Caverna

(Fuente de la Imagen)

Dedicado a Andrea Castro; filósofa de altísimo vuelo

Avanzamos en contravía de quienes se enredaron en las horas y los kilómetros, en las ilusiones y las sombras. Conquistamos cada palmo calculando las fracturas del terreno, los oídos atentos al murmullo que antecede, al silencio que aguarda adelante, buscando en la bruma amores que pusimos de sesgo en el fogón del tiempo, amigas que ahora, vistas a la luz de la memoria, pueden cumplir funciones de amantes y cómplices, de linternas en la oscura ruta. Marchamos insensiblemente a pesar que no sabemos cuánto falta para arribar a aquella amarga región que puede ser una centella o una fantasía estéril y de quien todos hablan durante el trayecto. Transitamos con pasos vacilantes y manos extendidas hasta que falla el oído y el tacto, hasta que no hay compañera o compañero que amortigüe las penurias del viaje, hasta que las breves tinieblas se transforman en una oscuridad compacta que nos conducen por un laberinto interminable…

1 comentario

Archivado bajo amigos, amor, comentario, desplome de los años, miscelaneos, mujeres, narraciones, personal, reflexiones, saudade

Una respuesta a “Caverna

  1. Diego Niño

    Quizás valga la pena conocer la variante que escribí dos noches atrás:

    Se retrocede con firmeza pero se avanza con la misma torpeza con la que marchan los niños que se vendan los ojos para irse por las calles imitando a los ciegos. Tas, tas, tas, van golpeando las aceras fracturadas… tas, tas, tas, vamos apaleando el piso con la esperanza, vara cortada de la primera hipótesis que hallamos en el camino. Lo curioso, y a la vez triste, es que tenemos la facultad de ver: distinguimos cómo se acentúa la manchita que crece con velocidad de tragedia, el óxido que se acumula en las rejas que resguardan casas en ruinas, la mansa melancolía en los ojos del desamparado, la terca incertidumbre que opaca la sonrisa. Vemos y sin embargo avanzamos conquistando cada palmo con los pies tanteando las ondulaciones del terreno, los oídos atentos al murmullo que antecede, al silencio que aguarda adelante, quizás buscando en la bruma amores que pusimos de sesgo en el fogón del tiempo. ¡Viejos amores: dulce resplandor en el foso de añoranzas! Avanzamos, decía, en contravía de los renegados, escapando del Destino que no es el sendero sino la velocidad con la que andamos por él, escondiéndonos de nuestros fantasmas, del temor que nos obliga a abrazarnos a nuestras piernas cuando nadie nos ve. Avanzamos, mansos suicidas de la vida, hasta el momento en el que nos falla el oído y el tacto, hasta que las breves tinieblas se transforman en una oscuridad compacta que nos conducen por un laberinto del que nadie ha salido con vida…

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