Esquirlas (2)

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La brisa tibia saluda los toldos que amanecen atiborrados de hombres vociferando improperios al tiempo que sus manotazos exagerados magullan el viento tibio. Al lado de los toldos, sentada en la playa, está una muchacha con un top rojo abrazada a sus rodillas. Camino hasta ella lentamente. El ruido de la música lucha contra el golpe manso del mar sobre la arena, al tiempo que la aurora amedrenta el último lucero del horizonte. Me paro al lado de la joven que se pierde en la contemplación de la línea blanquecina que separa el mar del alba. Hola, digo con voz queda. Su cabeza gira lentamente hacia la izquierda. Contempla mi mirada serena. Hola; ¿cómo te ha ido?, dice imperceptiblemente. Bien. Te creí muerto, dice mecánicamente. Tu amigo Julián me perdonó la vida, le respondo indiferente. Un silencio viscoso penetra la conversación. Me acomodo a su lado mientras el mar toca sus pequeños pies con ternura. Siento el impulso de abrazarla pero me contengo. ¿Por qué lo hiciste?, inquiero con voz temblorosa. Porque me pago bien, responde con un dejo de melancolía. ¿No te importó nada que me asesinaran? No pienso en esas cosas; si pensara en ellas simplemente no lo haría, dijo mirándome a los ojos. El sol que emerge perezosamente del mar aviva la embriaguez de los sobrevivientes de la jarana al tiempo que crispa los acordeones que retumban en los parlantes. ¡¿No te importó ni un poquito que Julián me incinerara?!; grite enardecido. No, respondió secamente. ¡Eres una perra!, le increpo con violencia. ¡Y tú un huevón!, responde inmediatamente. ¡¿Un huevón?!, inquiero con el ánimo hundiéndose en la ciénaga de sus ojos cafés. ¡Sí; un huevón!; sólo a ti se te ocurre creer en el amor a los veintinueve años de edad; ¡imbécil! La respiración empieza a rasguñar la boca del estómago. Veo el agua filtrarse por las ranuras de la arena. Libera las rodillas al tiempo que me mira contemplar el eterno embate del mar sobre la ribera. Me alegra que no te haya asesinado Julián, dice con la misma voz azucarada de aquel atardecer hundido en el fango del tiempo. Mi voluntad empieza a caminar sobre terrenos cenagosos. No creas que era fácil mirarte a los ojos sabiendo que te tenía que entregar a ese descerebrado; dice con la mirada hincada en mis ojos. Lloré un pocotón cuando esos gorilas te sacaron arrastrando del apartamento. Entiéndeme, dice después de una pausa; ¡si no le hacía caso a la que sacaban arrastrando del apartamento era a mí! La gente de Julián estuvo buscándome por meses para matarme pero no me encontró. ¡Entiéndeme, por favor!, dijo con la voz granulada. La miro con ternura. Con el índice de la mano derecha le quito el cabello que quedó preso en la comisura del labio. No te he podido olvidar, dice con la voz esponjosa. Sólo quería saber eso, digo después de contemplar la piel del mar. Me levanto lentamente; doy media vuelta y empiezo a caminar por la playa. Ella me mira caminar con los ojos temblorosos.

Dieeeeggggggooooooo, grita en un ataque repentino. Me detengo. Giro sobre mis talones. La veo correr hacia mí. Cuando está a cincuenta centímetros se abalanza sobre mí. No puedo contener el embate y caigo sobre la arena con ella aferrada a mi cuello. En el piso, con el rumor del mar despidiendo el estrépito de los últimos borrachos, siento la mansedumbre de sus labios oprimiendo los míos. Se separa para mirarme a los ojos. Eres un bacán, dice con los ojos brillantes. La miro con tristeza. ¿Por qué tienes esa cara?, inquiere con el ceño fruncido. Porque ahora sé qué sentiste cuando me entregaste, digo al tiempo que escucho el golpe seco del bate golpeándole la cabeza…

2 comentarios

Archivado bajo A más de mil kilómetros de ti, amor, desamor, mujeres, narraciones, serie esquirlas

2 Respuestas a “Esquirlas (2)

  1. Qué bien, la continuación, entregar a alguien no puede doler, no me parece señal de amor, quizá se sienta tristeza, no lo sé, pero desde luego dolor no, todos somos dueños de nuestros actos sabiendo qué consecuencias para nuestra conciencia pueden llegar a tener, a partir de ahí escogemos el camino que consideramos adecuado y no deberíamos arrepentirnos de nuestra elección.

  2. Diego Niño

    Los caminos de la venganza son tanto o más impenetrables que los caminos del azar (o de Dios, o del destino, o de la vida; como quieras verlos). El día que uno decide vengarse la racionalidad es el último lugar al que apelaremos para justificarnos.

    Un abrazo desde la fría Bogotá

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