Carta al silencio de la noche (17)

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Hola

Hoy no estoy de humor para hablarle a nadie y mucho menos para escribirte a ti; me encuentro, sin embargo, frente al computador haciéndolo sin poder explicarme o explicarle a ese a quien le hablo cuando pienso, cuando sepulto los ojos en el infinito, la razón por la que lo hago. Hace un par de minutos leí correos aleatorios en los que forcejeábamos, mostrábamos los dientes, gruñíamos, pedíamos disculpas que más parecían una retirada táctica; volvíamos a reñir, poco después, nos replegábamos y así en un círculo belicoso. Curioso que seamos así, mejor, que nuestra relación sea así: beligerante, conflictiva, como si fuéramos dos adolescentes pendencieros o, lo que somos en realidad, dos niños malcriados que se odian porque el otro le lleva la contraria… pero ese odio es justamente quien me preocupa, quien me lleva a releer lo que afirmas y lo que expongo, a enfurecerme nuevamente y a reincidir en la lectura que esconde, debo confesarlo, la esperanza de encontrar un mensaje secreto, una nueva puerta para abrirla a patadas o lentamente, con ternura, según el estado de ánimo, asomar la cabeza por ella y contemplarte en ese interior misterioso al que tanto le temo. Quisiera creer que tú también lees y relees los correos, que te enfureces y esperas respuesta como lo hago yo. Sé que no me darás la oportunidad de saberlo, en caso que así sea, ni me regalarás un centímetro de aquel terreno que te gusta, que te satisface haber ganado a punta de provocaciones y de silencios (imagino que en este momento una sonrisa empieza a surcar tus labios porque estoy dando marcha atrás en comarcas en las que me había apertrechado durante años, en puentes y los pueblos dominados). Soy consciente, además, que estas palabras suenan a reclamo amoroso, a queja romántica de las que se lanzan quienes han tenido su cuento. Se oyen así porque hay mucho Amor en este odio que se solidifica en cada grieta de nuestras conversaciones así como hay deseo cuando supongo, o digo abiertamente, que las circunstancias podrían encaminarse a las praderas del sexo. Pienso, y sé que esto tampoco lo confirmarás o refutarás, que no te soy indiferente y que hay más Amor y deseo sexual del que quieres admitir abiertamente. No pienses, sin embargo, que el Amor del que hablo es enorme, inabarcable, apocalíptico, de novela, sino que está ahí, entre las tinieblas, tiene un semblante que asusta, acaso por desconocido, pero a quien presiento inofensivo. Por ello no debes preocuparte que llegue a tu casa en medio de la noche y de una borrachera, con un trío igualmente ebrio y un revólver para retar a tu esposo a un duelo. Eso no sucederá porque no tomo, no me acuerdo donde vives, no tengo revólver y porque, como dije antes, no es dramático ni intenso, sólo Es, como Es el Tiempo o la Esperanza

Bueno, debo dejarte porque creo que ya debes estar aburrida con la cantaleta. Te deseo, y esto lo digo en serio, sin el menor rastro de malignidad ni hipocresía, que tengas un año extraordinario, atiborrado de hermosas y gratas sorpresas…

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Archivado bajo amor, desamor, desplome de los años, mujeres, narraciones, serie cartas, sexo, traición

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