Feliz Día

La vemos reptando con resignación mineral por la oscuridad de la indiferencia sin queja alguna. Su labor, anónima para el resto de la humanidad, es espinosa como los abrojos. Los halagos por haber sacrificado su juventud, su salud y su felicidad los recibe, en el mejor de los casos, escritos en una tarjeta que tiene en su lomo unas flores pálidas como sus mejillas. Ella, no obstante este vejamen, continua lavando, sirviendo, acomodando la cochambre generada por sus hijos y su marido sin inmutarse. Cuando termina su jornada de limpieza se apresta a continuar su vida en alguna oficina con un salario menor al de sus compañeros varones. Ellos, de adehala, la miran con apatía si es la juventud y la belleza emigraron con la última hoja del otoño, o con lujuria si estas aún le acompañan en su transitar. Cuando llega la reciben las cuentas sin pagar, las tareas de los hijos y una montaña de platos por lavar…

No obstante que cualquier cosa que se diga o se haga será insuficiente para agradecer y conmemorar el esfuerzo que nuestras aguerridas compañeras hacen para sobrevivir en un mundo que las margina por ser mujeres y que les abolla los sueños que nacen en las orillas de la esperanza, lanzó estas palabras como un homenaje a las mujeres que todos los rincones de la tierra que luchan y sufren al ritmo de nuestra indolencia.

 

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