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Pajazo: bosquejo de una retractación

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La primera vez que me masturbe fue… fue… ¿cuándo fue? No recuerdo. Dicen los entendidos en la materia que la masturbación destruye la memoria, la aplasta con sus miríada de corrientazos que lo trepan a los últimos peldaños de la inconsciencia. Vuelven la memoria chicuca, como dice mi mamá cuando las cosas caen y se despedazan. Aunque en este caso no cae sino que sube a niveles extraordinarios. Pero igual se destroza, se fragmenta, se arruga y quiebra por todos lados hasta ser una masa deforme que no sirve para nada. O para casi nada. Sirve, al menos, para recordar los eventos que despiertan los bajos fondos, aquellos que su sola mención hace que la sangre corra en tropel a las regiones australes con algarabía cercana a la demencia.

No sé exactamente cuándo fue, pero sé, a pesar de las lagunas generadas por efectos de la masturbación, que sucedió durante el apagón del noventa y dos. Fíjense que la masturbación desmantela algunas evocaciones y preserva otras. Recuerdo que días antes, o quizás meses, no recuerdo, Juan Manuel Santos, entonces ministro de Comercio, hoy presidente de la república, a las doce de la noche del primero de mayo de ese año, con un par de teclazos, adelantó la hora oficial en el Laboratorio del Tiempo de Icontec…

Me masturbé, venía indicando antes de perderme en detalles históricos, una tarde del noventa y dos, al amparo de las sombras que crecían como una inundación. Lo hice con una destreza asombrosa si se tiene en cuenta que lo hacía por primera vez en mi vida. Esto acaso indique que nací con el instinto masturbatorio bastante desarrollado. Posiblemente todos los humanos nacemos con él. Por eso me causa curiosidad que la iglesia la enjuicie ya que, al hacerlo, condena a quien creó dicha destreza. Es decir, la reprobación de la masturbación es, a la larga, la censura del mismísimo Dios…

Exponía antes de extraviarme en especulaciones teológicas, que fue una tarde del noventa y dos (la masturbación también causa que el cerebro sea reiterativo y se pierda en los atajos que le salen al paso). Dije, asimismo, que lo hice con una maestría instintiva. También fue instintivo el temor de ser descubierto haciendo aquello que no sabía cómo se llamaba. Meses después supe que mis compañeros le llamaban paja o pajazo, por una razón que aún desconozco. Lo cierto es que prefiero ese nombre que cualquier tecnicismo gestado en las mentes de los hombres y mujeres que no se masturban por estar ocupados investigando la manera y forma en la que se pajean sus semejantes. También prefiero ser llamado pajuelo en lugar de ser denominado onanista. De hecho, ya que hablamos del señor Onán, hijo de Judá, no fue ningún pajuelo. Su pecado, si acaso se puede denominar así, era practicar el coitus interruptus con su cuñada Tamar, viuda de su hermano Er. Eso, aunque no lo crean, fue suficiente para que Jehová le quitara la vida. Lo pueden encontrar, en caso que les cause curiosidad o que no me crean, en génesis 38: 7-10.

Esa fue la primera vez. Luego lo repetí a lo largo del apagón que finalizó el siete de febrero del noventa y tres. Concluyó no tanto porque El Niño cesara en su empeño de calentar hasta las nieves perpetuas, sino por los buenos oficios que Juan Camilo Restrepo, ministro de Minas y Energía, hiciera con el sindicato de Corelca. Juan Camilo fue ministro en ese tiempo y lo es ahora: antes de Minas, ahora de Agricultura. No es extraño, entonces, que los colombianos tengamos la sensación que nada ha cambiado en el país en los últimos veinte años. Nada excepto mis pajazos: ahora no los hago con tanta frecuencia porque tengo esposa y dejé de ser aquel niño que no tenía nada que hacer. En realidad ahora tampoco tengo oficio, pero hay electricidad, internet y redes sociales. Es justo aclarar que este cambio no es del todo ventajoso: mi esposa no acude con la rapidez de la mano porque trabaja y ni el internet ni las redes sociales funcionarían si hubiera apagón. De hecho, si retornáramos a él (que no es una idea descabellada gracias a que regresó El Niño a Colombia), volverían los viejos tiempos, y quizás con ellos retornaría a las viejas mañas. No las mañas del país, que nunca se han abandonado, sino las que tuve cuando era un niño de doce año que negaba la paja…

Ese es, para ser sincero, la razón que me condujo a escribir este texto: confesar que era un pajuelo y que, a pesar de serlo, lo negaba por vergüenza y temor. Vergüenza con mis compinches que decían que no se echaban sus pajazos y temor de ser rechazado por “pelar cable”. Muchos de mis compañeros fueron, de hecho, marginados bajo el ignominioso rótulo de pajuelos (el cual tuvo la capacidad de ubicarlos en el último piso de la escala social). Debí, como indiqué antes, liberarme de yugo y decir abiertamente que me pajeaba todas las tardes al amparo de las sombras contra las que luchaba Juan Camilo y Gaviria Trujillo, y no tener que pasar la vergüenza de confesarlo a los treinta y tres años de edad, como si fuera un adolescente calenturiento que acaba de ser descubierto en el baño…

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Traición

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Calculaste cada detalle y tuviste que esperar, para su ejecución, que los niños qusieran dormir en casa de la tía y que yo decidiera, simultáneamente, viajar. Te maquillas con las manos temblorosas; te pones aquella tanga negra que ha rodado por los moteles en los que nos amamos a escondidas de los adultos sensatos en los que nos transformaron los hijos; perfumas aquellos rincones por los que sabes que pasaran labios temblorosos, manos urgentes, acaso hielos babeantes; te vistes, por último, con una minifalda por la que emerge dos piernas atrevidas, casi obscenas. El espejo te devuelve la imagen de una mujer a quien el invierno de los años no le ha enfriado las arterias. El resultado te roba una sonrisa. Caminas lentamente hacia el cuarto donde te espera una botella de champagne, una bandeja con fresas y una cama coronada por una rosa. Te acuestas con movimientos sensuales, enciendes el televisor para buscar el canal que transmite pornografía al filo de la media noche. Acaricias las comarcas de tu piel, como si quisieras repasarlas, dejarlas grabadas en tu memoria, hasta que sientes el rugido de la sangre; aceleras el ritmo de tus dedos (quienes, veloces, buscan el vértigo de tus labios mayores); los hundes en las grietas para empezar, así, a consumar la más ingenua de las traiciones: engañarme toda la noche con mi recuerdo…

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De videos y masturbaciones

El tener sexo con el solo concurso de la mano derecha –o izquierda, según sea el caso- es, quizás, el acto más privado del ser humano. Hay muchas personas que gustan hacer el amor en lugares públicos o que les gusta caminar desnudos frente a miles de personas; pero no he conocido el primer individuo (ni quisiera conocerlo (a)) que siente deseos de masturbarse frente a sus semejantes. Ahora, la existencia del internet ha asistido a los pocos humanos que tienen este tipo de inclinaciones.

Beatiful Agony es un lugar en el que, en efecto, hay videos en los que se exhibe el continente de hombres y mujeres en el instante supremo del orgasmo auto inducido. Para entrar a este lugar existen dos condiciones: subir videos en los que se muestra solamente la cara y, maldita avaricia pagar 15 dólares por mes o 30 dólares por tres meses.

Para aquellos y aquellas que la nota les causó curiosidad les dejo con un video que hallé en youtube de Beatiful Agony.

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