La bien amada pega

Ayer me dieron en el restaurante de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional pega. Sí pega.

(Para aquellos lectores extranjeros la pega es ese delicioso remanente del arroz que nos espera, cual viejo amigo, en el fondo de la olla; de ahí su nombre: pega. Estas piezas son, en oposición a los blandos y esponjosos arroces que habitan la superficie de la olla, rígidos, se apelmazan entre ellos cual siameses y su tono es café oscuro. Su sabor es recio gracias a que conviven con los elementos primarios con los que fueron cocinados: aceite, ajo, cebolla, sal y demás aderezos).

Pues bien, como les venía narrando, en el restaurante de marras se puede elegir entre el grano blanco y fofo o la tiesa y parda pega. Está última se da en cantidades mayores al albo cereal. La mayoría de los comensales prefirieron el tradicional arroz debido a que este, en su opinión, es menos grasoso y más blando. ¡Qué tontería! Esa es justamente la razón por la que se come este espurio espécimen: porque es grasoso, salado y tieso, de no tener estás hermosas características sería un arroz convencional. Yo pedí dos porciones adicionales de pega y chasqueé, cual perro callejero, el menospreciado manjar sin importarme la cara de asombro de los demás. Además, ¿por qué me debería avergonzar? Estoy seguro que había más de uno que querían solazarse con la hermosa pega pero su estupidez no le permitió lanzarse al chasquido sonoro y al hilo de aceite que desciende por la boca de quien mastica este connotado ejemplar.

Lo que motiva este comentario es que este es el primer restaurante, comedero, merendero o chuzo que brinda la posibilidad de comer pega. Hace unos años le pregunté a la dueña del restaurante donde almorzaba con regularidad si me podía dar pega. Ella, enojadísima, me dijo que ese no era un restaurante de esos; de cuáles, le pregunte. De los que tienen pega. Será, me pregunté en ese momento, que en ese restaurante el arroz del culo de la olla sale albo e inflamado como el del medio. Le pedí, acto seguido, a la señora que me dejara ver la olla del arroz para comprobar que en ese lugar el fondo de las ollas está libre del desestimado grano. La señora, aún más ofendida, me dijo que me fuera a comer a otro lado. A partir de ese día me conformé con zamparme sendos platos de pega en mi casa o en la de algunas tías.    

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