Tío Edgar

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En una tórrida mañana de comienzos de la década de los setenta el párroco de la arquidiócesis del municipio de Villa de Leyva vertía agua sobre la cabeza de un niño que a partir de ese momento se llamaría, para gloria de nuestro señor, Edgar Eduardo. La algarabía y el jolgorio que este evento promovió fue noticia en las veredas vecinas gracias a la generosidad de los anfitriones. Las viandas y el alcohol, en efecto, se distribuyeron sin tasa para los circunstantes de tal suerte que antes que el sol guardara su testa la concurrencia nadaba en la espesa manigua de la embriaguez.

Años después este niño alimentaría las filas del grupo de aventureros de la región. Famosas fueron los escarceos que birlaron la doncellez de las mozuelas de las vecindades así como inolvidables fueron las jaranas que promovía en las tenduchas que se aferran al borde de la carretera.

Un buen día decidió cambiar la apacible y agradable Villa de Leyva por la fría e inhóspita Bogotá. En esta ciudad, desordenada y hostil por definición, halló pronto compinches para continuar con las jornadas licenciosas que inició en su natal pueblo. Al poco tiempo su nombre, que para este momento contaba con veinte años de bendición pontifical, alcanzó el primer puesto en la lista de bebedores en casi todas las localidades de la ciudad.

Debemos decir, sin embargo, que su capacidad de licencia sólo era comparable con su resistencia en el trabajo. Era capaz de soportar jornadas de dieciocho horas sin demostrar cansancio. Sus compañeros de fajina siempre veneraron su capacidad laboral puesto que esta, además de sustentarse en la solidez física, también asaltaba los terrenos de la creatividad. Sabemos que algunos de sus artificios mecánicos aún sobreviven en algunas de las fábricas que conocieron su semblante bonachón.

A mediados de esta semana este hombre hecho para la bebida y para el trabajo pagó el gravamen que trae implícita la vida de excesos en los campos mencionados. Su cuerpo, para pasmo de sus familiares, se desplomó ante el silencioso embate de la diabetes. Su aspecto, otrora brioso, se transformo en un fardo indiferente a los requerimientos de su hijo y su esposa; las piernas que antaño hoyaban abrojos y pateaban piedras vacilaron hasta no poder sostener su cuerpo; sus ojos, antes vivaces, no pudieron transmitirle al mundo la serenidad del viento.

Hoy, cuatro días después, el parte médico nos comunica su asombrosa recuperación y nos informa, asimismo, que lo tendremos entre nosotros al el próximo lunes. Los que hemos seguido sus pasos nos alegramos al saber que ha sobrevivido, ante la embestida del destino, con la entereza de los hombres que nacen para desafiar las estrellas. Desde esta esquina virtual le envío un entrañable abrazo al hombre con el que aprendí a beber sin descanso.


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