92 días

compromiso1(Fuente de la Imagen)

Todos los hombres, sin excepción, transitamos la vida con la sensación – incuestionable o discutible, no importa- que existe una mujer que está destinada a oír las confesiones que sobrellevamos, con inquebrantable silencio, durante buena parte de la vida y para acompañarnos en el pedregoso camino de la vejez. No son pocas las veces que creemos encontrarla en la mirada compasiva de la compañera de trabajo -o de estudio-, en la caricia fácil de la jovencita hallada en un recodo de la noche o, acaso, en la novia que arrulla nuestras desgracias con palabras de consuelo. No son escasas, por tanto, las ocasiones que este yerro perceptivo nos arrastra a circunstancias azarosas de las que salimos por la gracia de otra mujer o por la inocente fusión de casualidades (si acaso estas existen); frecuente, asimismo, encontrarnos errando por ciudadelas de besos, caricias y camas hasta que arriban a la lustrosa mirada que anuncia el final del desastrado periplo.

Yo, en la doble calidad de hombre y vagabundo, he deambulado por las circunvalaciones de algunos besos (pocos, para ser franco), caricias (exiguas para los tiempos que corren) y lechos (irrisorios para mi edad), en busca de aquella mujer que le diría -robándole las palabras a Sabines-

Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mí mismo.

Aquella peregrinación, como venía diciendo, me condujo a la ardiente Barranquilla y, por esa misma vía, a la radiante sonrisa que anunció el término de la travesía.

¿Cómo supe que era el final del camino?, preguntarán, con justicia, ustedes. La sabiduría de la piel y la curtida razón insinuaron, en un primer tanteo, que la carretera que otrora se perdía en el horizonte, llegaba a su fin. Los días y los hechos trajeron las pruebas que demostraron que la mujer  de acento de río crecido era la misma que ocupaba, en mi imaginación, el hueco de la silla vecina o quien emergía de mis sueños para ocupar la huérfana almohada.

Después del beso que refrendo nuestra relación hemos venido, por otra parte, clausurando las puertas por las que los caprichosos amores insinuaban su decadente cabeza. Si bien es cierto que algunos de ellos han sido, para nuestro disgusto, más obstinados que otros, tenemos la seguridad que los hemos despachado gracias al desaire certero o por el efectivo uso de la ausencia. Esto nos ha traído el sosiego sin el que ninguna relación, por sólida que sean sus bases, sobrevive. Dicha serenidad, y la certeza que ella es la mujer de mi vida, me impulsaron a prometer, la noche del domingo, que nos casaremos cuando Marjorie viva en Bogotá.

Sea, pues, este escrito el respaldo de las huidizas palabras que anunciaron la decisión, así como el humilde regalo a los inolvidables noventa y dos días de nuestro incansable amor.

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7 comentarios

Archivado bajo amor, desplome de los años, Marjorie, personal

7 Respuestas a “92 días

  1. Felicitaciones. No hay nada más hermoso que estar enamorado, amar, ser amado, y vivir para seguir amando. 🙂

    Abrazos.

  2. Diego Niño

    Muchísimas gracias Vylia!!!

    Me siento, en efecto, muy contento de amar y ser correspondido…

    Un abrazo desde la fría, y no pocas veces lluviosa, Bogotá

  3. Felicitaciones Diego, no sólo por haber encontrado esa mujer que uno tanto espera, sino por haber logrado enamorarse de ella.
    Saludos

  4. Diego Niño

    Muchísimas Gracias Tomáz…

    No había pensado que se puede dar el caso que llegue la mujer de la vida y uno, por andar en otros amores o buscando horizontes ajenos al amor, la deje ir…

    Gracias, de nuevo

    Saludos desde la Bogotá de siempre

  5. Pingback: Con-Vocacion-de-Espina-92-dias : Sysmaya

  6. marjorie

    No solo eres correspondido mi niño, espero con ansiedad el día de nuestro reencuentro, hoy me haces más falta que nunca, te extraño y te quiero con todas las fibras de mi alma. . .

  7. Diego Niño

    Te quiero, mi niña preciosa, hasta las últimas consecuencias…

    Te envío un abrazo desde la fría, y no pocas veces lluviosa, Bogotá…

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