Hablando solo (1)

mujer1(Fuente de la Imagen)

Caminan hacia la salida de la universidad sosteniendo una conversación amena. La llevas de gancho y sientes su mano abierta sobre tu muñeca. Siempre te ha gustado que ella te lleve así. Me lleve, te dices al tiempo que una ráfaga fría golpea tu híspida barba. Ni la llevo ni me lleva, piensas mientras Juana observa una pancarta que pende en la entrada de la universidad. El único responsable de este encuentro es el destino: nadie más que él es capaz de enlazar todas las variantes para que nos encontráramos el miércoles en mitad de la plaza de San Francisco, continúas deliberando. Te gustaría acompañarme a ese evento, escuchas la voz de Juana entre las tinieblas de la reflexión. ¿Cómo dices?, preguntas con la voz enlagunada. Que si me acompañarías a ese evento, dice Juana con su voz de azúcar. Levantas los ojos y te encuentras con un pendón que invita a un ciclo de conferencias sobre la responsabilidad de los padres en la crianza de los hijos. ¿Por qué no invitará al marido?, te preguntas al tiempo que un ligero rumor gorgorea en el callejón de tus sentimientos. Claro, ¿por qué no?, respondes con naturalidad. Quisieras acompañarla a ese y a todos los lugares a los que ella te invitara. Podría ir al infierno si me lo pidieras, murmuras. Un tenue rubor enciende los lóbulos de tus orejas. Más que romántico eres cursi. Siempre te has dicho al filo de la inconsciencia etílica que eres un romántico; pero la verdad, lo sabes mejor que nadie, es que eres un hombre con una enfermiza propensión a la cursilería. Afortunadamente la mayoría de las ridiculeces las guardas para ti. ¿A dónde vamos?, vuelve a interrumpir Juana. Vamos a… no sé. ¿Qué quieres hacer? Juana busca en la oscuridad tus ojos. Quisieras enterrarte en sus ojos tibios hasta el final de los tiempos. Vamos a tomar una cerveza, consigues decir después del desagradable paréntesis. El problema, anuncias con voz vacilante, es que no sé a dónde ir. En ese instante emerge de las sombras un señor con delantal blanco. Tienes la sensación que fue enviado por alguien. ¿Quieren tomar una cerveza y escuchar buena música?, inquiere con una sonrisa bondadosa. El destino lo remitió, te dices mientras contemplas el volante que te entregó. ¿A qué llama usted buena música?, preguntas con voz palpitante. Boleros, contesta sin vacilar. Giras la cabeza a la derecha en busca de Juana. La encuentras con los ojos lustrosos. ¿Entramos a ese lugar?, inquieres con la certeza que dirá que sí. Gira la cabeza en señal de aprobación. ¡Vamos!, le dices al heraldo del destino. Este cruza la calle con una rapidez prodigiosa. Frena en la puerta del establecimiento al tiempo que abre los brazos. La única mesa libre está al fondo, dice al tiempo que pone la mano derecha sobre tu hombro. Te incomoda que la mesa quede al lado de la grieta por donde prorrumpen meseros como brotes de hierba. Uno de ellos se detiene frente a la mesa. ¿Qué desean?, pregunta con las manos en la espalda. ¿Qué quieres?, trasmites la inquietud a Juana. Una cerveza, responde con una sonrisa de comercial de dentrífico. ¿Nacional o importada?, interrumpe el mesero. Nacional, responde Juana con una sonrisa rebosante de sensualidad ¿Aguila, Poker, Costeña o Club?, pregunta de nuevo el mesero. Costeña, indica con los ojos refulgentes. ¿En vaso o en botella? Continúa el mesero. ¿En vaso de vidrio o en vaso de plástico? ¿En plástico transparente o en plástico opaco? ¿En plástico opaco con estrías o en plástico sin estrías?, interrumpes. El mesero te lanza una mirada fulminante. En vaso de vidrio y para mí una cerveza águila en botella, respondes con las vocales magullando la penumbra. Extraes del bolsillo interior de la chaqueta la cajetilla ajada de Pielroja y el encendedor. Contemplas el mechero. Recuerdas que abandonaste los fósforos gracias a que quemaste accidentalmente una extensión considerable de pasto al lado del edificio 404. Sientes el impulso de contarle la historia a Juana pero te detienes ante la posibilidad que ya se la hayas narrado.

A las tres horas la conversación resbala por  engranajes lubricados por veinte cervezas (diez en cada hígado). Quisieras hablar sin detenerte pero la vejiga pide justicia dedsde las nueve de la noche. Cuando te levantas sientes la punzada en los entresijos. Uy jueputa, farfullas mientras caminas al mingitorio. Miras las ramas de eucalipto marchitándose por efecto de los orines. Apuntas el chorro contra las baldosas para no tocar los gajos ambarinos. Miras la pared del frente y te encuentras con un rosario de improperios contra el presidente de turno. Arriba de un epíteto trazado con tinta azul encuentras una caligrafía perfecta que contrasta con las letras encorvadas que han trazado alcohólicos y embravecidos estudiantes durante años. Algo en la redondez de las vocales y en la firmeza de las consonantes te impulsa a confesarle a Juana que te gusta desde la noche que la buscaste en la oficina donde trabajaba Eduardo (amigo común que se vanagloria de alcohólico consumado y mujeriego incorregible). Una espuma dulce asciende por la boca del estómago. Subes la cremallera y sales envalentonado a la mesa donde Juana espera con la mirada opacada por los efluvios etílicos….

Al filo de las dos de la mañana estás navegando en la densa fosca de la embriaguez. Juana te contempla con la mirada arenosa. Debería sentirme satisfecho con haber catado sus labios, te dices al tiempo que empinas la vigésimo primera cerveza. No hay posibilidad que esto se repita; no hay más allá; non plus ultra, concluyes. Quisieras recibir la aurora con su cabeza descansando sobre tu hombro derecho. ¿La invito a pasar la noche conmigo?, te preguntas al tiempo que los labios de Juana atenazan los tuyos. Sabes que sus labios no morderán de nuevo los tuyos y que sus ojos no te volverán a contemplar con la ternura que lo hacen ahora. Entiendes, asimismo, que en la lista de prioridades los primeros escaños los ocupan su hijo y su esposo; tú sólo eres una aventura que concluirá cuando la música se hunda en el silencio y te saquen del establecimiento; en ese instante te transformarás, para tu desgracia, en un exiguo rumor en el tropel de recuerdos. Tomas un mechón de su cabello y lo acomodas detrás de su pequeña oreja. Pasas el dorso de tus dedos por su mejilla izquierda. ¿Quieres pasar la noche conmigo?, te oyes decirle como si fuera otro el que lanza la importuna pregunta. Sí, responde Juana con sensualidad. ¿El niño con quién se queda?, interrogas con amargura. Con mi esposo… esta tarde llame para avisar que me quedo esta noche en la casa de Cristina para hacer un ensayo. La miras a los ojos. ¿Quién puede creerse esa mentira tan obvia? ¿Y si el esposo llama a la casa de Cristina? Cristina ya sabe qué debe decir, responde Juana como si hubiera oído tus pensamientos. Creo que es hora de irnos, continúa. Levantas la mano. Dos meseros acuden afanosos a la mesa. La cuenta, por favor, dices sin dejar de contemplar el sendero de pecas que custodian la nariz de Juana. Los oyes alejarse. Un minuto después ves deslizarse la cuenta sobre la mesa. Miras la factura. Te acercas a los oídos de Juana y le susurras: vámonos que nos están cobrando menos de la mitad de la cuenta. Sacas los billetes arrugados del bolsillo derecho del pantalón. Los dejas sobre la mesa y dices en tono sarcástico al mesero que trajo el recibo: quédese con el cambio. Juana, entretanto, te espera en la puerta. Te levantas al tiempo que Walter Jiménez canta:

Soy ese beso que se da
sin que se pueda comentar
soy ese nombre que jamás
fuera de aquí pronunciarás,
soy ese amor que negarás
para salvar tu dignidad
soy lo prohibido…

(Próximo Capítulo)

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5 comentarios

Archivado bajo amor, Blogonovela, hablando solo, mujeres, narraciones

5 Respuestas a “Hablando solo (1)

  1. Mix

    Muhhh !!! cuantiosa alegorìa … se siente el arrullar en tu relato , gostoso.
    Mix , saludos.

  2. Diego Niño

    Es la primera vez que afirman que arrullo con las palabras…

    Gracias por aquello de “cuantiosa alegoría”, por la visita y por el comentario.

    Un saludo desde la fría Bogotá

  3. Pingback: Hablando Solo (2) « Con Vocación de Espina

  4. marjorie

    Juana. . .

  5. Diego Niño

    sí señora; ella misma en persona…

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