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Cinco días atrás fui, gracias a tu tentativa de divorcio

(Fuente de la Imagen)

el soltero que solía ser: aquel que deambula por la Plaza Ché con la esperanza que la corriente del tiempo le ceda interlocutores ocasionales o aquel que se solaza calculando las posibilidades de enamorarse de la jovencita que, invariablemente, le lanza sonrisas homogéneas desde el otro costado de la cafetería (contemplaba, como puedes ver, los viejos horizontes de la holgazanería, las antiguas grietas de la desocupación). Pero al atardecer, cuando la llovizna devino en penumbra y tu voz no me había tocado, descubrí que sería agobiante la vida sin ti: camisas y sábanas arrugadas, medias agujereadas, tardes inciertas, amores con fecha de vencimiento, momentos de algarabía en los que sentiría la ráfaga de una gripe indomable, acaso de una fiebre pujante y, detrás de ella, el delirio de tu nombre, el desorden de tu recuerdo… esta conclusión sumó, para provecho mutuo, una nueva dimensión a este amor multitudinario, a esta ternura de rejas y aguijones: tus dedos peregrinando por mi nuca no caminarán, en adelante, por la delgada línea del tiempo ni por la dudosa tridimensionalidad del espacio sino que medirán, adicionalmente, la extensión de tu posible ausencia, el filo de tu potencial exilio (así como tus besos ya no son aquella expresión habitual de afecto sino que pasan a ser el áncora que evita que me extravíe en los abismos del olvido, en las profundidades del desconcierto)…

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A la vital A. T. y a la razonable J. P.

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Hoy, con el perdón de los lectores, hablaré a dos mujeres que conocí en el departamento de matemáticas de la Universidad Nacional. La primera de ellas decidió partir a Sostrup, un frío pueblo de Dinamarca, para hacerse monja. La segunda resolvió, en un incomprensible arranque de crueldad, terminar el blog en el que trabajó más de un año. Las acerca, paradójicamente, la distancia con la mayoría de las estudiantes de matemáticas. Las aleja los asideros con los que sostienen su vida: una se hunde en las experiencias y la otra contempla desde las ventanas de un convento la existencia. Las dos, según el resultado de los sondeos, cavan la tierra para encontrar la raíz del amor.

A una de ellas la conocí una tarde de septiembre en el margen izquierdo del departamento de matemáticas. Después que queme accidentalmente una franja de pasto seco al lado de un árbol me dijo: nunca he conocido a alguien que tenga tan mala suerte. Mi primo tiene peor suerte que yo, le contesté; él atribuye su destino a haber nacido un viernes trece. Luego de este prólogo nos vimos ocasionalmente en el departamento (ella, al igual que yo, acostumbra no asistir a más de ocho clases al semestre), además de encontrarnos en algunas reuniones de amigos comunes.

A la segunda la conocí gracias al concurso “Blogobundos”. Contesto uno de los correos masivos de mis contactos de Facebook; en su respuesta me comunicaba que su blog también estaba concursando y me invitaba a visitarlo. Cuando pique en el link me encontré con una bitácora que había recorrido meses atrás. Una tarde la hallé casualmente en la puerta del departamento. Conversamos, al calor de un café, durante una hora sobre nosotros, nuestras vidas, nuestras expectativas, etc. Recuerdo que su lenguaje me pareció muy dinámico y ágil, (avergonzando a las palabras medidas al milímetro que salían perezosas de mi boca).

Ayer, por conducto de Facebook y de la blogosfera me enteré de la aciaga noticia: una estaba en Dinamarca escuchando el murmullo de las oraciones al tiempo que la otra se despedía de la blogosfera con un post breve. Las dos dejan un silencio espeso en el viento y un relente de ausencia en la aurora. Sé que a ninguna de las dos le hable tanto como lo he hecho con otros compañeros o compañeras de matemáticas, pero siempre han tenido un rinconcito en mi corazón a causa de los post concisos de una y de la fragilidad de la otra. Las dos hablaron de la incertidumbre del amor y de las espinas que lo hacen más apetecible; las dos señalaron las huellas que dejaron en la arena del tiempo y la brisa que se empeñaba en borrarlas…

Sean, pues, estas breves palabras un homenaje a la reflexiva J.P. y a la entusiasta A.T.

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Homenajes y Dedicatorias

En los largos años de permanencia en la Universidad Nacional he tenido la oportunidad de conocer a cientos de estudiantes. Todos, se los puedo jurar, tienen alguna excentricidad, alguna historia curiosa o alguna particularidad.

Recuerdo, por ejemplo, a un estudiante que venía de Cauca y que era capaz de hacer cien carambolas de una tacada. Él casi nunca, por no decir nunca, entraba a clase. Un buen día le pregunté por qué se había presentado a la sede Bogotá, el me contesto, sin dejar de tacar, “porque me dijeron que en Bogotá habían buenas mesas de billar”.

Pero no todos son jugadores consumados. También hay estudiantes adictos al estudio. Ellos se encuentran en alguna de las veintitantas bibliotecas que hay en la universidad. No faltan a ninguna clase. De poca conversación y de trato áspero son los que, al término de la carrera, se llevan las becas a universidades europeas. Ellos, aunque les suene extraño, matizan los convulsionados colores de la universidad con sus miradas perdidas o sus paseos meditativos.

Entre los excéntricos recuerdo a uno que se pintaba el cabello de verde, rojo, violeta, o azul, alternadamente. Su pasión, decía él, era rescatar del olvido a Hermes Trismegisto y demostrar que en el alta edad media los alquimistas habían logrado transformar el plomo en oro. Un buen día el señor de cabello policromático desapareció del orbe. Algunos aseguran que entró a una secta secreta, otros dicen que ahora viste de paño y estudia en otra universidad.

En una materia que tome en historia tuve una compañera alemana que estudiaba algo cercano a Ciencias Políticas. Pensaba hacer la tesis en Países Subdesarrollados; y dado que la mejor manera de estudiarlos era vivir en ellos, vino a Colombia. A la pregunta obligada de ¿por qué elegiste este país? ella siempre respondía con impecable acento “porque ustedes son más enredados que una bulto de anzuelos”. Nadie sabe quién le enseño o dónde aprendió la manida respuesta; lo cierto es que (hace unas horas me enteré) ella no retornó a Alemania a terminar sus estudios sino que hizo hogar con un nativo del país de los enredos y de los anzuelos.

Entre los miles de estudiantes había una que caminaba con la esperanza brillándole en sus magnéticos ojos negros. Sus palabras, sopesadas en la balanza de la reflexión, rozaban el aire de la universidad. Ella, al terminar sus estudios, emergió al mundo laboral para continuar su educación en una plaza foránea. Los compañeros y la marginación tácita de ellos le impulsaron a recordar los trotes de quince minutos para poder ver materias en biología o los ambarinos atardeceres que paso, frente a la facultad, recostada en un árbol. La nostalgia amobló, desde entonces, su corazón.

Años después, en una mesa metálica de la Universidad Nacional, indagando con la mirada las transformaciones de la universidad, nos conocimos. Ella nostálgica y yo inmerso aún en los pastizales, las abejas y los almuerzos comunales. El encuentro fue breve y estuvo mediado por tres comentarios sobre las reformas académicas y administrativas. Ella, quizás, no escuchaba porque navegaba en la densidad de aquella noche…

Estas palabras son trazadas como homenaje a la niña que conocí aquella noche de diciembre y testimonio de la pluriculturalidad de la Universidad Nacional.


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