A más de mil kilómetros de ti (8)

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¿Creíste que te ibas a quedar sin castigo?, pregunta Cristina mientras camina de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Pues no. Cada una de las noches de estos dos meses estuve diseñando mi venganza. Primero tenía que averiguar quién era esa niñita. Para eso me ayudo tu amigo Gustavo -con quien, sea dicho de paso, me acosté varias veces-. Él me dio el número del celular que te regalo esa perra. Con el número pude buscar el nombre en la base de datos de Telcel. Fue muy ingenuo, o muy imbécil, seguir en la misma compañía de celulares: ¿no te paso por la cabeza que tengo acceso a sus bases de datos y que podía hacer algo con esa información? Claro, qué le iba a pasar por la cabeza una idea de esa envergadura a un imbécil que es capaz de acostarse con la esposa de un traficante. ¿Un qué?, preguntas con los ojos abiertos. ¿No sabías?, responde Cristina con ironía. La estúpida te compró el celular con su tarjeta de crédito; en ella aparece como Sandra Hans. Después de dos meses de búsqueda conseguí la dirección de Susan Hans, hermana de Fred Hans, el esposo de tu adorada princesa. Fui a su casa y la puse al tanto de las aventuras de Sandra contigo. Inicialmente no me creyó, pero después de mostrarle las fotos que les tome durante un mes se convenció de la veracidad de mis afirmaciones. Me pidió el teléfono y me dijo que en un par de días tendría una respuesta. Esa misma noche me llamó un hombre que dijo ser Fred. Hablamos durante una hora sobre ustedes. Al final de mi relato me dijo que él se encargaría de todo. Me preguntó, antes de concluir la conversación, cómo quería que te asesinaran. Le dije que bastaba que te golpearan brutalmente y que te dejaran amarrado en este lugar.

El cuarto se balancea sin control. Sientes que la razón pierde el rumbo. Deseas con todas tus fuerzas cerrar los ojos y desaparecer el dolor que te agobia y la confusión que te abate. Cierras los ojos e imaginas que todo es una pesadilla. Una patada en la pierna derecha te recuerda que no estás soñando. Intentas abrir los ojos pero los párpados te pesan. ¡Hijueputa!, dice Cristina al tiempo que lanza una bofetada seca. Cae tu cabeza hacia adelante y empieza a oscilar imperceptiblemente. Escuchas los pasos de Cristina irse hacia la cocina; oyes el grifo abierto lanzando agua a un balde. Los pasos se acercan y cuando están cerca de ti sientes el impacto del agua sobre tu cara. ¡Despierte cabrón de mierda!, te dice al fondo del túnel de paredes anchas en el que te sumieron sus palabras. Intentas levantar la cabeza pero te pesa demasiado. Te toma del cabello y te levanta la cabeza con violencia. Sientes un fluido tibio descender por tu nariz después que te escupe la cara. ¿Qué harás conmigo? Preguntas con voz ahuecada. Te voy a asesinar, responde con naturalidad. Lo primero que haré es abrir la llave del cilindro de gas, dice mientras camina hacia la cocina. Haciendo un esfuerzo sobrenatural levantas la cabeza y abres los ojos. Ves a Cristina luchando con la manguera azul que sale del tambor de gas. Ríes con desgano. ¡Callese!, responde. Levanta el cuchillo del lavaplatos y empieza a cortar la manguera. Una vez concluida la incisión abre la llave que está sobre el cilindro de gas. Escuchas el ligero murmullo del gas escapando por la boca de la manguera. ¿Me vas a ahogar con un cilindro semi desocupado de cincuenta libras?, le preguntas con sorna. No; pienso quemarte, te responde con altivez. Extrae del gabán un despertador unido por dos cables blancos a una bombilla. Los cables que ves acá están unidos al parlantico que suena cuando el despertador funciona; la bombilla tiene el vidrio roto; cuando el reloj dé las doce activará la bombilla; pero como esta no tiene vidrio, simplemente encenderá el filamento que prenderá el gas que flota en el cuarto. ¿No es genial?, pregunta con júbilo. ¡Creo que te hizo daño ver tanta televisión!, respondes con desgano. Como sea, creo que es hora de irme, dice Cristina mientras mira las manecillas del despertador. Levanta la palanquita del despertador y lo deja sobre la estufa, frente al tambor de gas. Toma las llaves que la esperan sobre la cama y se dirige a la puerta; mete la llave en la cerradura y empieza a girarla frenéticamente hasta que las guardas crujen. Cuando está bajo el marco de la puerta gira sobre sus talones. Estaré esperando, con una cerveza fría, la detonación en la tienda de Freddy. Gira de nuevo, da dos pasos y cierra la puerta.

Supongo que este es el final del camino, te dices con resignación. Tu cabeza se descuelga al tiempo que cierras los ojos. Escuchas el zumbido del gas escapándose y el taconeo del segundero del despertador…

¡Ni mierda!, gritas con furia después de una breve pausa. Halas con fuerza los brazos. Sientes un dolor insoportable en las muñecas. No te importa; halas con más fuerza. Escuchas crujir la varilla a la que estás atado. Empiezas a lanzarte hacia a delante con lo que te queda de vigor. Crepita la pared. Sientes un fluido tibio que te baña las manos. Debe ser sangre, piensas entre jadeos. Te lanzas, de nuevo, hacia adelante. Una puñalada te fustiga los músculos abdominales. Sientes que el aire entra con dificultad. Te levantas hasta que tu espalda toca la pared fría. El oxigeno ya no llega a tus pulmones. Presientes que te desmayarás en ese instante. Tomas aire por la nariz con fuerza y te lanzas, en un último y desesperado intento por sobrevivir, hacia adelante. La pared muge cuando la caña se desengancha. El impulso te lanza hacia adelante hasta que sientes una presión insoportable sobre tu cintura; te quedas inmóvil un segundo y luego empiezas a ladearte hacia la derecha; caes lentamente; ves el piso alcanzar tu cara mansamente; un golpe esponjoso anuncia tui llegada al piso. Escuchas vacilar los libros que reposan sobre la mesa. Estiras los brazos hasta que tocan tus nalgas. Levantas la cola al tiempo que bajas los brazos. Sientes que las nalgas cruzan los brazos. Haces fuerza hacia adelante para que las muñecas avancen. Cuando llegas a la mitad de los muslos el brío te abandona. Piensas que no importa; que lo mejor es extinguirse como un fósforo en mitad de las tinieblas. Tus músculos se relajan completamente. Oyes el zumbido del gas y el manso repiqueteo del despertador. La figura de Sandra visita los pliegues de la memoria. Sientes una llama que se enciende en el pecho. Encojes las piernas con fuerza al tiempo que alargas tus brazos intentando llegar al talón. Sientes el roce del talón con las muñecas. Las plantas de los pies, en un instante glorioso, transitan las muñecas amoratadas. Empujas hacia adelante hasta que tienes los brazos frente a tus ojos. ¡Lo logre!, te dices en medio de estertores. Te levantas y corres hacia la cama. Sacas debajo de ella una caja llena de hojas y recortes de periódicos. Volteas la caja sobre el suelo y empiezas a revolcar con frenesí los recortes y las hojas. Bajo un recorte bilioso aparece una llave plateada. La tomas y corres hacia la puerta; intentas introducir la llave en la cerradura; esta resbala a causa de la sangre que corre abundantemente; ¡Hijueputa!, gritas con el corazón palpitándote en la garganta; te agachas y la tomas; te levantas e intentas meterla de nuevo; oyes las guardas abriendo paso; una brisa fresca baja por tu espalda; intentas girar la cerradura a la derecha pero una fuerza la detiene; ¡ahora no llavecita malparida!, dices al borde del llanto; empiezas a girarla con violencia; no cede; giras la cabeza hacia la derecha y ves el segundero llegar al doce; clac, chasquea el despertador. Debí coger el despertador en lugar de buscar la llave, piensas al tiempo que ves el filamento de la bombilla lanzar un destello amarillo…

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4 comentarios

Archivado bajo A más de mil kilómetros de ti, amor, Blogonovela, General, mujeres, narraciones

4 Respuestas a “A más de mil kilómetros de ti (8)

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  2. capitana666

    Pues sí que era retorcida Cristina, a saber qué habrá hecho el marido con Sandra, de todas formas uno no puede tener en cuenta todos esos detalles con un móvil.

  3. Diego Niño

    Creo que uno nunca se imaginaría que la ex novia se vengaría de esa manera. En cuanto a Sandra, mi dulce y querida, no sé qué paso con ella. Tocará esperar a ver cómo termina la historia…

    Un abrazote desde Bogotá

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