asunto de Yenny, digo al tiempo que doy media vuelta: con la paliza y el susto del despertador ya quedó saldada. Bajo el marco de la puerta saco una agenda de tapas duras. Tomo la cinta roja que descolla entre las hojas y la aprieto con los dedos índice y pulgar. Halo con fuerza hasta que los papeles ceden. La agenda queda abierta en una hoja que dice en marcador rojo: “Pendientes”. La miro con detenimiento; tacho la palabra “Diego Rodríguez”; miró abajo y encuentro el nombre “Yenny González” acompañado de la palabra encerrada entre paréntesis: Medellín. Sonrío al tiempo que me digo: es hora que el ángel justiciero vuele sobre Medellín…

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8 comentarios

Archivado bajo A más de mil kilómetros de ti, amor, Blogonovela, General, mujeres, narraciones

8 Respuestas a “A más de mil kilómetros de ti (9)

  1. xD, desde luego no me esperaba ese desenlace de la historia, aunque sí que el protagonista no iba a morir, evidentemente, tenía curiosidad por cómo se iba a salvar.

    Gracias por tu paso por mi blog y tus comentarios.

    Un saludo.

  2. Diego Niño

    Esa era la idea: que no se imaginaran el final de la historia (la verdad no sé si lo logré). Espero que te haya gustado y que te haya divertido la historia completa.

    No hay, por otra parte, nada que agradecer: de verdad que te leo con gusto mi dulce Capitana

    Un abrazo

  3. Mi sión cumplida, fue toda una sorpresa…
    Jajaja… ola… mucho resentido ese Julian… hum… años planeando venganzas por una maricada como esa, jajajaja, que bobada… Aunque bueno, uno nunca sabe!!

    Yo duré un año soñando miles de venganzas contra una psicóloga que casi me arruina la vida, pero después me pareció estúpido y segui adelante…

    Saludos…

  4. Diego Niño

    El despecho, mi querida Quime, es una fuerza que no pocas veces se sale de su cauce. Claro que todos nosotros, por lo menos una vez en la vida, hemos pensado vengarnos, lo cual demuestraq que el tabique que separa la razón de la demencia es muy frágil…

    Un abrazo

  5. Pingback: Esquirlas (2) « Con Vocación de Espina

  6. Pingback: A más de mil kilómetros de ti (8) « Con Vocación de Espina

  7. Jamás pensé que todo terminaría así, juro que la duda y la curiosidad casi me matan! Fantástica historia, desde la primera línea me atrapó. Sin duda, fue una decisión correcta agregarte a mis links, no te quitaré el ojo!

    Un saludo desde el caluroso estado Zulia, Venezuela.
    🙂

  8. Diego Niño

    Gracias por linkearme en tu blog (el link de tu blog reposa en el blogroll desde hace unos minutos).

    Agradezco, asimismo, por tu visita y por el comentario que dejaste en una entrada anterior.

    Un abrazo desde la fría, y no pocas veces lluviosa, Bogotá

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