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Cecilia


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Ella no puede hacerse la cera, ni siquiera podría darle una sonrisa razonable gracias a que sus dientes quedaron aferrados a los años perdidos en las catacumbas del olvido. Lo espera, sin embargo, con las pocas esperanzas que no han marchitado los tumbos de una vida que se ha llevado hijos y alegrías y quienes sólo le han dejado una soledad que ni siquiera Carlos puede llenar con las visitas dominicales que matiza con astromelias envueltas en papel periódico o, cuando no hay dinero (que es lo más frecuente), con choco break que se derriten los bolsillos de la chaqueta de cuero que se desmigaja cuando la abandona en cualquier rincón. Nada, decía, llena su soledad: ella sólo es vacío y miseria, silencio y necesidades que nunca se satisfacen o que, en el mejor de los casos, se resuelven a medias, como si las soluciones le hicieran cocos desde la esquina del tiempo, se acercaran tímidamente y la acompañaran por unos días para luego irse con cualquiera. Así piensa ella, La Veci, como le dicen quienes suben o bajan por estas laderas de calles jabonosas, mientras espera a Carlos todos los domingos.

Él siempre llega sin importar si llueve o hace sol, si pierden o ganan los equipos capitalinos, si hay o no hay sueldo: sólo le dice a su esposa que va a hacer una vuelta, sale de su casa dando un portazo furibundo porque la violencia es el único argumento que él conoce en el trato con sus semejantes, y empieza a caminar por calles fracturadas que empatan con un sendero que las pisadas tallaron sobre el pastizal y quien, al final de una hora de marcha, desembocan en los caminos de herradura por los que suben mulas arrastrando carromatos. Sólo lo acompaña un palillo que muerde con ternura hasta que se deshace en hebras de balso que expele en densos escupitajos.

Suenan dos golpes autoritarios que ordenan bajar el volumen de la grabadora que se conecta a un cable que se embute en la maraña de alambres tentaculares que roban algunas horas de electricidad a las redes que descienden a barrios igualmente marginales, pero que tuvieron la suerte de arribar antes que ellos. La Veci se levanta despacio, acomoda los pliegues de la falda, ajusta el cabello detrás de la oreja y camina hacia la puerta hecha con las mismas latas de las paredes y del techo. Lo recibe con una sonrisa porosa que él corresponde con una mirada agresiva que pretende instalar los sentimientos en los lugares correspondientes. Alarga el brazo con el habitual ramo o, si no hubo trabajo o el sueldo se fue en una borrachera, saca algunos choco break’s de los bolsillos de la chaqueta y los depositas en sus manos. Camina hasta el fondo y se sienta en la única silla que hay en esta vivienda. Ella, entretanto, va a la hornilla donde aguarda una sopa en la que nadan dos patas de pollo, la sirve en un plato desportillado y, desde la viga que sostiene la techumbre, lo observa comer vorazmente. Luego sobreviene el amor apurado, sin trámites ni caricias preliminares: un ataque feroz atiborrado de envestidas, gemidos y cuerpos trenzados que terminan diez minutos después, entre la mirada adolorida de ella y los ojos de él cerrándose a pesar de la resistencia…

Afuera suena el temblor de hojas, un perro lanza un aullido que el crepúsculo atrapa en su vuelo, al tiempo que unos ojos que vigilan, indiferentes, el silencio que crece a la velocidad de las tinieblas. Adentro La Veci contempla el techo acanalado que cruje por el cambio de temperatura y piensa que está nuevamente sola, con las entrañas insatisfechas y una larga jornada que la espera a la otra orilla de la noche. Su vida, piensa, es un pozo ancho y oscuro del que no saldrá jamás. Cierra los ojos para dejarse llevar por las fantasías mientras concluye lo que Carlos inició horas atrás.

Él, entre tanto, jura que es la última vez que se acuesta con ella, siguiendo, de esa forma, el libreto que se repite todos los domingos. Sus hijos merecen respeto; especialmente la menor, la que le escribe cartas en hojas de cuaderno ferrocarril que él guarda en el cajón de las camisas, piensa entre largas zancadas. También, se dice con la culpa galopándole en el pecho, Cecilia merece respeto por el sólo hecho de acompañarlo en los más difíciles e intransigentes años de su existencia. Cecilia, reflexiona con los ojos temblorosos, ha mantenido a flote la casa lavando ropa ajena, remendando pantalones, volteando el cuello de camisas raídas, subsanando los huecos que deja su alcoholismo galopante y tolerando las ínfulas de mujeriego que lo llevan ladera abajo hacia la encrucijada en la que está un grupo de muchachitos bebiendo vino para acorralar los efectos del bazuco.

Los saluda después que fracasa en su intento de equiparar sus caras con el recuerdo de la fisonomía de los compañeros de colegio de Gonzalo, su hijo. Le dan la mano, se cruzan miradas opacas, le ofrecen la caja de vino que él rechaza con un movimiento de cabeza. Hágale, insiste el mayor de ellos. No gracias, responde Carlos al tiempo que intenta continuar su camino. Una mano le detiene el paso al tiempo que otra, a su espalda, lanza la primera cuchillada.

El siguiente domingo La Veci lo esperará sentada frente a la grabadora. Más abajo, en la casa de Carlos, su ausencia crecerá por todos los rincones de la casa, subirá por el silencio de las tres de la tarde y se hará palpable a las ocho de la noche, hora en la que él llegaba oliendo a mujer y a rencor. Luego Cecilia, enfilando meses y congojas, asumirá el papel de la madre del hijo que tomó la antorcha del alcoholismo y quien, siendo fiel a la consigna, emprenderá, con paso firme y seguro, el camino por el que se perdió su papá.

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Despedida (3)

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“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar”.
Canta Silvio Rodríguez

Hola, dijo con sonrisa nerviosa. Conservaba aquel cabello que se iba con la primera brisa juguetona. Este es mi esposo, remató. A su lado sonreía un hombre de cuarenta y tantos años, alto y simple como la mayoría de los norteamericanos. Hi, dije sin controlar las fluctuaciones de una voz que se perdía en los ribetes del tiempo. Me lanzó, al final del apretón de manos, una sonrisa protocolaria, emitió un par de susurros en su oído y se hundió en el tumulto de hombres inexpresivos.

Conocí a Deisy a miles de kilómetros de la Universidad de Fitchburg, lugar al que, sea dicho de paso, ella vino para acompañar a su marido a una de aquellas convenciones que congregan hombres de discursos letárgicos y carcajadas artificiales que imparten los parámetros y normas que se deben observar en la enfermería superior. Nuestro universo se gestó, decía, en los tiempos en los que fui profesor de Pre Icfes: ella fue mi alumna, hecho que inauguró una amistad protocolaria que se encauzó, poco después que ella cumpliera la mayoría de edad, por las cunetas del erotismo.

(Debo decir, en honor de la verdad, que la última frase es exagerada puesto que nunca llegamos más allá de correos acalorados en los que confesábamos nuestros más oscuras fantasías, ubicando al otro (o a la otra) como protagonista).

Poco después cambié el oficio de profesor por el de Community Manager, el cual abandoné, a su vez, por las veleidades del periodismo. Luego renuncié a encasillarme en una profesión y me dediqué a errar por el mundo ganándome la vida escribiendo notas para revistas digitales, enseñando cálculo en pequeños colegios, editando novelas que nunca llegaron a publicarse o cualquier oferta que se atravesara en el camino.

Ahora sí te acepto la propuesta, dijo al margen de una sonrisa sensual. La observé con un silencio inquisitivo. Abrió sus hermosos ojos verdes para que hallara en ellos las esquirlas que le daban sentido a la frase. ¿De qué hablas? Quise dejar todo en el perímetro de lo explícito. Quiero que hagamos el amor, dijo con naturalidad. De las ciénagas del olvido regresó la tarde en la que acordamos vernos en un centro comercial y luego acatar lo que el azar o el cuerpo decidiera hacer con nosotros. Ahora sí quiero hacerlo porque estamos en igualdad de condiciones, recalcó. En realidad no lo estábamos puesto que me había separado años atrás. Estoy soltero, aclaré. Mejor aún, concluyó con una mirada que pretendía meterse por las rendijas de mi cuerpo. Aquella tarde del dos mil doce no llegó a la cita. ¿Perdiste el temor a los quince años de ventaja?, inquirí. A estas alturas de la vida no importa que yo tenga treinta y siete y tú cincuenta y dos; importan las ganas. Los deseos existían hace veinte años, atajé su evasiva; ¿qué ha cambiado? Era una niña, afirmó con los ojos bajos. En realidad no era una niña en el rigor de la palabra: abandonaba, cuando nos conocimos, la adolescencia con algunas escaramuzas sexuales en su haber. Aunque, en realidad, ese no es el punto, pensaba mientras daba vueltas al hielo que se derretía en un charco de Whisky tibio. ¿Por qué no llegaste?, indagué para abrir viejas heridas. Me sentí mal: tu esposa no tenía la culpa que nos gustáramos… nadie tenía la culpa que nos gustáramos… podíamos desistir del proyecto de irrespetarla, aclaró con frases vacilantes. Por supuesto, pensé con una sonrisa vaga en los labios; el sentimiento de culpa en las mujeres: sienten que cargan con todos los pecados del mundo y que ellos, los pecados, sus pecados, son los causantes de las enfermedades y desgracias de sus familiares, de la traición de sus maridos, de la inclinación del eje del planeta. ¿Dónde y cuándo?, pregunté con los ojos clavados en los cubos de hielo. Wallace Plaza, el martes a las tres de la tarde. ¿Otro centro comercial?, interpelé con ironía. Te juro que esta vez sí llego. Eso espero, concluí antes que arribara su esposo con intención de presentarnos dos señoras entradas en años.

El martes a las tres de la tarde tomé un vuelo para Bogotá. Mientras el avión desafiaba la gravedad, imaginé a Deisy sentada en una banca del centro comercial con la cabeza puesta en el encuentro sexual. No quise cargar con la responsabilidad de amargarle la existencia con reproches y condenas que le socavarían el equilibrio mental. Su seguridad y valentía eran la mampara detrás de quien escondía los temores y prejuicios de la niña de diecisiete años que se sonrojaba a la menor provocación. Es más, la osadía con la que me abordó sólo puede atribuirse a la inexperiencia: una mujer que ha sido infiel sabe que el terreno del adulterio se allana lentamente, con paciencia, para no fracasar a causa de un malentendido o por cuenta de un olvido que delate la traición. Quizás creyó, una vez estuvo al tanto de mi arribo a Fitchburg, que bastaría acorralarme en la reunión a la que me llevo Anne (amiga común) y defender todas las variantes de la conversación para librarse de posibles incidentes. Tal vez, pienso ahora, pensé entonces, el vigor con el que le insistí años atrás le dio la confianza que necesitaba para lanzarse ciega y tontamente a una propuesta a la que pude negarme y que pudo ser ocasión de un escándalo que llamaría la atención de los concurrentes.

Lo único rescatable de esta situación, reflexionaba al tiempo que la aeronave se afianzaba en velocidad de crucero, es saber que continuaba abierta la puerta que entorné veinte años atrás. Creo que los amores que se confiesan, pero a quienes las circunstancias no les permiten consumarse, sobreviven gracias a la certeza de que se pudo hacer con ellos todo lo que estaba al alcance del deseo y de la voluntad (que no es poca cosa en asuntos del amor). Tienen, además, una ventaja sobre sus homólogos: son más fuertes gracias a que se alimentan de los recuerdos y las esperanzas pero no tienen la oportunidad de perderse por los senderos por los que se extravían todos los amores del mundo.

Inicié, cuando el avión sobrevolaba el Atlántico, el duelo por un amor que se restringió a una docena de correos, tres charlas al margen de un café y que al final se precipitó por los socavones del tiempo. Levanté, en consecuencia, el vaso de Whisky, apunté hacia norte y me despedí de aquella aventura que tuvo la facultad de cambiar el rumbo de mi existencia pero quien sólo se limitó a ser una entelequias más en este universo de equívocos y mentiras.

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Cuarenta y tres metros

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Fue suficiente un roce de miradas para que nos conectáramos desde las dos orillas de un río de personas y mesas. Ella estaba con su pareja y yo estaba sentado junto a mi esposa. Marjorie, mi mujer, no tardó en descubrir las ojeadas que erraban por los cuarenta y tres metros que nos separaban. Arribó la incomodidad con todos sus aguijones. ¿Quién es ella?, pregunto interrumpiendo una conversación azarosa. ¿Quién?, respondí como lo hacen todos los hombres que se sienten descubiertos antes que las ideas (las malas ideas) concluyan su proceso de maduración. Ella, la que lo mira desde hace una hora (no era una hora sino catorce minutos). ¿Cuál?, rematé con otro interrogante con la esperanza que se perdiera en el laberinto de dudas y respuestas para que emergiera, minutos después, en un diálogo inofensivo. Eso, hágase el pendejo, objetó, destruyendo, de esa manera, la única estrategia existente desde los días en los que Filipo de Macedonía, padre de Alejando Magno, la estableciera: confunde y reinarás (creo, de hecho, que es divide y reinarás; para el presente episodio tiene, sin embargo, la misma validez). El caso es que arribó, al término de un bufido que descuadernó los arbustos, una ráfaga de silencio que abrió un abismo de segundos que se marchitaban lentamente.

Poco después la muchacha se levantó y vino contoneando las caderas en una vorágine de balanceos provocativos que succionaba manteles y hojas, que decapitaba frases, que despeinaba las hebras de viento. Marjorie se encrespó cual mar embravecida. No existe mujer que acepte que otra venga a pavonearse de esa manera en el territorio que no es territorio, ni enclave o consulado, sino un espacio tan etéreo como la ley que lo genera y tan escurridizo como los múltiples estatutos que le crecen con los años hasta transformarlo en una maraña de normas tácitas y explícitas que siempre, sin excepción, castigan al hombre por ser como es. Ella continuaba acercándose y Marjorie seguía erizándose como si fuera un animal defendiendo la comarca en el que habrán hijos, casas a quince años, deudas, peleas y reconciliaciones; es decir, en el que hay futuro en estado sólido.

Yo, entretanto, quería bramar con todas las fuerzas de la testosterona que burbujeaba en las vecindades de los ojos. Y no era para menos: ella, ese imperio de carne y sensualidad, venía a toda vela a mi encuentro sin temerle a la mirada rencorosa de mi esposa, a los susurros que hacían ondular su minúscula falda, ni a su pareja. Nada la detenía. Parecía que sólo la impulsaba el deseo de poseerme en un frenesí de sudor y flujos seminales. El cerebro para este momento había apagado todas sus funciones cognoscentes y sólo operaba en modo emergencia. Simultáneamente la especie humana, la bendita especie humana, pedía desde las cumbres metafísicas que hiciera posible su perpetuación. Quizás, me digo en el instante que escribo estas palabras, es el único momento en el que el acto y la potencia son uno y la misma cosa: la perpetuación de la especie (que sólo existe en potencia) se cumple en el ejercicio sexual (que sólo se consuma en acto)… en fin. Concomitante con el llamado de la especie, pero desde los abismos de la animalidad, rugía el instinto sexual: toda la fuerza de la naturaleza se acumulaba en una región que demandaba toda la sangre posible, abandonando, de esa manera, al pobre cerebro a la deriva de su suerte (que era poca).

Ella seguía acortando la infinita distancia que nos separaba. Marjorie la miraba con los ojos inyectados de sangre, en tanto arrugaba la servilleta para retener el alarido que ahogaría el fandango con la eficiencia de un cañonazo. Seguía acercándose y mi mujer continuaba poniéndose rígida y le vibraban los maseteros y el músculo orbicular. La respiración se había transformado en una especie de sortilegio que pretendía convocar un rayo que la reduciría a un cúmulo de ceniza y rescoldos que ella pisotearía a su antojo.

Me levanté cuando le faltaban dos centímetros para llegar a la mesa. Las piernas sólo se sostenían por el ímpetu de la reproducción. Cuando estaba frente a mí dijo en un susurro leve, manso como el silencio que se filtra entre los versos, tierno como la sonrisa de una mujer, Hola. Hola respondí al tiempo que ella continuaba su marcha hasta llegar a la mesa que estaba detrás de mí y abrazar a un hombre corpulento. La sangre se redistribuyó instantáneamente por todos los órganos y extremidades hasta llegar al cerebro (quien dos segundos antes me avisó, a pesar de su avanzado grado de invalidez, que había hecho el ridículo). Sentía que todos me observaban, pero mi esposa era la única que me lanzaba una mirada que helaba la sangre. ¡Idiota!, señaló con rabia. Luego se hundió en una región perdida en las nebulosidades de la indignación. Yo sabía que era lo último que le escucharía esa noche (y quizás el resto de semana). Mañana, o el próximo mes, dependiendo de su humor, cuando vuelva a hacer uso de la palabra, se referirá a ella como “la zorra del centro comercial” (acentuando las comillas con voz temblorosa) y me recordará este episodio hasta el final de mis días para hacerme pagar, de esa manera, la osadía de haberle mostrado, así sea por un par de segundos, la posibilidad de que ese futuro sólido se puede derretir y escurrirse por la rendija de la primera mujer que atraviesa el cuarto piso de un centro comercial.

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Trasgresión

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Boca, boca de adolescente que pide, que balbucea entre lágrimas de alcohol, entre los susurros de la noche, adolescentes y adolescencia que se extravían en las arrugas de la curiosidad, en las miradas que zozobran al borde de la piel oculta bajo la ropa y los prejuicios, en los dedos que se hunden en las remotas comarcas de lo desconocido, grieta del mundo que se abre para recibirlos, dedos que emergen húmedos de cariño que hiede a revistas pornográficas, frases, frases adolescentes que me invitan a entrar, a ser una carne que coloniza el territorio que no volverá a ser virgen, manos que buscan, que encuentran, manos, manos de adolescente que empiezan a marchitarse, a envejecer, a llenarse de lunares y lobanillos, ojos, ojos de niña que se abren para rescatarme de las sombras, para grabar el último instante de inocencia, brazos que estorban, que aferran, que atraen al cuerpo adolecente que penetra, que embate torpemente, que tiembla y empuja, que vacila, que retrocede, que retorna al sudor y al temor, al gemido que lo incita más que el instinto, más que el crujido de tablas abombadas, de bisagras que lanzan baladros que se encajan en mi piel, que se empotran en las cumbres de mi fatiga, en los tendones que se tensan como un arco, labios, labios adolecentes que succionan el cuello, cosquilleo que presagia corrientes seminales, torbellino subterráneos que apremia enclavar la semilla en el último puntillazo, pelvis que se arquea, uñas que abren rendijas por las que huye un hilo de sangre y amor, amor adolescente que no muere, que se graba en la memoria, en el alma adolescente que anhela arribar al orgasmo, manos, manos de mujer enardecida, manos que husmean la huella de pasión, dedos vivarachos que la hacen llegar con violencia, alegría que saluda el nuevo mundo, la nueva cotidianidad, carcajadas, carcajadas adolescentes que se enredan en las hebras del viento…

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Intrigas del destino

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De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas, suspendidas en un paréntesis encharcado de eternidad, en una grieta que crece y crece hasta devorar el último recuerdo, el último vestigio de un pasado impreciso como el destino que lo llevó a morir a manos de un delincuente de falanges nerviosas, o quien, en un golpe de aburrimiento, lo arrinconó, como le sucedió a este hombre que contemplamos en este camastro, en la más extraña de las enfermedades: de felicidad crónica.

Todo inició dos años atrás, cuando le llegó la felicidad en la más categórica de sus formas: primero invadió todos los recodos del presente para luego dar vuelta atrás y poder entrar a saco en su pasado: devastar latifundios tenebrosos, acuchillar evocaciones, ahorcar contradicciones hasta transformarlo en un remanso de buenos recuerdos. En ese instante su vida derivó en una fila de sucesos afortunados en los que siempre había una mano salvadora, un fajo de billetes hallado en los márgenes de una calle, una mujer que vendría a borrar la anterior, una casa que evaporaba, con sus balcones atiborrados de flores, barandas brillantes y pisos en mármol de carrara, los lujos de la anterior, de tal manera que la tristeza no tendría la menor posibilidad de corroer las horas que empezaban a hacerse eternas, inconmensurables en su monótona repetición, en las que las esperanzas se marchitaban gracias a su incompetencia frente a la resolución de la suerte de enderezar todo lo que era susceptible de torcerse.

Luego, con el pasar de los meses, se lanzó a beber diariamente notando, entre noches de algarabía y amaneceres luminosos, que el alcohol sólo cumplía parcialmente sus funciones: lo elevaba por las cuestas del frenesí etílico pero se detenía segundos antes de desbarrancarse en una borrachera atiborrada de quejas y lágrimas.

Sus familiares, amigos y compañeros, en una macabra forma de compensación, empezaron a sufrir descalabros económicos y enfermedades que los mataban en horas. No existió, asimismo, mujer que no cayera en la desgracia de perecer entre las guirnaldas de un amor incondicional, terminante como la balanza que distribuía la desgracia que no tocaba a este hombre que, sea dicho de paso, no tenía la posibilidad de enamorarse porque la felicidad no le permitía la más leve insinuación de añoranza por un cuerpo, una voz, unos ojos extraviados en los laberintos de su gozo, ni mucho menos lo autorizaba a evocar porque en el recuerdo siempre existe, como todos sabemos, el germen de la amargura.

Había, entre las mujeres que fueron llamadas a satisfacer sus más protervos impulsos, una especial: Amy, una hermosa Cienaguera de veinticinco años a quien conoció en Santa Marta a comienzos del año pasado. Ella, poco después de capitular a la tentación de un hombre que ofrecía asilo a su alborotada sexualidad, fue testigo de la muerte de sus cercanos hasta verse reducida a una servidumbre incondicional de quien no tenía la posibilidad de recordar las bondades de un cuerpo fraguado en los hornos del Caribe: sólo la veía como una entelequia que le ayudaba en los trámites de la cotidianidad, en los rigores del tedio que apenas lograba vislumbrar desde las cumbres de su existencia.

Ella no tardó en cansarse del imprudente desequilibrio y, como antídoto a esta inequidad, se lanzó a la tarea de envenenarlo. El único efecto alcanzado por el rosario de brebajes adquiridos en barrios marginales y plazas de Taganga, fue una embriaguez caprichosa que lo despeñaba por una nostalgia dulce, amable como pocas, y quien lo invitaba a hundirse en las laderas del igualmente voluntarioso cuerpo de Amy. Faltaron seis meses de pruebas para que ella descubriera que sólo puede burlar la felicidad mediante el uso de la euforia y la borrachera. Por ello se dio a la labor de embriagarlo diariamente, hora a hora, segundo a segundo, sin dar espacio a la reflexión ni al desacuerdo. A cada botella de vodka le agregaba, para no errar en el intento, algunos gramos de San Isidro, hongo de la familia de los Strophariaceae, que conseguía por algunas monedas en las caravanas de Hippies que vagan por las playas de Santa Marta. Fue una labor lenta que los llevó por las cunetas de quiebras y descalabros económicos hasta arrinconarlo en esta casa de tablones que agoniza a orillas de la Ciénaga Grande de Santa Marta.

A mediados de la semana pasada, no obstante el aparente desinterés de la enfermedad, los vómitos se hicieron frecuentes, el apetito despareció por completo hasta llevarlo al estado catatónico en el que lo encontró la muerte poco antes que el alboroto de turpiales arribara al cuarto. Amy entró a las diez de la mañana con una jarra de jugo de naranja y la primera botella de vodka. Se acercó lentamente, se arrodilló frente al camastro y se quedó contemplándolo hasta que tuvo la fuerza de tocar el cuerpo inerte. Cuando estuvo segura que había muerto, le lanzó un escupitajo en la cara y salió corriendo por la calle a gritar que le había ganado al destino sin saber, sin sospechar siquiera, que él era justamente quien había definido, desde el principio de los tiempos, el futuro de todos los que murieron por causas de este desequilibrio, el deceso de este hombre que deseaba la muerte desde el primer mes de su incomprensible racha de buena suerte y es quien ahora dirige los pasos de esta Cienaguera que conocerá las aureolas del éxito dos años después, cuando le llegará la felicidad en la más categórica de sus formas: primero invadirá todos los recodos del presente para luego dar vuelta atrás y poder, de esa manera, entrar a saco en el pasado, devastar latifundios tenebrosos, acuchillar evocaciones, ahorcar contradicciones hasta transformarlo en un tranquilo remanso de buenos recuerdos…

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Primaveras y azares

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Si tuviera quince años menos no habría aceptado una negativa, ni hubiera partido con la tarde susurrante, melancólica, que me decía, que me pedía a gritos que te secuestrara una sonrisa de aquellas que lanzas cuando amas, cuando te ilusionas, las mismas que, según dicen, me arrojaste cuando habían cafés sobre la mesa y conversaciones que se perdían, que se dislocaban entre coqueteos discretos, tímidos, que no fueron a ningún lado, que no me llevaron a tu cuarto ni te trajeron a este cerco de sueños tronchados que tanto se parece a la insensatez. Los años son, como puedes ver, el bozal que censura las palabras que escondo bajo las patas de este corcel de hierro y honestidad que abre puertas de universidades y colegios, que me transporta por senderos que conocerás luego, cuando el silencio empiece a perderse en los rodeos de la vida, cuando el amor deje de ser ese delirio que te ilumina los ojos y se transforme en aquella cotidianidad tan hermosa y tan compleja que te malhumora en las mañanas cuando la camisa está arrugada y que en la noche te llena de presagios de eternidad. Pero no sé por qué te hablo de esas cosas si eres demasiado joven para los absolutos que llegan con la acumulación de primaveras que te curvan el abdomen, que te quitan el cabello, que te ponen a errar por el mundo con una maleta y un par de marcadores como únicas herramientas, que deshilachan tu voz en una rinitis fibrosa que traerán quince años de cigarrillos, los mismo quince años que no quisiera tener en este momento para ser aquel joven a quien puedas ver con ojos benévolos, no de curiosidad ni de temor, que son con los que me miras cuando nos encontramos en las calles abrumadas de azar, cuando la sombra de una nube o el aleteo del amor sobrevuela tu cuerpo sin que te des cuenta, o dándote cuenta pero obviándolo como si sólo hubiera sido un presentimiento, hablando, después de reponerte de la sombra o del presentimiento, con movimientos serenos, estudiados al milímetro, lanzando al final un Hasta Luego que me deja palpitante, sollozante, como si fuera el adiós definitivo, el que no da pie a revanchas, dando, en el instante mismo de mi desasosiego, media vuelta y extraviándote por calles empinadas o trotando por escaleras, como hiciste la última tarde en la que viniste con tu cuerpo que continúa en su empeño de abandonar la rectilinealidad de la adolescencia, que busca afanoso los frutos de la pasión que sólo conoces por algunos escarceos temerarios y al que dejarás de engañar cuando tengas mi edad, cuando seas mujer casada, con todos los compromisos del mundo, con el cuerpo acostumbrado a las tragedias del tiempo, cuando tus hijos renieguen de trigonometría o de álgebra y mi recuerdo te llegue como un relámpago desde la las grietas del olvido y te digas que yo tenía razón, que otra tonada habría sonado si hubiésemos tenido la misma edad, si hubiera sido un joven irresponsable, un muchachito temerario que te hubiera buscado día y noche hasta extraviarte en los laberintos de la ternura…

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Capullo

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La conoces justamente cuando empieza a abandonar los vértices de la adolescencia, cuándo aún queda inocencia en su mirada y las caderas continúan en su afán de alejarse de la odiosa rectitud; te contempla con curiosidad, te habla con una mezcla de ansiedad y respeto, como si vinieras de otro planeta, como si fueras el primer hombre que se acerca a sus comarcas de especulaciones, a su universo de prevenciones; los únicos que he conocido, te dice, se dice, son niños, simples niños, repite con ojos que se abren desmesuradamente para justificar los besos a escondidas, las caricias urdidas a la sombra del álgebra; te mira de nuevo, una vez, acaso dos, sonríes, te vas con ella por historias que se extravían en los horizontes de su memoria embrionaria, piensas en tu esposa que te espera en la otra orilla de los treinta, en el mismo margen en el que estabas antes de desandar los años, de caminar cuesta arriba por estos senderos cenagosos y caprichosos del tiempo que te regresan al Ahora que es, de alguna manera, de muchas maneras, tu ayer pero más venturoso ya que ninguna jovencita, cuando tenías dieciséis, diecisiete, te miraba, o no lo hacía de esa manera tan luminosa, tan insinuante, ni mucho menos siendo tan atractiva como la que tienes al frente; te entristece saber que llegó en el instante en el que tú estás dando tumbos, hundiéndote, saliendo a flote, en mitad de este río enorme que llamamos vida y en el que ella hasta ahora está en las riberas, metiendo los piecitos para tazar la temperatura del agua o chapaleando cerca de la orilla; te levantas dando dos o tres excusas de las que damos los bogotanos para no quedar mal, le dejas un beso largo y palpitante en su mejilla y te vas con la madurez que te insinúa que en poco tiempo empezará a desteñirse a causa de tanto compromiso acumulado, de tanto amor silencioso y silenciado, de tanta aventura de final incierto, brumoso como los años que se le irán encima como una montaña rugiente, hasta que te alcance en algún recodo de ese río que algunas veces se hace manso como los pétalos y otras irascible como las espinas…

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