Flores negras (7)

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Estás amarrado del cuello y la espalda a la tubería que escolta la tina donde te desangras lentamente. La doctora Cendal te visita cada tres horas para inyectarte 800 mg de Fenitoína Sódica y 500 mg de Enoxaparina. La primera para que no entres en Estatus Convulsivo y mueras antes que el dolor haya roído cada una de las fibras que soportan tu vida; la segunda dosis la suministra para que las heridas que te hace con el escalpelo en muñecas y piernas se cierren con menor rapidez. Magdalena llega silbando bajito. Deposita el bolso en el lavamanos. Abre la cremallera lentamente; saca la jeringa, la Fenitoína Sódica, la Enoxaparina, el escalpelo, la gasa y el agua oxigenada. Camina hacia la tina. Te mira a los ojos con compasión y luego descarga una cachetada sólida. Perro malparido, te grita con ira. Limpia, a continuación, el cuello, con el algodón empapado en agua oxigenada. Introduce la jeringa con la dosis de Fenitoína Sódica. Limpia de nuevo y repite la acción con la Enoxaparina. Levanta, a continuación, el tapón que impide que el agua escape por el sifón. Después que esta se escapa por las cañerías abre las heridas purulentas con el escalpelo. Al término de la operación pone el tapón y abre la llave para que la tina se llene de nuevo. Al comienzo oponías resistencia: te sacudías, pataleabas, la escupías, le gritabas improperios con toda la energía que tu cuerpo permitía. Después de la pataleta ella te golpeaba con el bate que está recostado contra la pared; luego te inyectaba600 mg de alprazolam, esperaba que se apagara el ardor para poder iniciar la labor quirúrgica. Después introduce todo en la cartera y sale para retornar tres horas después. Empiezas, para tu sorpresa, a acostumbrarte al dolor que nace en las muñecas y que derrite tu voluntad como si esta fuera de mantequilla. Ves pasar aquella vida que Dios escribió, con pequeña y encorvada letra, en los torcidos renglones de tu destino. Contemplas los ojos que inauguraron el sendero del amor –el mismo camino que te condujo a la tina donde la vida se escapa lentamente-. Llegan a las cisuras de la memoria el viento que sacudía las acacias de la calle 85 y los besos que abrieron los voluminosos postigos de la pasión. La noche que la conociste, evocas en medio de la agonía, se encontraron frente a un hidrante rojo y bebieron cerveza hasta decidirte a confesarle tus sentimientos. Se besaron torpemente y luego te laqnzastte a sondear las consecuencias de tus actos. Dedique cada uno de los segundos de mi vida a buscar, concluyes al tiempo que ves la sangre teñir el agua. Con la niña de los ojos que enamoran buscaste la felicidad. La hallaste, es cierto, pero solo por tres semanas. Con ella mediste, asimismo, la lealtad de tus amigos y el amor de tu hermana. Mi voz empieza a ser cada vez más borrosa en tu cabeza. Los recuerdos caen como pétalos amarillos en el fango. Escuchas el canto metálico de la trompeta que te despertó durante once meses en el ejército. Con ella viene el estallido del G3-A3 que cargaste como una cruz durante el mismo año. Los labios de la muerte te sonríen desde el fondo del agua que se enturbia con el paso de los segundos. Las manos tibias de Alexa rozan tus testículos desde la oquedad de las reminiscencias. Alexa, dices con voz arenosa. Tantos errores acumulados en los últimos días. Traicionar a tu novia es, sin lugar a dudas, la peor decisión que pudiste tomar. ¿Qué te hizo para que le pagaras de esa manera? Entrego cada uno de los minutos de estos quince meses a amarte con la entrega de una mártir. Sus palabras calentaron tus días de desasosiego y sus manos arrullaron el tedio que te arranca el alma las tardes de domingo. Tú decidiste pagar su devoción acostándote con Alexa y Magdalena. Quizás merezcas estar atado a un tubo desangrándome, te dices sin ánimo. Escuchas el trinar de canarios que alfombro tu infancia. Sientes el impulso de llorar como aquel niño asmático que ponía cara de cachorrito en los atardeceres grises. La tina se sacude imperceptiblemente. Abres los ojos y ves el agua tiñéndose de carmesí. Sobreviene el color del buzo que tu papá se ponía los domingos de mediados de los años ochentas y la certeza que lo abandonaste en el transito de los últimos años. Deseas levantarte y resarcir la ausencia con abrazos y palabras de aliento pero el cuerpo se ahoga en un sopor pedregoso. La cabeza pesa cada vez más y mi voz es tan sólo un murmullo distante que se apaga al mismo ritmo con el que la sangre abandona tus venas. Sientes el mordisco en la boca del estómago que presagia nostalgias incontrolables pero no te importa porque tienes la seguridad que cuando esta llegue estarás muerto. Una mano toca tu espalda con ternura. No necesitas abrir los ojos para saber que es la mano de tu novia. Sus dedos empiezan a descender por la espalda con la misma ternura con la que te acariciaba en las noches de zozobra. Se traslapa sobre su imagen la figura de tu mamá. La ves arqueada zurciendo camisas y remendando pantalones. El dolor conquista las fibras del corazón. La melancolía huye por las incisiones de tus muñecas. La vida se escurre con la misma lentitud con la que empezó a poblarte en la niñez. Vez el gallo negro que habitaba el patio de la casa donde el asma hincó sus colmillos sobre tus pulmones. Al tiempo que se esfuma los infinitos pastizales del patio escuchas el canto del gallo que no dejaba dormir en Tunja, hace pocas semanas. Ves, segundos después, las estrellas que custodiaban la noche en la que un hombre de cuarenta años te persiguió con un machete por las carreteras de Moniquirá. La bóveda celeste se diluye en las manchas oscuras del zorro que cuidaba la casa de la hermana de tu abuelo en el mismo pueblo. Las manos de tu tía se transforman en la mirada reflexiva de su hermano, tu abuelo, sentado en el porche de su casa. Sus ojos se derriten en una sustancia amarilla que paladeas en la boca. Guarapo, piensas al borde de la inconsciencia. Quieres levantar la cabeza para ver la muerte a los ojos. La cabeza es un fardo que tu cuello no resiste. El último remanente de vida sale por las cortaduras y yo, sostenido por el impulso de hablarte, me deshago en el ligero soplo que acaricia el agua ensangrentada…

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5 comentarios

Archivado bajo amor, Blogonovela, flores negras, mujeres, narraciones

5 Respuestas a “Flores negras (7)

  1. Pingback: Flores Negras (6) « Con Vocación de Espina

  2. En mal momento cortas el relato, ahora ya me quedo con la duda del qué pasará hasta que vuelvas a publicar… malvado, xD.

    Pues sí que iba en serio la advertencia de la doctora, quizá debería haber insistido un poco más.

    A ver si te mando un correo, últimamente no he tenido tiempo de nada, cuando llego a casa ya estoy reventada.

  3. Diego Niño

    Magdalena sabía lo que decía cuando le advirtió que la pasaría mal… avisarle que la pasaría mal es, pensándolo detenidamente, señal que no quería someterlo a esa situación.

    No te afanes, mi dulce Capitana: cuando tengas tiempo me escribes largamente.

    Un abrazo desde la fría, y no pocas veces tempestuosa, Bogotá

  4. marjorie

    Quisiera conocer el final del relato . . . o mejor el relato completo!

  5. Diego Niño

    El relato, mi niña hermosa, son las siete entregas de Flores Negras…

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