Tercera variación del Claro de Luna de Beethoven

claro de luna2(Stanisław Masłowski)

Quizás inició la primera semana de clases, en el instante que cruzaron sus miradas entre la algarabía de la novedad. Tal vez empezó a mitad de semestre, cuando a ella no le parecía extraño que una profesora hablara con un alumno al filo de todas las tardes. O posiblemente inicio meses después de terminar el semestre, en el momento en el que él no es más que un jovencito que se hunde en el tropel de personas que cruzan su existencia como relámpagos extraviados en el horizonte.

El caso es que se encuentran en una cafetería, bajo la tutela de charlas y angustias. Él le ofrece la silla y el espacio libre que queda en la mesa; ella acepta con una sonrisa cargada de interrogantes. Luego brota una conversación que se va desembarazando lentamente de los lugares comunes hasta arribar a una charla francamente coqueta que la pone nerviosa y lo pone eufórico, lo que no es asombroso dado que ella es una mujer de treinta y un años, con doctorado a la espalda, en tanto que él es un muchacho de diecisiete años con las hormonas bullendo en las regiones bajas. Las manos quieren tocarse, las piernas se rozan desprevenidamente, él intenta mirar entre la grietas de la blusa, ella le mira los labios, intentando cada cual hallar lo que buscan sus instintos. Ella piensa que es mala idea, pero le encanta que él la desee con esa energía que la tiene al borde de la silla. Los dedos de ella rozan el dorso de su mano en un movimiento lo suficientemente cálido y preciso para que los dos sepan que acaban de cruzar aquel límite que imponen las diferencias de edades y circunstancias (aquella sombra que segrega lo razonable de aquella locura que desbarranca matrimonios y derriba empleos). Ella, para ser justos con los eventos, perdió la cabeza dos tintos atrás gracias a que él supo encaminarla, entre sonrisas y coqueteos, por las fértiles praderas de la lujuria. El hecho es que todo irá cuesta abajo: una invitación a tomar cerveza, que no será cerveza puesto que ella ya no está para esas cosas, sino tequila en un bar en una callejuela escondida, con ingreso mostrando contraseña falsa, que es lo que se usa a su edad. Luego, porque siempre hay un después, terminarán en uno de los moteles que escoltan los bares. Un polvo apresurado, con más ardor qué técnica, con más violencia que ternura, vestirse precipitadamente y salir hacia la casa para hundirse en la regadera llorando. Mañana arribarán las dudas con la misma contundencia con la que llega la luz al fondo del ojo. También llegará la alegría, luego la culpa y finalmente el dolor. Todo en una simétrica sucesión de estados emocionales que se irán desvaneciendo hasta que el olvido erosione nuevamente las barreras de tal manera que acceda nuevamente cuando llegue otro alumno (quizás menor, quizás mayor) que le recuerde que aún es bella, que aún es posible tener aventuras entre las deudas que crecen con una velocidad alucinante y el encierro en el que la confinó su tonto deseo de ser exitosa…

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Archivado bajo amor, desamor, desplome de los años, mujeres, narraciones, saudade, sexo

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