Hablando Solo (3)

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El rugido de los buses rasguña las tinieblas. Deben ser las cinco de la mañana, piensas al tiempo que tus dedos se hunden en la manigua de cabellos de Juana. Sientes la felicidad jugueteando en la boca del estómago. La esquiva felicidad, murmuras. En las infinitas noches del ejército barajaste todos los escenarios que harían posible el arribo de aquel sentimiento de plenitud por el que los humanos devastan montañas, tronchan vidas y envenenan ríos. ¿Por qué será, le preguntas a las sombras, que la felicidad de una persona conlleva a la desventura de otra? El regocijo de tener a Juana entre tus brazos, de haberla poseído, es necesariamente la desdicha de Manuel Cadena, el astado marido de Juana. Una erección tibia germina entre tus piernas. Llegan a tu mente las imágenes desmenuzadas del bar de boleros, del taxista ebrio y, por último, de Juana pidiéndote que te quites la ropa mientras ella entra al baño. Prendiste el televisor para recrear la efervescencia que te subía por los entresijos ; a los diez minutos de interesantes gemidos venusino salió la referida; la miraste de abajo hacía arriba, como aconseja la urbanidad de Carreño; los pies no se le veían por la esquina opuesta de la cama, las rodillas son un poco grandes, como de futbolista, pensaste en ese momento; los muslos, ¡bendición del cielo!, son perfectos, están en el centro de la excelencia: no pertenecen al rollizo pernil de las obesas ni a la magra pierna de las macilentas, remataste. En medio de las dos pilastras de tersa carne, estaba el último bastión abrigado por una diminuta tanga negra de seda, dejando vislumbrar, como una mancha en el crepúsculo, la magnificencia del futuro goce. Navegando hacia regiones más septentrionales estaban los moderados senos que opacan la simetría múltiple de las piernas, la tanga negra y la curva sinuosa que une las caderas, la cintura y el busto. ¡Nada es perfecto!, dice tu padre desde el oscuro averno del pasado. En el pináculo se hallan dos ojos lascivos y unos labios carnosos que prometen amenas felaciones. Después de diferir el inicio del cotejo por el necesario tanteo visual, Juana decide acercase a la cama con pasos cortos. Llega hasta el borde subyacente del lecho, se inclina para posar sus manos en el tálamo, levanta la rodilla izquierda para apoyarse en ella y poder subir la gemela; una vez está afianzada en las cuatro extremidades inicia el abordaje con pasos lentos de felino; te debates entre la excitación y el temor; ella, entre tanto, sigue su lento contoneo hasta que su cabeza está más arriba de tus rodillas. Hay una breve pausa; extiende su mano izquierda y toma con destreza (valga la paradoja semántica) el candente ariete; tasa su firmeza (la del mástil) con rítmicos y vigorosos movimientos ascendentes y descendentes; concluida la primera fase de verificación prosigue con la inspección oral: introduce la cabeza del objeto en los labios carnosos, dándole una chupada enérgica; te retuerces con la segunda incursión de la inquisitiva boca; en este punto del trance Juana se toma confianza iniciando el movimiento conjunto de lengua, labios y manos en magistral coordinación; te deshaces en ridículos gemidos que, en imprevisto acuerdo con los destemplados gritos que salen del reo empotrado en la pared, hacen coro. Concluye el ejercicio con una mirada inquisitiva; se lanza sobre la cama con las piernas abiertas esperando que recompenses los favores recibidos; desciendes, por tanto, al cálido meridión, donde encuentras la negra seda que separa la lengua de su gabela erótica. Tomas el panty por los hilos laterales y lo halas hacía abajo con paciencia, hasta que el guarda empieza a enrollarse; Juana levanta la pelvis para liberar al suave carcelero al tiempo que continúas con la tarea de marginarlo; desciendes por los candentes obeliscos hasta arribar a los anónimos pies. Viajas, un segundo después, en el sentido contrario hasta llegar al otrora cautivo delta; frotas tu mejilla izquierda en su arenosa superficie hasta que la tranquilidad inunda tu corazón; giras un poco y encaras el objeto anhelado; le das la bienvenida con un beso, y procedes a separar los húmedos pétalos con los dedos índice y pulgar; un olor ácido inunda el lugar, lo cual no obsta para que te lances a lamer el timorato cacho de carne que aflora entre los pliegues de la flor; Juana gime con placer al tiempo que mueve el torso en convulsos movimientos; la sacudida te incita a prolongar la faena lingüística hasta el agotamiento. Te levantas para apoyarte en el codo izquierdo y con el derecho le introduces el dedo índice, zapador por excelencia, en la ignota caverna; Juana gime con sincera exaltación…

El recuerdo se evapora con la batahola del corredor. Una mujer vocifera sin concierto. Los dicterios brotan como una catarata de su boca. El radio del celador pasa frente a la puerta desperdigando los compases de la Sonora Matancera. Se escucha al fondo la voz empañada de un hombre. Un segundo después cruzan trotando varias personas. La maraña de gritos rebota en las paredes. ¿Qué pasa?, pregunta Juana con voz encharcada. Nada princesita, dices con ternura. La palma de tu mano derecha vaga por su mejilla. Segundos después te sepultas en la suavidad de su pómulo. Los gritos se extravían en una cresta de frases deshilvanadas que derivan, al final, en sollozos afelpados. Juana sucumbe al embate del sopor. El amanecer, murmuras al tiempo que un destello ajado de luz penetra por la abertura de la cortina. Aquella noche en la oficina de Eduardo supiste que no hallarías sosiego hasta que la aurora te hallara en brazos de Juana. Y acá estás: conociendo el letargo causado por la consumación de un deseo. La ejecución parcial de un deseo, corriges. Un sueño, continúas reflexionando, jamás se consumirá plenamente: siempre quedarán rescoldos que brillarán en la caverna de las apetencias hasta el día en el Caronte arribe en su barca. Una buena noche, continúas con la disertación, escucharé un rumor en el fondo de la memoria; inicialmente será un bisbiseo que crecerá hasta transformarse en una insufrible letanía que pasará a cuchillo todos tus pensamientos. En ese instante te lanzarás a buscar el sabor de su piel en otras pieles y la curva de su cintura en otras cinturas. Ensayarás amaneceres pálidos, como el que cruje detrás de la ventana, y noches etílicas como la que pereció pocas horas atrás. Pero ninguna piel poseerá el relente de almidón, ni ninguna cintura tendrá la excentricidad perfecta; los amaneceres serán más turbios o más refulgentes y a las noches les faltará el bolero que incita el recuerdo o las vocales redondas que invitan a la confesión. Una oleada de congoja anega tu corazón.

De todo aquello me quedo un vacío
como un verso de súbito olvidado

recitas de memoria al viejo Carranza. Quisieras atar el tiempo al perchero y abandonarte al goce eterno de su cuerpo; besarlo y penetrarlo hasta el hartazgo; desenmascarar la sabiduría de aquellas manos que te han conducido a un amor de húmedos callejones y de ventanas enrejadas. Porque esa es la parte que te corresponde en esta aventura: callejones donde la nostalgia se marchitará hasta ulcerarse y verjas desde las que vigilarás tu desventura. Un mordisco certero en la boca del estómago te obliga a apretar los ojos. Ese es el desenlace de los sueños alcanzados: dolores inclementes, atardeceres sangrantes y noches enhebradas en el insomnio. Pero es inevitable, continúas: nadie gobierna sus sentimientos ni dirige sus apetitos. Estos son por definición insensatos: no entienden argumentos ni razonamientos, simplemente quieren asaltar el objeto deseado. Es ineludible, por tanto, que estés recostado en una cama de motel con Juanita, como inevitable será el padecimiento que este hecho traerá a tus días. El lamento de un acordeón rasguña la luz mortecina; segundos después un gemido estrangula el brillo de su tonada. El vagido amoroso provocar un cosquilleo espeso que te impulsa a despertar a Juana. Mi vida, dices con tono azucarado. Juana abre los ojos lentamente, como si le doliera abrirlos. Mi vida linda, murmuras tiernamente. Juana lee tus ojos; sonríe y te toma por la nuca para acercarte. Sientes su lengua clavándose en tu boca al tiempo que Beto Zabaleta canta detrás de la pared:

el que persigue placeres se choca
después de haber deshojado una rosa
con un camino de espinas

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