Instantánea (3)

yo1

A mí; en mi cumpleaños número 30

En el encuadre hay un niño con una sonrisa que navega en las espirales de la incertidumbre. Su cabeza está coronada por una nube de cabellos ensortijados que le hace beneficiario del apodo que, a falta de nombre, lo identifica. Frente a él está el pastel que anuncia, con una ostentosa vela azul, la razón de la foto (que por aquellos días sólo se tomaban en eventos de alto vuelo): la conmemoración de su segundo año en las tinieblas del orbe. Las botellas sugieren, por último, que la festividad estará amenizada, horas después, por las extravagancias que el alcohol trae bajo sus efluvios alados.

Los recuerdos de aquella instantánea no me llegan por conducto de la memoria sino por las cañerías de experiencias posteriores al 6 de noviembre de 1981 (fecha en la que, con toda certeza, se hizo el retrato). Sé, por tanto, que la imagen se capturó con aquellas cámaras a las que le adosaban un dado de flashes que perecía en el cuarto destello así como tengo la convicción, gracias a que reconozco los vasos y las sillas que le pertenecieron a mi tía por bastantes años, que la casa en la que se ofició la reunión es la de ella…

Hoy desperté, como me ha sucedido a lo largo de la semana, con la nostalgia alborotada. Busqué, para reconciliar la melancolía con la realidad, la única fotografía que me han tomado en un cumpleaños. La miré con atención para redimir el pasado. La botella de Whiskey trae a las cisuras de la reminiscencia el cumpleaños al que concurrieron seis amigos del colegio, Rodrigo -mi entrañable primo- y yo. Era la noche del 6 de noviembre de 1999. Todos, por algún sortilegio, teníamos el deseo de beber hasta perder la razón. Después de comprar dieciséis botellas de aguardiente y veinte cajetillas de cigarrillos nos encerramos en la casa de Patiño a naufragar en los excesos etílicos. Al filo del amanecer permanecíamos, Patiño y yo, aferrados a la botella de Whiskey que Nabyl me había regalado. Es inevitable arribar a los treinta sin que la muerte haya cegado la vida de algún ser querido, pienso mientras mi memoria contempla la mirada vidriosa que lucía Nabyl aquella noche. Como ineludible es haber traicionado, concluyo al tiempo que giro la fotografía 180 grados para quedar con una barba frondosa y la frente hendida por una cicatriz cavernosa (desde pequeño tengo la costumbre de invertir los retratos para ver si se ve otra cara, como sucedía con un dibujo que vi en el Almanaque Bristol de mi abuelo). Las flores me recuerdan los claveles que le regalé a Liliana días después que asesinaron al profesor Jesús Bejarano en el edificio de postgrados de Economía. Desmonté un clavel de cada uno de los barrotes que aíslan la universidad. Los observé con curiosidad y luego, en un giro incomprensible a las inclinaciones de aquellos días, los puse en sus manos. Ella, más sorprendida que enternecida, bajo la mirada y -después que se repuso de la sorpresa- caminó a mi lado esquivando, con frases deshilvanadas, el pastoso silencio que creció entre nosotros (quizás esa fue la única tentativa de galanteo hacia ella y hacia cualquier compañera de la universidad). El amor y su insobornable hábito de desviar destinos e intrincar sueños, pienso al tiempo que mis ojos retornan a la fotografía. Gracias a este sentimiento he atravesado el país varias veces, me enfrente a un hombre con un chuchillo (eso es, por lo menos, lo que me cuentan que hice en una noche etílica de finales del 93), traicioné la confianza de un amigo, escribí cientos de páginas de poesía, me hundí en el alcohol, dejé de hablarle a mi mamá por más de un mes…

Miro con detenimiento el semblante sobre el que se fijaron los trazos que sombrean mis rasgos actuales. Marjorie dijo, a propósito de este hecho, que quiere ver las fotos de mi niñez para entrever la fisonomía de nuestro hijo. Debe ser extraño ver repetidos los errores que se piensan superados; y, más insólito aún,  es  intentar enmendarlos, de nuevo, como si fuese uno el que vuelve a incurrir en ellos, delibero con la mirada perdida en los pliegues de la cortina. Espero que la genética sea lo suficientemente benévola para no imprimirte la terquedad de tu mamá ni la inclinación a la melancolía de tu papá, le digo al niño que, gracias al amor, existe en potencia. El amor y su insobornable hábito de desviar destinos e intrincar sueños, repito en voz alta. Imagino, gracias a los torcidos caminos de la especulación, a mi mamá en la terminal de transportes de Tunja esperando, al borde del infarto, el bus que la llevara a Moniquirá, donde la espera una tía. La veo,  con la noche rasguñando la ventana de la flota, maldiciendo el hecho que no haya llegado el vehículo que la llevaría donde la tía y que se haya visto obligada, a causa de este incidente, a pasar navidad en un pueblo desconocido incluso para las cartografías más escrupulosas. Lo paradójico es que es justo en esta población donde conoce a mi papá, lo que significa –reevaluado con los ojos del presente- que en el momento de la presentación emerjo de la nada para existir potencialmente (es hermoso, visto así, el oficio de generar universos de la extensión y profundidad del humano a partir de la nulidad). Años después -el 6 de noviembre de 1979- pasé, gracias a lo que sobrevino a esa inocente cortesía, de la existencia en potencia a la vida concreta. Es bien poco, en verdad, lo que se necesita para engendrar un universo: una mirada resuelta, un perfume acariciante, la correcta pronunciación de una palabra esdrújula en el sopor de la tarde; así como es mínimo el esfuerzo para borrarlo, digo con la voz oprimida por el peso de la muerte. Treinta años midiendo con la nostalgia la única fotografía que me he tomado en un cumpleaños, repito mientras los segundos huyen por el vano de la ventana…

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2 comentarios

Archivado bajo amor, desplome de los años, instantáneas, personal

2 Respuestas a “Instantánea (3)

  1. Qué bonito es recordar, hacer un recuento de todo lo que hemos hecho, de lo que fuimos desde que eramos unos chiquilines y en lo que nos hemos convertido, todo lo que hemos reído y llorado hasta llegar a lo que somos hoy en día. Estos días también he estado nostálgica y media 🙂

    Esperemos que tu hijo tenga esa vena poética, ese verbo, esa sensibilidad para escribir como la tienes tú,

    ¡Feliz Cumpleaños! Saludos!

  2. Diego Niño

    Gracias por las elogiosas palabras y por los buenos deseos!!!…

    El niño aún no existe (o, para ser más exacto, sólo vive en potencia). Cuando nazca estará rodeado, contrario a lo que me pasó, de libros y poemas que le encaminen, si no a la escritura, por lo menos hacia el amor…

    Un afectuoso abrazo desde la fría, y no pocas veces, lluviosa Bogotá

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