Archivo diario: septiembre 6, 2008

Crujido de los engranajes (4)

Vienes desde el rincón inconcluso donde el silencio y las tinieblas se construyen. Tu mirada de cachorrito me conmueve hasta las lágrimas. Me contengo, sin embargo, y te saludo con un abrazo nervudo. Aunque no me dices nada tus ojos me anuncian que el gran secreto te fue revelado en las tierras del algodón y las brisas. Te miro con ternura. Te debates entre el amor instintivo que abre puertas a empellones y el temor que enfría las venas. Te abrazo de nuevo para apaciguar los embates que crujen bajo tu respiración. Te aferras con fuerza a las arandelas de mi alma. Te sueltas y me miras a los ojos; sabes que estos ojos te contemplarán en la lobreguez de las tormentas y en la claridad de las auroras. Sientes el impulso de besarme tiernamente pero te dominas. Me inclino ligeramente y tú saltas a mis labios como el aire franquea el viento. Nos besamos largamente…

Una hora después estás llorando en la puerta de inmigración. Me miras como si quisieras grabar mi imagen en la las grietas de tu cerebro. Mi mirada navega, en contaste con la tuya, en el piélago de la calma. Piensas que es injusto que debas abandonar la barca cuando el mar cesó de gemir y cuando el plomo abrió sus puertas para dar paso a un sol radiante. Me acerco hasta ti con pasos cortos; te miro a los ojos y te digo: antes que el ácido del escepticismo socave la ternura de tu mirada viviremos juntos. Tus ojos quieren creerme pero la experiencia te dice que las promesas son sal que irrita la felicidad. Doy media vuelta e inicio a caminar hacia las escaleras. Sales por debajo de las cintas de inmigración y corres hasta mí. Me llamas con desesperación. Me detengo y apenas alcanzo a girar cuando te aferras a mí como una tenaza. Tus lágrimas mojan mi pecho, mis lágrimas lavan tus rizos. Me miras a los ojos y me besas con la pasión del naufrago de amores. Das media vuelta y te devuelves a la fila que de nuevo te llevará a la tierra del algodón y las brisas

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Declaratoria

Eres una bruja distinta a las que aprendí a odiar en los cuentos de hadas: no usas sombrero negro, ni tienes una verruga en la nariz, ni siquiera tienes esa mirada perversa que arruga flores y espanta las nubes. Tienes, por el contrario, una mirada que invita al diálogo sereno, acaso confidencial; tu nariz, libre de repugnantes forúnculos, es delgada y un poco respingada; tus labios, custodiados celosamente por dos lunares, son apetecibles; tus rizos instan a surcarlos con los dedos; tu cuerpo, ¡ah, tu cuerpo!, invita a navegarte, durante interminables noches de pasión, asido al perfecto arco de tu cintura.

Pero, mi querida niña, el que aparentes ser la princesa que duerme eternamente no elimina el hecho que tu corazón esté seco como una piedra, que tu alma esté edificada con paredes de paja y que habites en las vecindades de la antipatía; tus sentimientos, infectados como la piel enferma, supuran hiel en cada afirmación; seduces con la manzana prohibida de tu cuerpo lujurioso y ávido de hombre; te solazas con el descenso de lágrimas masculinas y con envidias femeninas…

Yo seré, para tu asombro, el héroe que pisará las zarzas de tu ternura y entrará hasta la mazmorra pestilente en la que escondiste, en un baúl de plomo, a la niña que se asusta con los truenos y que vibra con el vuelo de las mariposas. Una vez la halle la sentaré en bajo el sol de la mañana, la peinaré con ternura y me la abandonaré a la deriva de la brisa y de las libélulas.

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Reflexiones en torno a la vejez

Hace algún tiempo estaba conversando con mis compañeros sobre la televisión colombiana. En medio de la charla uno de ellos me preguntó: ¿ha visto el Súper Agente 86? ¿Lo volvieron a dar?, le pregunté con las cejas enarcadas. Sí, lo están dando en Canal Capital; ¿lo daban antes?, me preguntó con curiosidad. Claro, en el año ochenta y seis yo lo veía en la cadena dos. Al oírme soltó la carcajada y me dijo: eso fue dos años antes que se conocieran mis papás. Este man se está burlando de mí, me dije. ¿En qué año nació? Le pregunté con una sonrisa socarrona. En el noventa, me contestó inmediatamente. No le creo; déjeme ver cédula, le dije con voz seca. ¿Cédula?, dirá la tarjeta porque aún no soy mayor de edad, me dijo mientras metía la mano en el bolsillo trasero del pantalón. Al ver la tarjeta y hacer cuantas mentales constaté la veracidad de su afirmación.

Esa no ha sido, para mi desgracia, la única vez que me ha ocurrido algo así. Antes de ayer, sin ir más lejos, le comentaba a una compañera, a propósito de este post, que tuve mi primer amor platónico en diciembre del ochenta y ocho. Ella me miró a los ojos y me dijo que en ese momento ella tenía un mes de vida.

Antenoche, cuando el silencio se apoderó de la ciudad, me decía a propósito de este hecho:

te estás volviendo viejo mi querido amigo. Les llevas a tus compañeros de universidad más de ocho años. Cuando te iniciaste en el arte del alcohol ellos tenían, a lo sumo, cinco años. Cuando te graduaste del colegio la mayoría de ellos no sabía las vocales. Cuando tuviste que dejar el trago ellos estaban en noveno. Nada que hacer amigo: estás viejo.

Al oír esta última frase salté de la cama y prendí la luz. Miré la mesa del computador y vi que había una caja de gemfibrozilo para los triglicéridos, una caja de tegretol retard para las convulsiones y un sobre de dolex para el dolor de garganta. Negué con la cabeza, apagué la luz y me acosté con la sensación que la vejez me esperaba en la aurora para llevarme en sus delgados brazos.

Anoche, para finalizar, estuve “tomando” con dos viejas amigas, y en las vecindades de la media noche, caminamos en el filo de la memoria hasta que su acero hirió la melancolía. A la una de la mañana cada uno se fue para su casa porque hoy teníamos obligaciones laborales o de otro tipo. Mientras venía para el apartamento recordaba aquellos versos Luis de Góngora y Argote:

“Mal te perdonarán a ti las horas;
las horas, que limando están los días,
los días, que royendo están los años”.

y me decía que el tiempo es el diente -quizás las encías- que engulle, segundo a segundo, las células, el aire y la luz de nuestros ojos hasta transformarlos en brisa muerta.

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