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Carta sin destino

No hablábamos mucho, es cierto. Tampoco se puede decir que tuvimos una amistad a prueba de ventiscas, y mucho menos de ventarrones. Te llamaba cuatro o cinco veces al año y nos encontrábamos igual número de veces. Conversábamos sobre lugares y amigos comunes. La tertulia decaía varias veces, pero no me importaba puesto que sabía- y aún sé- que tendremos cientos de amaneceres juntos para agotar las palabras que tengo sembradas en la garganta. (Viendo tus fotos en ignotas tierras pensaba que veremos, quizás, los ribetes de nuestra salud amarillarse a causa del otoño de los años y, tal vez, tendremos descendencia que juzgarán nuestros errores).

Lo incompresible, en ese orden de ideas, es el temor que le des la espalda a nuestro destino quedándote en las campiñas del norte. Tiemblo, por tanto, al pensar que dejarás versos huérfanos y amaneceres oscurecidos; o al suponer que tus manos no sembraran caricias en mi pecho y tu lengua no labrara mi boca en las cumbres de la pasión. Y me amedrento que esto pase porque, desde aquella madrugada de diciembre he construido, con las migajas de paciencia que dejan los días, castillos de paredes ambarinas y torres que rasguñan el cielo. ¿Imagínate tener que abatir paredes y acuchillar cocodrilos?

¡Tantas palabras y tantas quejas para decirte que te extraño y que espero que cumplas tu promesa de visitarme en enero!

(Estas palabras nunca llegarán a tus ojos por obvias razones).

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A orillas de la Esperanza

El 3 de agosto de 1996 por algún giro del destino terminamos en el Parque de la Independencia Nabyl, Patiño, el negro y yo esperando que la tarde asomara su lomo. Después de almorzar con un Pielroja y un chocoramo Nabyl miró una palma que está en el centro del parque y nos dijo: Prometamos que en diez años exactamente nos encontraremos en este lugar. Después de mirarnos con cara de extrañeza aceptamos la invitación.

Diez años después, a las dos de la tarde, me senté en una silla que daba a la palma que iluminó ese mediodía a Nabyl. Sabía que nadie llegaría a la cita porque ese día el negro estaba en Miraflores, Gaviare; Patiño estaba en Grenoble, Francia y Nabyl llevaba más de cuatro años de muerto. Lo primero que pensé, mientras esperaba a personas que nunca llegarían, fue la imposibilidad que tenemos los mortales de hacer promesas: nadie que no pueda asegurar que mañana amanecerá vivo puede hacer un pacto de esa naturaleza. Luego de pensar en ello saqué una hoja y un esfero y escribí el siguiente poema:

A orillas de la esperanza

Hoy me senté en al ángulo oscuro del olvido para acechar los ausentes días de la juventud. Melancólicos resultados halle en la espera
                                                            (era previsibles, lo sé).
Vi las aristas más agudas de la soledad,
las hojas más afiladas de la traición
                                                           (mi traición),
la hoz segadora de la muerte,
oí también el cansado paso de los años
y su insistente taconeo por la ladera del olvido…

Vi la esperanza postrada ante la realidad
y tu recuerdo arrellanado en la cómoda poltrona
de las buenas maneras…

(Crudo espectáculo para alguien que le huye a la vida,
a la verdad
                   a la muerte
                                     y a tu metálica voz de autoridad).

Y mi voz desde lejos te reclamó
por la negra inclinación de tus ojos cuando me miran
por tu renuencia a la verdad
                                             a nuestra verdad
                                                                            a tu verdad
a la única verdad que anida en tu pecho
y que repta por tu sofisticado cuello
hasta el impreciso límite
del maldito silencio que lacera la arenosa orilla de mi sensatez …

(Frente al precipicio de los días descubro que respondes a mi acongojada realidad
con un muro impenetrable de silencio)

Hoy te espero desde la otra orilla del tiempo
con los pies enfangados de incertidumbre
y con las manos sangrantes…

y tú
        desde la confortable neutralidad miras y te ríes
calculas el imaginable resultado y vuelves a reír
para callar finalmente y retirarte por el ancho sendero del sentido común…

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¡Mil disculpas!

La hermana de una ex novia es una mujer cariñosa, tierna y delicada en todos los lugares del mundo excepto en uno: en su carro. Cuando se sube a este la mujer frágil se transforma en un energúmeno capaz de engullirse cualquier peatón de un solo bocado. Ella, al igual que Ace Ventura, conduce con la cabeza afuera; sólo que no lo hace por parecer divertida, como el estúpido detective; no; lo hace para lanzar improperios a los conductores vecinos.

La única vez que tuve el infortunio de viajar con ella madreo a todos los conductores que se encontró en la carrera once en el trayecto de la cien a la setenta y dos. En los semáforos hundía el acelerador con rabia haciendo rugir el motor del carro. A los ocho segundos de estar el semáforo en rojo le gritaba a este: “oye hijueputa déjate de masturbarte y cambia ya”; cuando este daba luz verde, y no estaba de primeras, se pegaba al pito al tiempo que gritaba: “apúrate abuelita malparida”. Si estaba de primeras arrancaba haciendo chillar las llantas a la usanza hollywoodense. Luego, cuando salía del carro, se transfiguraba de nuevo en una mujer tierna y mansa.

Por qué les relato esto? Ayer después que leí el comentario que Gabriel Nacional, reflexioné sobre mi actitud y entendí que me pasa lo mismo que mi ex cuñada: me transformo en el blog. Si alguien pasa por la calle y me dice: “eres un idiota”, lo miro con desdén y sigo adelante. Pero no sé porque razón cuando leí el comentario de “Evocaciones no tan lejanas” me ofendí porque un cretino de algún lugar de España me dijo que era un idiota. Hombre, cosas perores me han dicho en la calle y no me he inmutado, ¿por qué, entonces, he de enfurecerme por esta nimiedad? ¿Por qué he de escribir post insultantes? No hay ninguna respuesta a estos interrogantes. Después de recapacitar toda la tarde concluí, sin embargo, que debía calmarme y pedir disculpas a mis lectores. Es por eso que estoy escribiendo este pequeño post: quiero que perdonen mi actitud infantil y pendenciera. Les prometo que no sucederá de nuevo sin importar lo que me digan; les prometo, igualmente, que si alguien escribe improperios no borraré la observación; la dejaré, por el contario, para que las mismas palabras sean el escarnio del que las escribió (no hay peor agravio que aparecer ante los ojos de los demás como una persona vulgar y conflictiva).

Pido de nuevo que me disculpen, no volverá a pasar, lo prometo.



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