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Trote de las horas (1)

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Dedicado a Diego Navarrete en su cumpleaños treinta y tres

Vamos en medio de la carretera que separa, o mejor, que une a Villa de Leyva con Arcabuco, es de noche, cerca de las ocho, es siete de diciembre de mil novecientos ochenta y siete, Día de la Velitas, en mayúsculas, como todas las festividades en esta nación de conmemoraciones. Las montañas se iluminan por bombillitos pequeños que en realidad son montones de helechos, de hierba seca, de leña quemándose para saludar a la Virgen que pasará levitando encima de las volutas de humo. El año anterior, recuerdo mientras avanzamos en esta oscuridad tan impenetrable, tan densa que hay que separarla con las manos, ayudaba a mi abuelo a reunir helechos, chamizos, troncos grandes y pequeños que se fueron amontonando, que fueron creciendo, avanzando en su afán de remontar las alturas de las que bajaron para transformarse en este cúmulo de materia inerte; después, cuando la tumulto superaba los dos metros, cuando la noche se hizo espesa, mi abuelo prendió un trapo viejo y lo lanzó al montón que se encendió inmediatamente con una furia descomunal, gemían los troncos en su última agonía, la llama crecía y crecía y crecía y crecía en busca del tapete de estrellas que titilaban indiferentes a nuestros destinos, a nuestras desventuras. Yo no sabía si gritar o llorar de la impresión que me causaba esa enorme bola de fuego que expelía un calor capaz de deshacernos con la misma eficiencia con la que la lupa derrite soldaditos de plástico. Entre más crecía más nos alejábamos por la impertinencia de las llamas, “así es el infierno”, afirmaba Cleotilde, la compañera de mi abuelo, la moza, como le decía mi mamá con un odio visceral, “por eso hay que leer las Sagradas Escrituras”, concluía con la mirada extraviada, con la voz perdiéndose en los meandros de la demencia que se la llevaba de año en año por caminos de herradura, por calles empedradas, a gritar incoherencias, a vociferar con la boca llena de espumarajos, con una biblia maltrecha que años después yo le robaría, hasta que los hijos la traían a Bogotá y le daban kilos de Carbamazepina (la misma que consumo pero por razones distintas) hasta hacerla regresar a los esquivos cauces de la razón. Vamos llegando al Alto de Cane, la quebrada suena al fondo, entre las tinieblas, yéndose, huyendo de la vida que vibra en las gargantas de las ranas. Por acá pasaré ocho años después en el techo del bus de Calambres con seis amigos, los del colegio, los de toda la vida, los imprescindibles, los que siempre estarán para recordar o para hablar o para vivir. Íbamos, decía, embruteciéndonos con Ron Tres Esquinas, con Peches, con el viento, con el sol, con el paisaje y con la juventud que parecía eterna y que veinticuatro años después de esta noche de luna nueva, de evocaciones, de recuerdos y premoniciones, se deshilachará en las agujas de todos los relojes que le saldrán al paso, en los amores no correspondidos, en las encrucijadas, en todo quedarán aferradas las hebras de esa juventud que nos subirá a esa bus olvidado de la mano de Dios. Luego tomamos, tomaremos, porque será ocho años después de este viaje que empieza a hacerse largo, diez galones de chicha, 37,85 litros, 37850 centímetros cúbicos de bebida espirituosa, ancestral como la tierra a la que la regresaremos entre arcadas, entre la mirada asombrada de Cleotilde y las carcajadas de Javier. El que mejor estará será Diego Navarrete, a quien va dedicado este escrito, de quien quería hablar, pero la escritura es caprichosa, resabiada como una mula: por más que uno le jale las riendas se va por esos andurriales espinosos, escabrosos, peñas por las que uno se puede ir de cara contra el mundo para levantarse sin dientes, sin un ojo, manco como aseguran que era Cervantes. Diego Navarrete, decía, estará más lúcido, pondrá orden en ese naufragio de murmuraciones, de exclamaciones que pedirán la atención de los demás, de carreras vacilantes para vomitar afuera, al lado del cerezo, bajo los andenes de la Vía Láctea. ¡Tanta lucidez en este laberinto de existencias descarriadas! Tomaremos caldo mientras los otros dormirán los excesos etílicos, redondearemos las pocas ideas que no se fueron por las cañerías de la noche. Después todo lo consumirá el olvido, la negligencia de esta cabeza que recuerda lo que quiere, lo que le viene en gana, de esta cabeza que mastica y bota, que chupa la savia de algunos instantes y bota el resto del día, con todos sus filos, con todo y los millones de palabras que entraron y salieron de ella. Entre charla y charla vamos llegando a la Tienda de Joaquín, la misma que me verá borracho cientos de veces, en la que correré para no morir asesinado por las balas de Jacinto Espitia, un veterano de alguna de esas guerras que le nacen al planeta como verrugas en su lomo, que me verá agonizar de amor por una muchacha que no me dará ni la hora, que me verá comprar una canasta de cerveza para mis amigos del colegio con plata ajena, con dinero hurtado. Es hora de bajarnos de este sonajero de ventanas y puertas desajustadas, contemplo las bombillas que empiezan a extinguirse en las montañas que sobrevivirán al holocausto nuclear al tiempo que llega a mi oído los sonidos lentos, uniformes, que conducen a Joaquín entre las breñas de su ceguera. Tomemos este sendero irregular que nos llevará a la casa en la que mi abuelo duerme su borrachera diaria, su eterna fuga de este vida que lo devorará dieciseises años después, como me devorará a mí, como los devorará a ustedes, pacientes lectores.

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Promesa

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Diego y Laura.

¡Qué agotador escribirle al matrimonio entre tanta llovizna, entre tanto compromiso, entre tanta grata sorpresa! Sobran adjetivos, los verbos resultan enojosos, las frases caen en el cliché o en el ridículo; los dedos vacilan en el teclado y los ojos se extravían en la geografía del techo en busca de las palabras que hablen de pasión a zarpazos y lágrimas y de aquella ternura de las dos de la tarde cuando alguno de ustedes (o los dos) añore el anochecer pedregoso, acaso la tarde de domingo, en el que hablaron sin freno o en el que callaron mientras veían aquella película que han querido ver nuevamente. ¿Cómo hacerlo? Enojoso, reiteramos, hablar de los compromisos, de las cargas, de los amaneceres en los que los problemas ladrarán hasta levantarlos de la cama con cara de pocos amigos, de las pequeñas y grandes discusiones que nunca faltaran

(agradable es, asimismo, discurrir sobre la decisión de hacer un espacio ajeno a las vacilaciones y a las trampas, en el que la dulzura no duela, en el que puedan amarse ingenuamente, sin aguijones, con -y a pesar- de ellos, en la tarde y la mañana, con la mano y la mirada, en la cotidianidad y en la excepción, con las palabras y con el silencio)…

Si no fuera difícil, como veníamos diciendo, les escribiríamos una carta sosegada, menos confusa, con palabras que no se atropellaran, con conceptos que no se contradijeran, redactaríamos, insistimos, una misiva que describiera esta felicidad imprudente, atolondrada quizás, nacida del afecto de los años, de la solidaridad generada por el hecho de estar recorriendo los mismos caminos y que nos incita a celebrar sus triunfos y a sentir como propias sus derrotas, a festejar su unión, a creer una vez más en el futuro esperanzador en el que sus hijos y nuestros hijos soñarán con la justicia y la igualdad, como soñaron nuestros padres, como continuamos soñando nosotros, en el que ustedes y nosotros, en el que los amigos y nosotros, disertaremos sobre los años y las ausencias, sobre la brevedad de la vida, sobre el desconcertante impulso de continuar amando… pero no lo pudimos hacer porque amanecimos con las palabras atascadas en los alambres del sueño, en los deberes por cumplir, en la palpitante promesa del porvenir y en una que otra esquirla de la nostalgia…

Les dejamos, por tanto, la promesa que escribiremos, cuando la algarabía se transforme en un exiguo rumor en el tropel de recuerdos, un texto en el que elogiaremos su compromiso, empeño y perseverancia, en el que hablaremos de la solidaridad y la paciencia, del silencio y la melancolía y todo aquello que coexiste o concibe el matrimonio…

Un abrazo afectuoso

Motoso y Marjorie

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Instantánea (2)

Photo 059

A Patiño; en su cumpleaños número 30

Seis miradas apagadas por la nostalgia. Era la primera vez, desde la despedida de Patiño en diciembre de 1999, que lográbamos congregar al conjunto de ingobernables jóvenes (en ese momento pensábamos -y quizás aún lo sigamos haciendo- que Nabyl se escondía, gracias a su estrenada condición de muerto, en el intersticio entre El Negro y Suarez). En algunos semblantes florece una madurez incipiente, en tanto que en otros la juventud sigue, por el contrario, vigente. La formación quiere imitar, sin éxito, la ceremoniosa fotografía que antecede los partidos de futbol. El único que asume el papel de futbolista es el moreno que está acurrucado. Su nombre de pila es Diego Orlando (pero siempre nos referimos a él por su primer apellido: Patiño).

[Diego es un nombre que tuvo la virtud de ser abundante entre mis contemporáneos gracias a la fama meteórica de Diego Armando Maradona a finales de los setenta. Esa fue la razón, lo recuerdo bien, por la que acepté ese nombre cuando mi padre me preguntó, a finales del año 1984, si quería llamarme Diego (hasta ese momento me llamaban –como continúan haciéndolo- Motas). Nadie recuerda, sin embargo, quién decidió que el destemplado Germán acompañara al primer nombre].

En el grupo se encuentra otro Diego: Diego Alejandro. La coincidencia del nombre hizo que profesores y coordinadores se refirieran a nosotros como Los Diegos (aseguraba Martha Mantilla, profesora de química, que no había reunión en la que no se hablara de nosotros). Quien apoya la punta del pie derecho sobre la pierna de Patiño es Miguel Antonio (entre nosotros se conoce con el mote de El Negro). A su flanco derecho está Humberto Germán (conocido, al igual que Patiño, por su primer apellido: Suarez); y al lado de él está Navarrete (Diego Alejandro) y a su costado estoy yo. Cierra filas Walther con una seriedad que, acaso, desentona con la ocasión.

Esta mañana llegaron, simultáneamente, el recuerdo de esta fotografía y la fecha del cumpleaños de Patiño. La reproducción la encontré en el CD que él dejó seis años atrás (estaba en una carpeta denominada arrivee_bogota), la segunda se guarda en el sitio donde almacenamos las fechas asociadas a nuestros afectos. Lo primero que descubrí –y que no había visto hasta ahora- es que la fecha de la fotografía es engañosa: no es el 2002 sino 2003 el año en la que fue tomada. La miro después de la corrección mental para hacer el arqueo de los cambios que el tiempo ejecutó en nosotros: mujeres que dejaron su huella tatuada en la piel, títulos universitarios, viajes, errores, aciertos. Al enumerarlos parecen pocos. Quizás porque hice, como sucede con todas las categorizaciones, una clasificación arbitraría. Pude, de hecho, haber afirmado que en seis años hicimos dos cosas: acertar y equivocarnos, en ese orden y en el inverso. Después del balance no pude evitar el impulso narcisista de ojearme largamente. Tenía más cabello y menos barba de las que tengo actualmente. Me estrenaba, por aquellos días, en la abstinencia etílica que ya cumple más de seis años de funciones. Me parece curioso que apoye, de esa forma tan ridícula, la mano sobre el hombro de Walther. Me quedo contemplándolo para saber por qué lo veo diferente. Luego de unos segundos recuerdo que a él, al Negro y a Suarez los años les arrebataron la frondosa cabellera (al Negro gracias a que trabajo en Miraflores, Guaviare; los otros por causas desconocidas). Viéndolo bien, no hemos tenido mayores cambios físicos. En ese momento empiezo a articular quienes quedaron fuera de la foto: mi hermana, Cristina y Rocío. Es inevitable enlazar a Cristina con Nabyl, y a ellos con la borrachera bíblica en la que él confeso su amor. Fue una tarde en Villa de Leyva, en la casa de mi abuelo. Cuando llegamos no había nadie: sólo los perros y seis galones de Chicha. Con chicha, perros y tejos fuimos a celebrar hasta que la oscuridad impidió jugar. Cuando se extinguió la bebida espirituosa tomamos Tres Esquinas (la botella que sobrevivió a la carretera que une el pueblo con la vereda donde se ubica el domicilio de mi abuelo). Luego vinieron las confesiones. El amor, cuando se está en la adolescencia, es vergonzoso, pienso mientras la voz algodonosa de Nabyl llega a mi memoria. Lo deshonroso, a mi edad, es admitir que se llegó a la madurez sin haberlo conocido, me digo mientras continúo explorando la instantánea. Son muchos los años que hemos compartido: a Patiño lo conozco desde febrero de 1991, a Suarez desde 1992 y a los demás desde 1993. Toda una vida, dicen los abuelos con voz nostálgica (quizás con el mismo tono con el que escribo estas líneas). Toda una vida, repito mientras examino las posiciones diseñadas para ser observadas seis años después. Sonrío, segundos después, al suponer que he descubierto una nueva facultad del tiempo: redefinir la consanguinidad. A nosotros, en el año 93, sólo nos unía la relación generada por el compañerismo; dieciséis años después nos hermana el dolor de perder un amigo (Nabyl), la alegría de compartir las victorias y la certeza que no existe dificultad, por grande que sea, que rompa el vínculo…

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