Flores Negras (2)

parque1(Fuente de la imagen)

(Capítulo anterior)

Estás sentado en el parque contemplando las nubes que engullen la bóveda azul. El estallido del exhosto de una buseta desvía tu atención hacia un ciote que contempla estático el forraje. Platycichla flavipes, te dices con arrogancia. Sabes perfectamente que tu conocimiento se nutre de la memoria que ejercitas diariamente. El nombre lo viste en google y lo repetiste incansablemente hasta quedar aferrado a los pliegues de la memoria. Soy un ocioso, te dices mientras ves al ciote clavar su pico anaranjado en la tierra húmeda. Platycichla flavipes, repites para asegurar que el nombre no desaparezca en las cisuras del cerebro. Desde niño memorizas los nombres en latín para hacerle pensar a los demás que dominas la biología. Recuerdas aquella ocasión que acompañaste a tu vecina –lejano amor platónico- a la biblioteca Luis Ángel Arango y leíste, mientras ella y sus compañeras se hundían en su investigación, un libro sobre las pulgas. Repetiste hasta el agotamiento que la pulga constituye el orden Siphonaptera. El nombre científico de la pulga del perro es Ctenocephalides canis, el de la del gato Ctenocephalides felis y el de la pulga humana es Pulex irritans. El nombre científico de la pulga de la rata de los trópicos es Xenopsylla cheopis; el de la pulga de la rata europea es Ceratophyllus fasciatus. El nombre científico de la pulga que se aferra a su huésped es Echidnophaga gallinácea. Lo repites como si alguien te estuviera tomando la lección. ¡Soy un verdadero imbécil!, te recriminas al tiempo que llega a tu oído la voz temblorosa de una jovencita de veinte años. Giras la cabeza y la vez protestando, con los ojos lluviosos, a su compañero de banca. El amor es el emporio del forcejeo, recuerdas la frase que te cruzo por la cabeza en el consultorio, minutos atrás. Hubieras querido decírsela a alguien para discutir su contenido. Llegan a tu memoria los ojos de la doctora Cendal; Magdalena Cendal, te corriges. Contemplas la maleta donde aguarda el cargamento de tabletas y cápsulas que consumes con un fervor vecino a la demencia. Acaso tiene razón tu ex novia cuando te tilda de hipocondriaco. Quizás tenga motivos para hacerlo, te dices mientras la cantaleta de la jovencita adormece el viento frío. Finalmente es doctora y habrá tenido que lidiar con hipocondriacos que creen ser presa de indisposiciones causadas por el agua o por la polución. Miras la banca vecina. La jovencita llora calmadamente. Está confiada con el resultado de su estrategia lacrimosa. Las comisuras de tu labio se levantan lentamente. Miras hacia la pila que lanza agua. Yo no estaría tan seguro de la victoria, imaginas diciéndole a la muchacha que se limpia las mejillas con el empeine de la mano. El ciote sigue oteando el pastizal en busca de gusanos. Otro ejemplo de desarraigo, te dices al tiempo que los ojos de tu compañera de universidad llegan a la floresta de tu memoria. Recuerdas la tarde en la que ella te contó que estos animales fueron empujados hacia la ciudad gracias a la construcción de edificios de apartamentos en las montañas que escoltan la ciudad. La modernidad que profana, roba, devora, arrasa y por la que nos arrastramos como gusanos por la estéril tierra, piensas al tiempo que el alma se te ablanda al ver la pata izquierda colgándole, inerte, al pájaro. Reptamos por la modernidad, las ideologías y por el amor como gusarapos malolientes, piensas en tanto el ave intenta volar a las torcidas ramas que están sobre tu silla. El mismo amor que te tiene sentado en la banca de un parque esperando que avancen las cinco horas que te separan de la hora convenida. Esto no es amor, es impulso sexual, te dices con la seguridad propia de los idiotas que creen que siempre tienen la razón. Sabes perfectamente que la doctora Cendal no pertenece al amplio grupo de mujeres apetecibles. Deseable la adolescente que enreda los sentimientos de su compañero o la señorita de jean ajustado y escote profundo que conversa incansablemente por celular. Ellas golpean primero las fibras de la carne y luego, si las circunstancias dan para ello, las puertas del corazón. Magdalena con su mirada provocadora y su arrogancia calculada al milímetro, incita más a la charla y al cotejo de opiniones que a la carnalidad. Las mujeres que te cautivan conversando han ganado, por otra parte, buena parte del terreno y casi siempre han terminado en las estrías de tu corazón. Sientes un cosquilleo en la boca del estómago. Estiras los labios para desmentir la conclusión. El jovencito empieza a llorar para asombro de su compañera. Ella lo contempla al tiempo que él oculta su llanto en los antebrazos que esperan sobre la maleta que está, a su vez, sobe las piernas. ¡Master!, le dices mentalmente. Las nubes han sembrado tinieblas en la voluntad de los habitantes de la ciudad del destierro. Las personas transitan el camino de ladrillos con la mirada hundida en el piso. La adolescente se enreda en su telaraña de embustes para contener la ira de su compañero. El joven, en un giro inesperado, se levanta y se aleja dejándola con la frase en puntos suspensivos. ¡Maestro!, le dices al hombre en ciernes que se aleja con pasos vigorosos. Las gotas de agua golpean las hojas haciéndolas vibrar. ¿Para dónde me voy?, piensas al tiempo que ves a las personas correr ridículamente con hojas de periódico sobre la cabeza. Por el mismo sendero por el que se fue el joven viene una mujer con una bufanda café oscura, una chaqueta del mismo color, guantes vino tinto, pantalón marrón y una sombrilla beige. El corazón reemplaza el manso trote por la carrera desbocada. A pesar que el velo de lluvia no te permite ver su cara sabes que es ella. ¡Imposible!, te dices. La mujer detiene su marcha al verte. No te cabe duda, es ella. Te levantas de la silla. Ella empieza a caminar. La esperas con el corazón a todo galope. ¿Pensabas esperarme toda la tarde bajo la lluvia?, dice secamente. Eso pensaba hacer, en efecto, dices con el agua resbalando por la mejilla. Pensaba dejarte metido; dice fríamente; pero, ¡ya ves!, me tropecé contigo. Te sube por la boca del estómago una espuma densa. ¡Cabrona!, piensas en voz alta. ¡Huevón!, responde. Das media vuelta y empiezas a caminar. Diego; espera. Te detienes contra tu voluntad. Oyes el taconeo acercarse pausadamente. No te pongas bravo, te dice, susurrante, al oído. Un escalofrío nace en el talón del pie derecho y te sube por la pierna templándote como un arco. Ven, acompáñame al taller a recoger el carro y luego te invito a comer algo, dice con voz insinuante. Quieres empezar a caminar y dejarla abandonada bajo la lluvia a la usanza de las películas norteamericanas, pero tus pies no responden. Todos los músculos están atados a una fuerza ajena a tu voluntad. No te hagas de rogar, mira que después te arrepientes. No necesitas girar para ver su mirada rebosante de lujuria. Está bien, vamos, dices sin tu consentimiento. Vamos pues, dice Magdalena. Empiezan a caminar bajo el aguacero que ensombrece la tarde y tu coraje. ¿Llevas preservativos o tenemos que comprarlos en el camino?, pregunta intempestivamente la doctora Cendal. La miras con asombro a los ojos. No puedes creer que una mujer sea tan… descarada. Esa es la palabra. Decirte, además, que te iba a dejar plantado y luego salirte con que quiere acostarse contigo; que no es por nada, pero acaba de conocerte y no eres más que un extraño más en el enjambre de hombres anónimos. Acostarse con un completo desconocido, eso es lo que hará en unas horas, es una verdadera perra, te dices con el aliento entrecortado. ¿Será que no le ensañaron en la universidad nada sobre enfermedades de transmisión sexual? ¿Será que en la casa no le enseñaron a comportarse? Además ese cambio de ánimo es una evidencia fehaciente que está loca de remate. No entiendo porque le hago caso… ¡¿Qué?!, pregunta Magdalena con los ojos abiertos. Nada, dices con la voz pastosa; que hay que comprarlos por el camino, rematas con voz neutra. Al amparo de un árbol ves a la adolescente entregada al llanto. Llega el recuerdo del causante. ¡Hasta los niños tienen más carácter que yo!, concluyes…

(Siguiente Capítulo)

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10 comentarios

Archivado bajo amor, Blogonovela, flores negras, mujeres, narraciones

10 Respuestas a “Flores Negras (2)

  1. maga

    …Nunca sabes con quien te topas ern los caminos de la vida, eso es seguro…Niño

  2. Diego Niño

    El humano es insondable mi querida Maga…

    Un abrazo

  3. Excelente, Diego, vaya sorpresa me llevé con este texto…. Saludos.

  4. Me ha gustado cómo sigue la historia, espero que haya tercera parte y no lo termines aquí, se te da bien esto de crear suspense.

    A muchos hombres les da miedo cuando una mujer toma la iniciativa, aunque también los hay a los que les da morbo, pero eso sí, como no suele ser lo que se ve la mayoría piensan lo mismo que el protagonista.

  5. Diego Niño

    Tomaz: me alegra tenerte de nuevo por estos parajes y que te haya gustado el escrito…

    Saludos desde Bogotá

  6. Diego Niño

    Tendrás, mi dulce Capitana, más capítulos de flores negras, te lo prometo

    Los hombres, en efecto, padecen una suerte de maraña emocional y mental cuando una mujer toma la iniciativa… esperemos cómo continúa la historia

    Un abrazo fuerte desde la fría Bogotá

  7. Pingback: Flores Negras (1) « Con Vocación de Espina

  8. Pingback: Flores Negras (3) « Con Vocación de Espina

  9. alicia

    Hola Diego.
    Tu, como siempre sorprendiendo y maravillando. Me encanta este nuevo encuentro con parte de tu mundo, ahora desde estos fabulosos relatos. Un abrazo.

  10. Diego Niño

    Me alegra saber que ni el trote del tiempo ni la corrosiva ausencia han impedido que continúe asombrándote. Espero que sigas visitando el blog que forjaste con tus comentarios y tus correos…

    Un abrazo desde la fría Tunja.

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