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Aprendizaje

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                                                                    Dedicado a Felipe Carmona

Aprender, gracias a la enorme porción de conocimiento que está fuera de nuestro alcance, es una tarea tanto o más agobiante que el trabajo de cambiar el color del mar a fuerza de desocupar frasquitos de tinta china sobre él. Zas, lanzamos la primera ampolla y vemos cómo se diluye la tinta hasta desaparecer en la piel del agua. Zas, otra redoma que se desocupa en segundos, y en segundos la devora el mar. Zas, zas, zas, zas. Uno tras otro, tras otro, tras otro. Y el mar del mismo color. Algunos abandonan la empresa por aburrimiento. Otros lanzan dos frascos de tinta, descubren que la actividad es estéril y se van a su casa valiéndose de la primera excusa que se cruce en su camino. Otro conjunto de personas lo hace con el único propósito de llegar a tierra a decir que lanzaron más frasquitos que cualquier que lo haya intentando anteriormente. Un reducido grupo lo hace porque no tienen otra forma de ocupar su vida. Zas, zas, zas, zas; lanzan uno tras otro, por días que se vuelven años, por años que se hacen décadas, hasta que las manos se llenan de lunares y temblores, hasta que la vida se les escapa con el último chorro de tinta que cae al mar que continúa del mismo color, pero en cuyo fondo, bajo la barca que naufraga con los cadáveres, crece una nueva especie al amparo de la sombra que ha crecido sin dar señales de agotamiento…

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Carta abierta a Gabriel García Márquez

garcia m3[a](Fuente de la Imagen)

Apreciado Gabriel.

La primera vez que leí sus escritos me pareció un hombre con una imaginación tan cercana a la demencia que, para serle franco, me produjo el mismo rechazo que experimentan los sobrios hacia los borrachos que asedian la conversación sosegada. Una tarde, sin embargo, tuve la oportunidad de sentarme en la orilla de la Ciénaga Grande que usted, en su niñez, cruzó con su abuelo. Experimenté, poco después, aquel letargo que desciende con los primeros estertores de la tarde en una de aquellas casas de tablas y patio de piedra que hormiguean en sus relatos. Escuche los susurros del mar y contemplé, cuando el ocaso abatió las certezas andinas, las lámparas de los pescadores iluminando las tinieblas como luciérnagas extraviadas. En ese momento, respetado Gabriel, entendí que sus relatos no son fruto de una imaginación vecina del delirio sino el inventario de la realidad caribeña. Esa noche examiné, para corroborar la hipótesis, el alegre y espinoso amor de las mujeres que crecen con el arrullo del mar (el mismo que usted, como buen hombre del Caribe, vigiló en su juventud con la firmeza de un militar y que describe con exactitud matemática en sus narraciones).

La carta es, por tanto, para pedir que disculpe los limitados argumentos con los que juzgué su obra y la terquedad indómita de los hombres que fuimos educados al amparo de foscas y lloviznas eternas -las mismas que, sea dicho de paso, usted padeció en Zipaquirá-.

Dejo estas palabras a la deriva del destino con la esperanza que lleguen a sus ojos o, si la suerte es menos benigna, que rocen sus oídos transformadas en tenues rumores.

Afectuosamente

Diego Niño

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