Especímenes de mediados de los noventa

Hace unos días Patiño, un amigo del colegio, me envío un correo sugiriéndome algunos temas para que salieran en el blog. Entre ellos están los juegos olímpicos y la interdependencia de Latinoamérica y Estados Unidos. Aunque los temas son interesantes el correo de mi viejo y querido amigo me sugirió otro tema: describir a algunos de mis compañeros del colegio. 

Entre mis condiscípulos se puede reunir toda la fauna de los estudiantes arquetípicos de mediados de los años noventa: el vago, la gonorrea, el golpeador, el jugador, el callado y los repitentes. Sus efigies persisten en mi memoria a pesar de las cenizas del olvido.

Creo que el mayor ejemplo del estudiante vago era David Vargas. El ilustre personaje contaba con la avanzada edad de diecinueve años cuando cursábamos once. Acostumbraba escaparse desde el miércoles a beber en las tiendas vecinas del colegio; hacía copia en todos los parciales y jugaba voleibol en los escasos periodos en los que no estaba bebiendo, jugando billar o durmiendo en su domicilio. Lo interesante de David era que, no obstante su clara tendencia al vagabundeo, fue monitor del curso durante cuatro años (1993-1996).

La gonorrea era encarnado por Yesid. Esta celebridad pasó a la inmortalidad por amenazar a la profesora de Física por pedirle que no hablara en clase. Su vocabulario rayaban la jerga carcelaria y sus modales sonrojaban a los zorreros del doce de octubre. 

El golpeador era Juan Carlos Castro. Este señor levantó pesas desde los doce años logrando a los dieciocho años una musculatura prominente. Castro, como todos lo llamábamos, se medía con cualquier rufián de los demás cursos a gatos (el gato son los puños dados en las piernas o en los brazo). Este señor, igualmente, acostumbraba pegarle a cualquier parroquiano que se hallara distraído un gato en las piernas para que aterrizara.

El jugador, amigo entrañable de Castro, era el prestigioso Támara. Micrero forjado en el crisol del barrio Boyacá Real y martillado en los interminables partidos de la salida del colegio. Fue célebre por hacer un gol de bicicleta en un tiro libre en la semifinal del campeonato del colegio y por las múltiples gambetas con las que eludía a sus adversarios.

El callado es el inolvidable Ortiz. En los cuatro años que estudiamos juntos fueron pocas las ocasiones en las que habló en público. Su entrañable costumbre de ajustar cuentas con certeros rodillazos le granjearon respeto entre la nómina de los buscapleitos.

Los repitentes más destacados fueron: Eyesid, el mono, Gerardo Galvis y Jamsel. Este último señor fue el único capaz de enfurecer a la profesora de filosofía y de crear la inmortal fama de disoluta de una de nuestras compañeras. De Gerardo y Eyesid recuerdo que fueron los primeros estudiantes que sucumbieron a la inmejorable pareja que hacíamos Patiño y yo en el billar.

Las picadas eran, sin lugar a dudas, las gomelas. Ellas llegaron al colegio en el año noventa y cuatro y descrestaron por su belleza. Siempre miraron a los demás mortales por encima del hombro y en la expresión de su cara se notaba el desagrado por estar en ese colegio.

La lista continuaría hasta el infinito. Entre la fauna escolar sobresalen en mi memoria mis hermanos del alma: Patiño, Walther, Diego Navarrete, Nabyl, El Negro y Suarez. A estos señores les debo gran parte de lo que soy. De ellos siempre he recibido cordiales saludos y entrañables consejos; con ellos he transitado los peores momentos y he conocido las navajas de la muerte y las coronas de la felicidad. No nos separamos a pesar que la distancia y el tiempo han jugado contra nosotros…


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