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124 días

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Recibo tu nombre en las auroras para tenerte cerca a mi boca y poder besar aquella ternura que tus ojos acunan o, quizás, para acariciar la melancolía que emerge de las ciénagas de tu amanecer. En las mañanas, después de la primera llamada, espero que el viento transforme la huella de tus palabras en una espiral de polvo y cenizas. Intento cumplir, después que la hélice se deshace en migajas de silencio, las gravosas obligaciones: la topología que rehúsa definir la continuidad de las turgencias y hondonadas por las que transita mis labios, las derivadas que trazo con las mismas yemas que guardan la memoria de tu piel y la infame labor de transitar la ciudad sin mi mano encarcelada en tus dedos. En el ocaso te llamo (o me llamas) para acordar la hora en la que tendrás una mirada de 8.2 megabytes, una sonrisa desmagnetizada y una voz polifónica. Al final, cuando las frases se deshilachan a causa del cansancio, y cuando susurran, desde las tinieblas, los compromisos que seguirán cerrando el nudo en torno a nuestro cuello, apagamos los computadores y me acuesto a esperar la alborada que, de nuevo, me recibirá sin tu ternura y sin aquella melancolía que brota de las comisuras de tu alma…

El amor crece -no obstante los días en los que tu ausencia es más concreta que mi existencia y las noches en las que anhelo que tu cuerpo encienda los tendones de mi pasión- en todos los rincones del corazón con la solidez de un trasatlántico y las certezas que se construyen en las orillas de la cotidianidad hunden, asimismo, sus raíces en las cada día más abonadas praderas del compromiso. Todos los pasos que he dado en los últimos 124 días se encaminan (como nunca lo habían hecho) hacia el insondable futuro, así como mis pensamientos buscan las rutas por las que transitarán nuestros destinos…

Por ello agradezco al cielo por ponerte en mi camino y por darme la licencia de ser feliz a lo largo de los últimos meses…

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