A más de mil kilómetros de ti (7)

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Estás con la cabeza apoyada contra las barandas de la cama de Sandra; ella duerme con la cabeza sobre tu pecho y estás viendo Casablanca. Sientes, sin embargo, una molestia en el fondo de tu alma que marchita la alegría. ¿Será que me inquieta la ruptura con Cristina?, te preguntas mientras ves a Humphrey Bogart poner cara de cachorrito. ¡Qué mierda!, te dices la tiempo que intentas enderezarte sin despertar a Sandra. Imaginaste que apartando a Cristina de la fiesta, y tendiendo a Sandra como la tienes ahora, correrían por las calles ríos de leche y miel; pero la realidad es otra: no los has visto brotar en los dos meses que llevas saliendo con Sandra. Miras el vaso que reposa sobre la mesita esperando verlo vibrar por la inminencia de la inundación láctea. Nada; no sólo no vibra sino que está desocupado. Sientes deseos de tomar un vaso de leche acompañado con un bocadillo veleño. Ves el cabello de Sandra naufragar sobre tu pecho y piensas que algún día le pertenecerán a otro hombre. ¡Al marido, incluso!, dices en voz baja. Te llega la imagen de un hombre con la cornamenta de un alce trotando por las playas de Galveston como David Hasselhoff en guardianes de la bahía. Le sonríes a los relámpagos que salen del plasma. Los ojos de Ingrid Bergman reviven la mirada acuosa de Sandra cuando aclaraba los vínculos con el vecino. Te retuerces a causa de un mordico en los bordes del Alma. ¿Qué será la vida de Cristina?, te preguntas con la mirada perdida en las vetas del techo. La ves amenazándote con un cuchillo, en medio de los escombros de su ira, la madrugada de un domingo perdido en el tiempo. ¡Te juro que te arrepentirás!, te decía desde la calle cuando lograste sacarla a empellones. Después de ese circo no supiste más de ella. Estará maldiciéndome en algún rincón de su vida, te dices al tiempo que miras el vaso sobre la mesa. No brota la leche del suelo como un geiser. Miras las curvas de Sandra sobre la sábana. Sientes un cosquilleo en los testículos. No me caería mal un poco de sexo antes de entregarme al sueño, piensas al tiempo que las yemas de tus dedos toman el cabello que está sobre la cara de Sandra. Lo arrastras hasta el borde de su oreja. Luego le tapas la nariz para despertarla. Abre los ojos y te mira desde el fondo del letargo. Pones cara de idiota. Sandra, mientras emerge del sueño, acaricia tu pecho. La miras con deseo. Interpreta tu mirada y empieza a bajar su mano…

Cuando estás encima de ella moviéndote con apasionamiento sientes un golpe en la nuca. Una mano te toma por el cuello y te despega violentamente. Te arrastra por el cuarto y en el pasillo te suelta. Sientes una patada en el estómago que te deja sin aire. Luego sientes un puntapié en la espalda. Alguien te hala de una pierna y te arrastra hasta la sala. Escuchas los gritos de Sandra emergiendo del cuarto. Sientes el deseo de levantarte pero un aguijón en el estómago te hace desistir. Escuchas dos bofetadas sonoras que silencian los alaridos de Sandra. Te sueltan la pierna; sientes, segundos después, la contundencia de un golpe en la cara. Crees desvanecerte en las tinieblas del embotamiento hasta que un martillazo en la mano te hace consciente de tu lucidez. Intentas abrir los ojos pero sólo puedes separar los párpados del derecho. Reconoces entre las sombras la silueta de Sandra. Está sentada en el futón. ¿Qué mira cabrón?, dice una voz ronca al tiempo que sientes un puntapié en el muslo derecho. Cierras los ojos con fuerza. El dolor sucumbe al silencio que abruma tu cabeza…

El sonido seco de una cachetada te despierta. Intentas abrir los ojos pero la inflamación te lo impide. Entre la grieta de tus párpados entra una luz punzante. Cierras los ojos para evitar el agobio de tenerlos abiertos. Otro bofetón te separa definitivamente del sopor en el que estás sumido. ¡Abra los ojos gran hijueputa!, dice una voz al lado de tu oído. Sientes el tufo de aguardiente rancio. Recibes, en respuesta a tu negativa, un puño en la nariz. Intentas abrir los ojos a pesar de la hinchazón. Ves, en medio de dos bultos que supones que son hombres, el contorno de Sandra. Sientes el agua fría que baja por tu frente hasta llegar a tus hombros. Quieres agradecer la indulgencia de los matones pero te contienes. Una esponja áspera te limpia con frenesí la frente y los ojos. Listo señorita, dice la voz ronca. Abre los ojos, te dice la voz de Sandra a doce milímetros de tu cara. Los abres lentamente. Ves a Sandra mirándote con curiosidad. ¿Estás bien?, te pregunta con ternura. ¿Qué parece?, respondes en medio del desasosiego. ¿Quiénes son estos malandrines? preguntas con la voz engolada. Son empleados de mi marido, te responde con la voz temblorosa. Permítame señorita, le dice un hombre con una camiseta negra y un tatuaje en cada brazo; se acerca y te levanta con cuidado. Cuando intentas dar un paso sientes el peso del cuerpo sobre tu tobillo derecho; un corrientazo en el pie te lanza contra el suelo; intentas mover las manos para amortiguar el golpe pero están amarradas a la espalda. El piso te recibe brutalmente. ¡Bestia!, le dice Sandra al hombre de camiseta negra. Perdón, le responde este al tiempo que te toma por los codos para levantare. Sientes un ardor que nace al otro lado de las costillas. ¿Dónde lo llevamos?, pregunta el de voz ronca al que está bebiendo aguardiente de una botella envuelta en papel. Don Fred dijo que lo dejáramos amarrado en su cuartucho, responde después de limpiarse la boca con el antebrazo. Señorita, continúa; arréglese porque el señor Fred la espera mañana en Galveston para hablar con usted. Todos miran el piso sin saber qué decir. El silencio se rompe por los pasos de Sandra. Llévenlo, ordena el hombre del tufo a los otros dos. Yo me quedo vigilando a la señorita; no sea se le ocurra escurrirse por la ventana.

Farfullas incoherencias al tiempo que tu cabeza intenta levantarse. La frente pesa más de lo acostumbrado. El frío empieza a rasguñar tu cuerpo desnudo. Las manos están dormidas a causa del los nudos sobre tus muñecas. La respiración es arenosa. Las piernas están dormidas a causa de la posición. Escuchas unos pasos acercarse por el corredor. Imaginas las paredes oscuras y descascaradas, además del piso de granito del pasillo. Oyes la llave entrar en el cerrojo de la puerta y el movimiento frenético que hay que imprimirle para que las guardas cedan. La cerradura sucumbe al tiempo que las bisagras chillan. Los pasos resuenan piso de madera. La puerta se ajusta en el marco. Las llaves tintinean en su vuelo hacia la cama. Caen en un golpe sordo sobre las cobijas. Percibes los pasos acercándose a la barra dónde estás amarrado. Los pasos se detienen a escasos centímetros de ti. Te dije que me vengaría, dice Cristina con voz de triunfo.

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7 comentarios

Archivado bajo A más de mil kilómetros de ti, amor, Blogonovela, General, mujeres, narraciones

7 Respuestas a “A más de mil kilómetros de ti (7)

  1. Joder… no le sale nada bien, en serio, ya tengo ganas de que el protagonista encuentre a qué agarrarse.

    Las mujeres despechadas pueden ser terribles, quizá tenía que haberlo tenido en cuenta.

  2. Diego Niño

    Mi dulce Capitana, creo que a las mujeres en general hay que temerles porque tienen la sagacidad suficiente para forjar venganzas escalofriantes.

    El pobre Diego no le sale una bien. Habrá que sugerirle que se haga un par de baños con ruda a ver si su suerte cambia.

    Gracias por tu visita (te empezaba a extrañar).

    Un abrazo

  3. Las cosas más retorcidas siempre se nos ocurren a nosotras, que me lo digan a mí, que me han hecho daño más mujeres que hombres.

    Me temo que ayer no me pude pasar porque estoy en casa de mi familia y aquí no tengo internet más que cuando el vecino me deja robarle, pero el sábado volveré y podré comentar diariamente.

    Un beso.

  4. Diego Niño

    Espero, mi dulce capitana, escribir a diario para poderte, como dice Quevedo, escuchar con los ojos.

    Las mujeres, la mayoría de las veces, se ensañan con sus congéneres sin pensar que el culpable puede ser su pareja. Cabe aclarar, sin embargo, que generalmente es el destino, la vida o el azar (como lo quieras llamar) el único culpable.

    Un abrazote desde Bogotá

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