Flores Negras (3)

calle1

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El silencio resbala por las ranuras de una conversación que se marchita en el aire gris. Miras de reojo la mano blanca de Magdalena sobre el manubrio. Estás aterrado. Lo sabes y, lo que es peor, Magdalena lo percibe en el temblor de tu respiración. Intentas hablar desapasionadamente de tus obligaciones, de las novelas que consumiste en las arrugadas noches de tu juventud y de las extravagantes investigaciones norteamericanas, para que ella, la causante de este terror que te tiene atornillado al asiento del carro, piense que es frecuente que las mujeres te inviten a tener sexo después de una conversación breve. En cada semáforo la Doctora Cendal te mira a los ojos para burlarse de tu agitación y del estúpido impulso de abrir la puerta y huir como la cometa que se libera de las cadenas que la atan a la tierra. Como las cometas que mueren en los cables de la luz, dices en voz baja. ¿Dime?, pregunta Magdalena con los ojos refulgentes. Nada, pensando en voz alta, contestas con voz neutra. Tienes, contesta la doctora al tiempo que empuja la barra de cambio hacia adelante, ideas extrañas. El silencio sigue descendiendo de las montañas, de la tarde que quiere volverse noche, de la amargura del lunes y del terror que te produce viajar con una desconocida sin saber sus intenciones. Ese es justamente el problema: que no conoces sus pretensiones. ¿Será, te preguntas con el alma en vilo, que quiere llevarme a un potrero oscuro donde una cáfila de violadores me esperan para saciar sus inclinaciones eróticas? ¿Cuánto le pagarán por llevar a huevones como yo? Continúas meditando mientras el automóvil se interna en la manigua de busetas, vendedores ambulantes y hombres que escupen fuego. ¿Quizás lo que quiere es propinarme un tiro en la nuca, destazarme, meterme en bolsas de Carulla y repartir mis pedazos en todos los pastizales baldíos de la ciudad?, piensas en tanto ves a un niño escupir fuego a escasos centímetros de ti. En ese caso por lo menos no seré objeto de vejaciones, concluyes con una sonrisa temblorosa. ¿En qué carajos piensas?, pregunta Magdalena con una frialdad que te eriza los vellos de los brazos. En la salud dental del niño que escupe fuego, contestas lo primero que se te atravesó por la cabeza. Magdalena suelta una carcajada que retumba en el agujero que crece en la boca del estómago. El recital de cornetas, pitos y gritos interrumpe la euforia de la Doctora Cendal. Magdalena te mira a los ojos cuando cruzan la intersección de la Avenida Suba con Avenida Cien. ¿A dónde vamos?, preguntas con indiferencia postiza. A mi casa, responde la doctora Cendal. ¿Dónde queda tu casa?, preguntas con el corazón galuchando en tu pecho. En la calle 106, arriba de la novena. ¿Cerca del Batallón Rincón Quiñones?, preguntas con la consonantes vibrando en tu lengua. A una cuadra, responde secamente. En ese caso, ¿Por qué vamos por la Avenida Suba? Te mira a los ojos y desenfunda una sonrisa perversa que te rasguña los entresijos. ¿Por qué tantas preguntas profesor?, pregunta en tono irónico. ¿No pensarás que te voy a hacer algo malo?, sigue sin dejarte contestar. No, para nada, dices con la voz viscosa. Desamarra otra risotada sonora. La ves mofarse de tu respuesta, de ti, del temor absurdo que te tiene al borde de un infarto. ¡Soy un verdadero imbécil!, te dices con la mirada perdida en el andén descascarillado. En la calle 106 gira a la derecha. La ruta es, por lo menos, congruente con el lugar donde dice vivir, piensas mientras ves el semáforo cambiar a rojo. Emergen de las tiniebla un grupo de mendigos que arrastran piernas sanguinolentas o brazos segados por la hoz del destino. El recuerdo del ciote que viste horas atrás llega a los pliegues de tu memoria. Platycichla flavipes, dices en voz baja. ¿Dijiste algo?, pregunta Magdalena con la voz sepultada en la penumbra. Sólo somos gusarapos reptando en el légamo oscuro y denso de nuestros temores, piensas en voz alta. La Doctora Cendal tantea la oscuridad en busca de tu mirada. Tus ojos siguen hundidos en la pata inerte del Ciote. La luz verde sustrae a Magdalena de la contemplación. El automóvil ruge opacamente al tiempo que gira a la derecha por la carrera 53. Al fondo se ve un semáforo encendiendo perezosamente la luz amarilla. El motor gruñe cuando Magdalena pisa el acelerador. Cruzan debajo del semáforo mientras la luz verde ilumina el piso húmedo. La Avenida Cien ruge como un animal enjaulado. Contemplas los buses gimiendo. Oyes las llantas chillar y te vas hacia adelante con fuerza. ¡Hijueputa!, grita Magdalena con la cabeza asomándose por la ventana. La mujer del carro de adelante la reta con la mirada por el espejo retrovisor. La Doctora Cendal alarga su dedo medio al tiempo que encoje los compañeros. Tu mirada se pierde en la ristra de bombillos rojos. Después del semáforo hay un Olímpica. Ve comprando los preservativos que yo te espero parqueada en la bahía que está frente a la droguería, te dice Magdalena. La miras a los ojos. ¡Hágale profesor!, te azuza. Suspiras sonoramente. Desenganchas el cinturón al tiempo que los seguros emergen de sus orificios con un golpe seco. Abres la puerta, sales lentamente, con desgano. Compra de los que tienen turupes y los que tienen estrías; esos son los mejores, dice Magdalena cuando estás cerrando la puerta. Empiezas a caminar hacia el Olímpica. Recuerdas que años atrás, cuando eras un tierno adolescente, entraste, junto con cuatro compañeros del colegio, a ver qué podían hurtar del legendario Olímpica de la Cien. Ese día tenían el primer examen físico del ejército, lo que ocasionó que toda la hez del grado once concurriera a las puertas del que fuera el Batallón de Policía Militar Número Quince. Batallón al que meses después pertenecerías. ¡Qué pequeño es mi mundo!, te dices al tiempo que cruzas las puertas del Olímpica. Desde el postigo contemplas los estantes de licores donde extrajeron el aguardiente que encendió la jarana. Caminas hacia la droguería pero recuerdas que los preservativos esperan en los estantes que están al lado de las cajas. Te devuelvas. Miras los condones y buscas los que tienen turupes. No ves ninguno. Caminas hacia el siguiente anaquel. No hay condones pero hay un paquete de papas que te sonríe. Lo tomas, lo abres, introduces la mano y extraes media docena de papas. Caminas hacia la siguiente estantería. De nuevo hurgas entre los preservativos para ver si hay con chichones. Al fondo encuentras una caja con destellos amarillos con el sugestivo –y acaso manido- nombre de Punto G. Bajo el rotulo hay un dibujo de un preservativo que exhibe pequeños grumos. Debajo del bosquejo dice, en letras blancas, “tu seguro para el amor y la vida”. ¿Qué seguridad puede ofrecer un preservativo para el amor?, te preguntas al tiempo que caminas a la caja rápida. Pagas siete mil pesos y sales. Afuera te recibe una llovizna densa. Giras tu cabeza a la derecha y a la izquierda. No ves el carro de Magdalena. Das dos pasos lentos hacia la bahía. Entre las bolsas de basura reconoces una maleta abandonada que se parece bastante a la tuya. La curiosidad te impele a mirarla más cerca. Cuando estás a dos pasos te das cuenta que es tu morral. Lo levantas y lo sacudes con asco. Lo hueles. Miras a todos lados. No encuentras a Magdalena ni a su carro. ¡Esta es mucha perra!, dices en voz alta. Empiezas a caminar vigorosamente de un lado para otro. ¡Malparida!, gritas a la lluvia que sacude los árboles del separador. Respiras hondo y suspiras con fuerza. Te quitas la maleta de la espalda y la contemplas con compasión. Sientes el impulso de consolar el morral. Ves un papel mojándose en la malla lateral. Lo extraes. Caminas hacia la bombilla que se hunde en el aguacero. Lo desdoblas con cuidado. Ves una nota con letras que se derriten. Te acercas bien para entender el mensaje. ¡Malparida!, dices con una sonrisa ladeada. Miras de nuevo la nota para verificar el contenido. Lees en voz alta:

Vamos uno a uno.

Espero que este no sea el último encuentro.

PD: ¿De verdad pensó que se iba acostar conmigo?

Este no es, en efecto, el último encuentro, le dices al papel que se deshace en tus manos…

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10 comentarios

Archivado bajo amor, Blogonovela, flores negras, mujeres, narraciones

10 Respuestas a “Flores Negras (3)

  1. Pingback: Flores Negras (2) « Con Vocación de Espina

  2. capitana666

    xD, qué retorcida, yo, como el protagonista de la historia, también pensé que sí que se iban a acostar, pero parece que las apariencias engañan, ¿quizá en la segunda cita?, no, seguro que aún es pronto, a saber qué planes tiene para él, qué malo es no poder controlar tu destino.

  3. irissheep

    Excelente Diego!, me tuviste 3 capítulos pegada a la pantalla…me encanta el ritmo del relato, y definitivamente muy visual tu escrito, me gusta eso. Seguiré pendiente de la mente poco predecible de Magadalena. Un abrazo.

  4. Muy buen texto Diego, cualquier parecido con la realidad es pura experiencia.
    Saludos desde Don Blog Pérez.

  5. Bolaños

    Jejejeje viejo me atrapo la historia el escrito esta muy detallado, sentí lo mismo que el protagonista ¡malparida!.

  6. Diego Niño

    Controlar el destino, mi dulce Capitana, es peor que ser esclavo de él ya que la vida se transformaría en un escenario árido, sin sorpresas ni sobresaltos…

    Un abrazo desde la fría Bogotá

  7. Diego Niño

    Me alegra mucho, mi apreciada irissheep que te guste el ritmo de la narración. Cuando lo escribí imagine que no gustaría por la lentitud de las descripciones y por las sinuosidades de esta…

    Muchas gracias por la visita y por el comentario

  8. Diego Niño

    Tomaz: Todo escrito es un autorretrato del escritor y toda anécdota es susceptible de transformarse en una novela…

    Gracias por la visita y por el comentario.

  9. Diego Niño

    ¿Cierto Bolaños que da piedra que a uno le hagan eso?…

    Gracias por al visita y por la solidaridad…

  10. Pingback: Flores Negras (4) « Con Vocación de Espina

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