Esquirlas (1)

venganza1

Tus dedos transitan el margen de mis pantaloncillos y mi pene se yergue orgulloso. Mi lengua explora, entretanto, la humedad de tu boca y mis dedos asedian tu pubis con objetivos inconfesables. La cadencia de tu respiración aumenta su ritmo y la lengua, acorde con el ascenso, palpa la textura de mi boca. Tu mano irrumpe en mi pantaloncillo y toma el enhiesto pene con violencia. Mi corazón se desboca en el pecho y mis dedos, prudentes hasta ese momento, invaden tu vagina. El beso se torna en mordisco y las manos arrancan la ropa que frena la arremetida. El palpitante ariete entra en la gruta con violencia al tiempo que gimes con pasión. En el momento que la consciencia me abandona empiezo a embestir con frenesí…

Cuando camino por el apacible médano del orgasmo siento el frío hierro hundirse en el esplenio del cuello. El puñal sale para morder un segundo después el esplenio de la cabeza. La sangre, tibia y vehemente, desciende por el cuello hasta caer en las sábanas verdes. Contemplo la sonrisa de Melina. La miro con horror. La navaja sale mansamente para bajar con violencia contra el romboide mayor. Me desplomo sobre Melina al tiempo que gruñe por el peso que la comprime. Me empuja hacia arriba con las manos y gira su cuerpo hacia la izquierda. Caigo al piso. De las tinieblas emerge mi esposa con una mueca de desprecio surcándole las comisuras de los labios. Melina se incorpora velozmente y corre a los brazos de mi mujer; la abraza con fuerza mientras las lágrimas lavan sus mejillas. Mi esposa, después de unos segundos, la aparta de sí; la mira a los ojos; le quita los cabellos húmedos que están adheridos a sus mejillas y la besa apasionadamente en la boca. Le sonríe con compasión; da media vuelta y empieza a caminar hacia la puerta. Melina la mira con asombro. Juliana, le dice con voz tenue; mi mujer se queda quieta bajo el marco de la puerta; ¿a dónde vas?, pregunta Melina con la voz temblorosa. Mi esposa hunde las manos en los bolsillos del gabán. ¿A dónde vas?, vuelve a preguntar. Juliana da media vuelta al tiempo que saca las manos del gabán. Melina corre hacia Juliana pero un estallido la detiene a mitad del camino. Su cuerpo se desmorona en las tinieblas como un edificio abatido por una explosión. Juliana da media vuelta y empieza a caminar por el oscuro pasillo…

8 comentarios

Archivado bajo amor, Blogonovela, desamor, mujeres, narraciones, serie esquirlas

8 Respuestas a “Esquirlas (1)

  1. No me esperaba ese final, los celos son la peor de las armas y ya sabes lo que dicen por ahí… no te fíes de las apariencias, siempre hay que saber un poco más de las personas con las que tratas.

  2. maga

    Diego, parece una escena de Kill Bill, esta sería Kill Melina. Igual el que está echado en la cama está exhausto, no hay más que decir…

  3. Diego Niño

    Los celos en las mujeres son, mi dulce Capitana, el detonante de grandes tragedias. En Colombia hay un ejemplo interesante: a finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta vivió en los llanos orientales un guerrillero llamado Guadalupe Salcedo. La leyenda dice que podía derrotar pelotones sin la ayuda de nadie… el caso es que la tarde del 6 de junio de 1957 su novia llamó a la policía para decirles dónde se escondía. La razón: lo había visto besándose con otra mujer. El ejército fue al lugar y después de un tiroteo de ocho horas le dieron de baja.

    Un saludo desde la fría Bogotá.

  4. Diego Niño

    Maga: nunca he visto Kill Bill pero supongo que la idea del guionista de la película debía estar por los mismos senderos de la mía (o al contrario)…

    Y, como tú insinúas, el que está bajando de un orgasmo no está en capacidad de defenderse ni de pensar nada.

    Un abrazo

  5. irissheep

    Cierto, nada más peligroso que una mujer celosa y herida. Un escrito muy visual, me gusta eso. Un abrazo.

  6. Diego Niño

    No había pensado que mi escritura tiende a ser visual. Meditaré sobre el particular.

    Un abrazo desde la fría Bogotá

  7. Yo creo que el que quedo exhausto en la cama ya se estaba ilusionando…

  8. Diego Niño

    Creo que el protagonista, más que exhausto, quedo muerto…

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