Archivo diario: marzo 16, 2008

Mi tristeza es mía y nada más (Leonardo Favio)

Cuando el dolor macera los límites del alma con sus astillados dientes. Cuando los punzantes días se disuelven en una enjambre de emociones sin sentido. Cuando no queremos que la sensatez nos aconseje y cuando tenemos la certeza de la imposibilidad de remendar el alma sangrante recitamos los versos de Leonardo Favio:

Ya no creo en nada, ni en la flor
Voy a hundirme solo en la ciudad
Llueve y es mejor, vivo más mi soledad
Mi tristeza es mía y nada más…


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Mis “yos ex futuros”

“Siempre me ha preocupado el problema de lo que llamaría mis ‘yos ex futuros’, lo que pude haber sido y dejé de ser, las posibilidades que he ido dejando en el camino de mi vida. Sobre ello he de escribir un ensayo, acaso un libro. Es el fondo del problema del libre albedrío. Proponerse un hombre el asunto de qué es lo que hubiese sido de él si en tal momento de su pasado hubiera tomado otra determinación de la que tomó, es cosa de loco. Tiemblo de tener que ponerme a pensar en el que pude haber sido, en el ex futuro llamado Unamuno, que dejé hace años desamparado y solo…” (Unamuno)

Esta idea siempre me ha dado vueltas en la cabeza. ¿Qué habría sido de mí si en vez de abandonar Ingeniería en Topografía la hubiera terminado?  ¿Qué hubiese sucedido si me hubiera dedicado a estudiar sensatamente matemáticas en lugar de acostarme a leer durante años? Las respuestas a estos interrogantes nadie la tiene.

Hace un mes me encontré con un compañero de la universidad que en este momento está haciendo maestría en matemática pura. Vi en sus ojos la nostalgia de los días en los que nos acostábamos en los pastizales a mamar gallo. Sus nuevas obligaciones lo han conducido a una cárcel de trabajos a la que se somete con la esperanza que estos redunden en beneficios futuros. Yo, en cambio, sigo acostado en los pastizales del la universidad mamando gallo, leyendo y ahora escribiendo en un blog. ¿Será, me pregunté cuando lo vi, que yo estaría como él si me hubiera adherido a su decisión de estudiar denodadamente? Probablemente no. Pero estaría encadenado a tantas obligaciones que no estaría leyendo y mucho menos escribiendo estas pendejadas; quizás en el ejercicio profesional hubiera conocido a una mujer con la que, años después, hubiera formado un hogar; o quizás estaría fuera del país…hay tantas variantes.

Hoy encontré en el buzón del correo de facebook el correo de otra compañera de la universidad en el que me anuncia su viaje a un convento en Dinamarca. ¿Dinamarca?, me pregunté perplejo. ¿A qué “ex futuro yo” estará renunciando ella? ¿Cómo abría sido su vida si hubiera decidido quedarse en este país? Esto nadie lo podrá responder. Lo cierto es que su “ex futuro yo” que se queda en Colombia estudiando y enseñando matemáticas le hará falta al futuro yo que se queda en Colombia tirado en los pastizales mamando gallo…

¡Feliz viaje mi dulce y querida Juliana!

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Sexo en los parques

Hacer el amor en lugares públicos debe ser agradable. Confieso que no me he solazado con el efímero polvo de pastizal o con el maloliente polvorete de baño público. Lo más cerca que he estado a esta actividad es un par de refriegas que he tenido acá, en mi cuarto, a plena luz del día, con tías y primitos corriendo por el apartamento. Nada más que eso. Los amigos y amigas que han realizado la fajina coinciden en que no es tan placentero como se murmura en los corredores: los arañazos, los olores fétidos, la arena en la las partes pudendas, la piquiña del pasto orinado, son razones que aducen para disuadir a los que no nos hemos lanzado a experimentar el sexo público. Si quiere hacer algo estimulante, me dicen, cómprese una buena botella de vino, una libra de fresas, una película porno bien sugestiva, encienda la chimenea e invite a una amiguita a su apartamento. Quisiera hacerle caso a mis bienintencionados amigos pero no puedo tomar vino porque me daría un derrame cerebral gracias a que tomo, desde hace cinco años, tegretol retard; las fresas me aflojan el estómago; las películas porno no son de mi agrado; no hay chimenea en el apartamento y si traigo una amiguita mi novia me obliga a tomarme una botella de vino, a zamparme dos libras de fresas y doce gramos de cianuro.

Si algún día decido probar suerte lo haré en el parque Volden, en Ámsterdam. ¿Por qué este lugar? Porque allí está permitido atizarse un par de revolconchis sin que la policía, los jueces, los militares o los simples peatones puedan reprimirlo. Ellos, de hecho, serán multados si se interponen en el ajetreo. El acto amoroso no se puede consumar, no obstante, a cualquier hora ni en cualquier sitio. En primer lugar no se puede hacer cerca de niños (como si uno pudiera tirar frente a la tierna mirada de un niño); sólo se puede hacer de noche (como si alguien lo pudiera hacer bajo la canícula primaveral) y no se pueden dejar, por supuesto, desperdicios en el parque.

(En un esfuerzo de imaginación, querido lector, piense cómo serían las cosas si Colombia adoptara la misma legislación. En primer lugar se verían señores cochambrosos con cajas de madera colgándoles del cuello pregonando en la entrada de los parques: cigarrillos, chicles, condones, espermicida, dispositivos intrauterinos. Adentro, en los vergeles, estarían, a la sombra de los árboles, algunos señores, con enormes cicatrices surcándoles la cara, esperando a la primera pareja que se bajara los pantalones o se quitara la ropa para atracarlos. En las bancas estarían dos o tres ancianos comentando los últimos coitos de la noche. ¡Sería horrible!)

Creo que las pocas parejas que acostumbraban lanzarse por las laderas del sexo en los parques no lo seguirán haciendo porque este perderá lo único que lo diferenciaba del sexo casero: la posibilidad que lo encontraran y lo detuvieran. Sin peligro no hay gusto. Esta medida impulsará, por lo tanto, a los kamikaze del sexo a probar nuevas variantes en lugares hasta ahora inexplorados. Esto estará por verse. Por ahora debemos solazarnos con la idea que hay un parque en el mundo donde podemos hacer la caída del ángel desde las ramas de los abedules, o en el que podemos cumplir nuestra fantasía de tener sexo como tarzan y Jane: colgados de los bejucos y gritando a voz en cuello.

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A unos ojos (Trío los Embajadores)

Hace algunos años este bolero del trió los embajadores traían a las orillas de mi corazón evocaciones teñidas de nostalgia. Los años, para mi fortuna, han transformado este sentimiento en mansa alegría. Lo anterior, sin embargo, no impide que la cadencia de sus versos convoque la reminiscencia de los ojos que abrieron las fauces del amor ni que quiera enviarles una pequeña ofrenda a su memoria.

Sea esta canción, por lo tanto, un tributo a los ojos de mirar adormecido que conducen a la campiña del amor…


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