Carta al silencio de la noche (12)

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Fuiste, en el galope de la niñez, la más inalcanzable de mis fantasías. Tu estatura y confianza aventajaban, en el momento que nos conocimos, la timidez de mis estrenados nueve años. Recuerdo que esa noche mi mamá me arrastro, como acostumbraba hacerlo por aquellos años de poco carácter, hasta tu silla; encajó tu mano en la mía y me ordenó, con el tono castrense que aún conserva, bailar contigo. El pánico preliminar se diluyó, segundos después, en las fronteras de tu ternura al igual que la incertidumbre de mis pasos vacilantes se transformó, gracias al imperio de tu paciencia, en aceptables ondulaciones.

El siguiente año nos encontramos, por aquellas contingencias de la navidad, en la casa de tu tía. Constaté, en el instante que te vi, que el arribo a la primera década no trajo la valentía que había insinuado mi ingenuidad: no tuve el valor de saludarte y, menos aún, de hablar contigo; pude, tan sólo, lanzar una sonrisa magullada cuando tú y tu familia se marcharon a celebrar la Noche Buena (aquel diciembre inició la serie de reuniones navideñas en las que -salvo por tres modestas conversaciones- te contemplaba desde el abismo de la cobardía).

El tiempo borró -cuando la adolescencia entró por la ventana de mi infancia- los trazos de un amor diseñado para sobrevivir al amparo del silencio. Poco quedó, por tanto, cuando el mismo azar que nos reunió en aquellas celebraciones decembrinas nos empujó a ser vecinos. Pude -gracias a que la indecisión se transformo, al igual que la abstinencia de palabras, en una anécdota almacenada en el cajón de la deshonra- paladear los coloquios que el amor, por vías de la paradoja, no autorizó en la niñez que, para mi fortuna, partía lentamente (nunca, en los días de vecindad, cometí la imprudencia de suponer que el acopio de tertulias y lugares comunes construiría el anhelado noviazgo).

Hoy, después de quince años de olvido, tu recuerdo emergió aferrado a los matices del ocaso. Traías aquella mirada que encrespaba mi tranquilidad y las manos que me guiaron en la manigua de los acordes tropicales…

Sean, pues, estas palabras un tributo a ti, mi primer –y acaso único- amor platónico.

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1 comentario

Archivado bajo amor, anécdotas, desplome de los años, evocaciones, mujeres, personal, serie cartas

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