Flores Negras (4)

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Miras cada diez minutos el buzón del correo con la esperanza de encontrar la misiva de Alexa, la niña que desvalijó el andamio donde se apoya tu prudencia. Suspiras al recordar sus ojos verdes y la negligencia que les hace juego. Si por lo menos fuera mayor de edad, piensas en tanto escribes la línea anterior. Ves las palabras emerger del fondo blanco y suspiras como si la vida se evaporara en cada letra. Giras la cabeza para contemplar la hoja en la que anotaste la fecha y la hora en la que verás a la doctora Cendal. Magdalena Cendal, te corriges en voz alta. Su llamada te sorprendió a pesar que sabes que los doctores tienen acceso a la información de sus pacientes. Te invitó con indiferencia clínica a una conferencia que dictaría ella en la IPS sobre Epilepsia Focal (así, con todo y mayúsculas). Fue tan neutra que no tuviste el menor reparo en aceptar la invitación. Anotaste la fecha y la hora y colgaste agradeciendo la cortesía. Divisas por la ventana las tinieblas marchitando el día. Mi primer día de clase, le dices al computador que continúa engendrando palabras. El recuerdo de Magdalena te llega nítido, casi tangible. La ves con su mirada provocadora y sus palabras retadoras. Evocas su mano tomando el timón y la seguridad con la que hablaba aquella tarde sombría que te abandonó en el Olímpica de la Cien. Todas las tardes son sombrías, concluyes. Nunca en tus veintinueve años has visto un atardecer que ilumine la mirada y que resucite la extraviada voluntad. Los atardeceres te traen, por el contrario, esa respiración arenosa que presagia catástrofes y que incita a narrar azarosas historias de amor con finales amargos. Finales amargos, repites en voz alta mientras repasas lo escrito. Toda historia de amor tiene un final amargo, sentencias de nuevo. Este es el día de los axiomas, piensas mientras bebes el remanente del agua de boldo. Peumus Boldus, murmullas mientras las primeras gotas de lluvia golpean la Lucerna. Hace unos días tuviste el impulso de citar en latín a San Agustín para descrestar a la rubia hiperbólica que se sienta en la primera fila del salón. ¡Victoria Cendal!, le dices al computador que sigue poblando la pantalla de palabras. Ceeeennnnnndddddaaaaaaaaaaaaaaalllllllllllllllllllllll, repites lentamente el apellido de Victoria. Te gusta el ascenso de la “a” por la pradera de la “d” y la explosión mansa de esta contra la ele. Ceeeeeeeeeeeeeennnnnnnnnnnnnnnnnnnndddddddddddddddddaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaalllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllll. Lo haces más despacio para sentir el rebote de la “e” contra la ene. Quisieras repetir el ejercicio con la palabra Magdalena pero sientes que la nostalgia te invade. Picas nuevamente en la pestaña del correo para ver si Alexa te escribió. Nada. Contemplas el agua resbalar por la ventana del cuarto. Te acercas al cristal para examinar el camino que sigue una gota de agua que resalta por sus dimensiones. La vez bajar campante al tiempo que engulle las goticas que encuentra en su camino. Al lado de esta resbala una minúscula gota parda. No le inquieta, al parecer, el embate de su vecina pues se desliza pausadamente, como si estuviera contemplando las microscópicas colinas de tierra que se han apropiado del vidrio. Te alejas y escribes lo que acabas de ver. Sabes que el peor oficio del mundo es anotar lo primero que te venga a la cabeza para invadir el tiempo de las personas que están al otro lado de la pantalla. Miras el reloj del computador. Las 18:00. Picas en la pestaña del correo y no encuentras nada en el buzón. Es una tontería esperar que Alexa responda un mensaje que les enviaste a todos los estudiantes, meditas al tiempo que repasas el mail. Lo que debo hacer es escribirle algo que la incite a responderme. El corazón empieza a rebotarte en el pecho y las manos empiezan a empaparse. Es una menor de edad, te dices para justificar tu cobardía. Nadie me asegura que es menor de edad, te dices en un inesperado giro; del hecho que se graduara el año pasado no se infiere que su edad sea menor a dieciocho años. El recuerdo de la última vez que la viste aletea en tu memoria. La ves atornillada al pavimento con una mirada que anuncia un abrazo ardoroso; aún sientes la punzada de los segundos que te quedaste esperando que viniera a rodearte con sus brazos largos. Los siguientes segundos son nebulosos: brazos que te envolvían, sonrisas abiertas, felicitaciones y agradecimientos ruborosos… contemplas los puntos suspensivos que acabas de abandonar sobre en la pantalla; sientes el impulso de borrarlos y reemplazarlos con descripciones interminables, sentimientos inconfesables y sentencias descrestantes. Sabes, sin embargo, que los puntos puestos en fila india hablan justamente de la incapacidad de resumir la realidad con las palabras que magullas con tus dedos y con tu lengua. Miras la palabra lengua porque te parece estriada, húmeda para el contexto. Revisas de nuevo el correo y no hallas su nombre en el casillero. Cuando te decides a escribirle el celular te interrumpe. Tomas el aparato y miras la pantalla iluminar el nombre de tu novia. Mi novia, te dices. El teléfono repiquetea entre tu mano. No te decides a oprimir el botoncito verde que te conectará con tu compañera. Lanzas el teléfono sobre la cama en tanto piensas en Magdalena Cendal y su egocentrismo. Suspiras. Increíble que un corazón tan pequeño pueda contener tres amores, te dices; ahora que lo pienso García Márquez tenía toda la razón cuando dijo que el corazón es como un hotel lleno de cuartos. Examinas la hoja que espera al lado derecho del computador. En una semana Doctora Cendal, le dices a la hoja como si esta pudiera escucharte. El computador pone tus palabras a tamaño doce y espacio sencillo. Respiras hondo y empiezas a escribir el correo que pretende atraer a Alexa al imperio de tus caricias…

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4 comentarios

Archivado bajo amor, Blogonovela, flores negras, mujeres, narraciones

4 Respuestas a “Flores Negras (4)

  1. Pingback: Flores Negras (3) « Con Vocación de Espina

  2. Siempre hay que poner un cebo, por así decirlo, la gente ha olvidado como se escribe con doble sentido, por lo que el resto han olvidado cómo se leen esos mismos textos, una lástima…

    Mentes confusas que buscan el consuelo en los brazos de mujeres engañadas… luego dicen que las malas somos nosotras, xD, aquí todo el mundo tiene su parte oscura.

  3. Diego Niño

    Paradójicamente el consuelo se paga con monedas de zozobra. Por ello, mi dulce Capitana, encontramos a desconsolados buscando sosiego en relaciones tormentosas y desesperanzados demandando luz en las tinieblas…

    Un abrazo desde la fría Bogotá

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