Tejido del Destino

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Dice Silvio que “la noche es traviesa cuando se teje el azar”, pero olvidaba, al decirlo, que es más juguetona la mañana en la que el destino enfila tus pasos a una calle empedrada que remata en un Café donde te esperan un par de ojos olvidados, perdidos en las telarañas de los años, unos labios sonrientes, unas piernas que se cruzan y descruzan al ritmo de tus interrogantes, unas manos que buscan las tuyas en la densidad de la llovizna que desciende de las montañas o que asciende de la sabana (no puedes determinarlo en estos meses donde las nubes viajan a toda hora y en todas las direcciones cargadas de aguaceros bíblicos), de un pasado que reverdece en los sardineles de las horas que empiezan a detenerse, a llenarse de la misma ansiedad que tuviste en los meses que se hundieron en el naufragio de esperanzas. Luego vienen los arqueos, la sumatoria de amores que sobrevinieron a la ausencia, la novia que se transformó en esposa, el novio que no abandonó a pesar de aquella noche en la que él se extravió en los laberintos del alcohol y que concluyó en un Motel de Chapinero, pero a quien le terminó meses después por un viaje imprevisto. Alguien sonríe en un recoveco de este relato por el tejido de circunstancias que quieres llamar Coincidencia con mayúscula, son cosas del destino, dice ella con una cursiva que quiere hacerse sensual, insinuante, que busca tu cerebro, tus argumentos adoloridos, achatados por los años, para volver a enamorarse, si acaso lo estuvo alguna vez, de aquellas palabras que vibraban en aquel rinconcito del corazón que piensas, que quieres creer, sólo te pertenece a ti. Los cafés se transforman en cervezas, en empanadas para evadir la insensatez de beber sin haber almorzado, en monedas de quinientos que se hacen Canto Social en la rocola, que se hacen recuerdos de universidad, ¿has vuelto?, preguntas, ¿con qué tiempo?, responde, sonríen por quinta vez. Le tomas la mano, le acaricias el torso con el pulgar, ella apresa la mano libre, arriban los recuerdos de tu esposa, los de su prometido, saben que es la última oportunidad de despedirse y dejar el asunto de ese tamaño, pero ninguno quiere irse a la casa o regresar al trabajo a esta hora de la tarde, con esa lluvia que ensombrece el local, con esas ganas de ponerse rebelde con el matrimonio que te hace feliz pero al que no le caería mal una pequeña pausa, con el compromiso que la tiene endeudada con todos los bancos de la ciudad y al que, al igual que tu matrimonio, le caería bien un paréntesis de dos horas. Saben que se irán a la cama a la menor provocación, a la primera propuesta, pero ella quiere que seas tú quien cargue con la responsabilidad, que seas tú a quien pueda culpar esta noche o mañana, cuando el alcohol se desfiguré en dolor de cabeza, en sed insobornable, en depresión, cuando no seas más que la esquirla de sus años universitarios, cuando ella sea motivo de orgullo porque, no lo puedes negar, y menos después de tantas cervezas, que ahora está mejor que en sus épocas de universitaria (días en los que se la pasaba un poco andrajosa, con camisetas de cuellos raidos, con pantalones dos tallas más grandes que su medida, con tenis agujereados). Vamos a un lugar menos ruidoso, te oyes decir sin saber qué o quién habla por ti, ¡listo!, te responde con los ojos vidriosos, con el corazón a todo galope. Salen dando pasos vacilantes, confusos como la tarde que quiere hacerse noche, se dirigen a sus carros, sígueme, dices con la lengua estropajosa, ¡okey!, acepta con las manos sudorosas, enciendes el radio, pones rock, subes el volumen para cantar a voz en cuello, piensas en tu esposa que a esta hora empaca la ropa para irse de tu vida dando un portazo, aburrida que llegue todas las noches borracho, oliendo a mujer, comenta tu ex esposa a una amiga del trabajo mientras desencajona la ropa interior. Ella, entretanto, empieza a creer que no es tan buena idea, después de todo, aquello de darle un alto a una relación que la ha alejado de los periodos de depresión, que la ha estabilizado en todos los campos de su vida, piensa, entonces, en su prometido, en su bondad, en lo respetuoso que ha sido en estos tres años de noviazgo, al tiempo que él está con su amante, quien le recrimina, una vez más, que debe decidir entre su “noviazgo” (usa comillas hirientes) y su hijo de un año, él entretanto piensa en lo bien que se siente con ellos, en lo fastidiosa que se ha puesto su novia con los preparativos de la boda. Ellos, ustedes, entretanto, pasan frente a la Universidad Nacional, la observan con melancolía, recuerdas cuando la viste por primera vez en Piscoanálisis, ella evoca cuando pelearon en la Biblioteca Central por un libro de Amarrortu, los dos sonríen, tú miras por el retrovisor para comprobar que sigue detrás tuyo, ella te mira a través de la llovizna, se les olvida, de nuevo, tu esposa y su prometido, se internan por la Calle Veintiséis al tiempo que suena en algún lado, en alguna parte de mi cerebro, la canción de Silvio Rodríguez que inspiró esta narración, que les dio vida a partir del verso que encabeza este texto y que los tiene al borde de la traición o que los tiene, nadie lo sabe (ni siquiera yo que soy quien les da vida, quien les da movimiento a las los hechos), a las puertas de una relación, de una vida nueva o, quizás, de una existencia diferente de aquella que en este momento los encamina hacia el Motel al que llevas a todas tus conquistas…

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