Archivo de la etiqueta: educación

Educación

(Fuente de la Imagen)

Me pregunto cuando se habla de la Educación, de la que se escribe en mayúsculas, la que da títulos y abre puertas (en oposición, quizás, a la educación en minúsculas, la que antaño le concernía a los padres y que hogaño le corresponde a la televisión, la que enseña a pedir el favor, a saludar, agradecer y despedirse), cuando se debate sobre su naturaleza y la manera de dirigirla, cuando se discute sobre su función pública, cuando se estudian reformas tendientes a mejorar su calidad y ampliar la cobertura, me pregunto, decía, cuál será el día en el que estaré entre los expertos que deliberan, estipulan, definen, ordenan, miden, sopesan, ajustan y establecen qué es y cómo deben impartirse la Educación. No lo digo porque tenga Doctorado en Pedagogía o en Políticas Educativas. No; lo afirmo por todo lo contrario: porque sólo tengo el título de Bachiller Académico.

Bachiller Académico es, curioso lector o intrigada lectora que desconocen el sistema educativo colombiano, el título que se le otorga a aquel estudiante que se gradúa sin saber contabilidad, mecanografía, metalmecánica, ebanistería, agronomía, dibujo técnico, dibujo artístico, horticultura… es decir, aquel que sólo conoce el arte de leer, aunque con bastante dificultad, y que pueden garrapatear dos o tres operaciones aritméticas siempre que estas no involucren fraccionarios.

Este es, decía, mi único título. Después de él tengo, y esa es la razón por la que debería estar entre los expertos y los investigadores, veintisiete semestres de pregrado. Ellos se distribuyen en dos Programas Curriculares (ingeniería y matemática) y cubren, gracias a mi incapacidad para saber qué me gusta y qué quiero hacer en la vida, más de diecisiete profesiones. ¿Quién, díganme ustedes, más autorizado que yo para hablar de los problemas y dificultades en la Educación Superior?

No soy, sin embargo, el único: conozco una centena de expertos en Educación Media que han estado en el sistema, a lo largo de décadas, cambiando de colegio, de método, de pedagogía, de docentes, de directivas, de orientación religiosa y filosófica. Pasan de un colegio campestre a un internado, del internado salen a una institución de pedagogía experimental, de allí van para un colegio militar, de este se van para un Colegio Distrital y así hasta que terminan, por la gracia de Dios, de Destino, del Azar o, vaya uno a saber si por las bondades del mismo sistema, el dichoso Bachillerato. ¿Quién, díganme de nuevo, más autorizado que ellos para enumerar las debilidades de cada institución en particular y del sistema en general?

Es que ese es el punto: quienes deberían deliberar y disertar sobre la Educación seríamos nosotros, los vagos, los que siempre perdemos materias, semestres y años, y no aquellos señores de doctorados y postdoctorados que nunca levantaron la cabeza de los libros y que, gracias a ello, no conocieron la universidad ni en su estructura ni en su problemática. Quienes duden de ello pregúntenle al más destacado de su clase, al mejor de la promoción, al Suma Cum Laude, si conoció el pastizal vecino de La Capellanía.

-¿Cuál?
-Aquel que están detrás del Polideportivo; cerca de la salida de la veintiséis. Allá dónde nos íbamos a tomar aguardiente con las niñas de Psicología y que después se transformaba en motel de mil estrellas…
-¿Cuál polideportivo?
-en el que estuvo alojada la Biblioteca Central…
-del traslado de la Biblioteca sí me acuerdo pero no del pastizal… y mucho menos del motel ese…
-hombre, pero si usted escribió un artículo sobre la arquitectura de la Universidad Nacional y nombró ese espacio…
-lo que pasa es que esa información la saqué de un artículo de La Sorbona…

Ellos vienen, posteriormente, a decirle a las universidades y a sus estudiantes cuáles son los problemas que tienen porque lo leyeron en algún tratado norteamericano que versa sobre las universidades latinoamericanas o porque suponen que tendremos los mismos inconvenientes que tuvo la universidad europea en los años cincuenta. ¡Todo eso lo saben sin necesidad de poner un pie en la universidad! ¡Qué lumbreras! O si ponen un pie es para dar una conferencia y luego salir corriendo o dando botes y tumbos como le sucedió a Juan Camilo Restrepo hace casi diez años en el auditorio Virginia Gutiérrez de Piñeres. ¿Será, entonces, justo que sean ellos quienes decidan sobre la directrices de la Educación? De ninguna manera. Pienso que el gobierno debería pedirles a los rectores de todas las universidades y todos los colegios la lista de los peores estudiantes, de los que llevan años o décadas en sus instalaciones para llamarlos, sacarlos del olvido, quitarles las telarañas y los estigmas que les ha impuesto la academia, para darles la posibilidad que trasformen la Educación en el carnaval de conceptos, en la borrachera de ideas, en la orgía de argumentos que debería ser…

Anuncios

4 comentarios

Archivado bajo colegio, comentario, humor, miscelaneos, personal, reflexiones

Camino al precipicio

precipicio(Fuente de la imagen)

La vida es un camino que va de lo natural a lo artificial. Los niños están más cerca de los impulsos y, por tanto, de lo instintivo. Después los atornillan al colegio para que modere sus actos. Al cabo de catorce años su comportamiento, aunque tosco, se aproxima más al ideal de conducta. Luego viene la universidad y a continuación la vida profesional. A estas alturas el niño que rasguñaba paredes y pateaba mesas se ha transformado, por vía de la educación y la sociedad, en un ser que coerciona sus instintos. ¿No creen que esto es artificial? Lo natural sería que el hombre, como animal que es, diera rienda suelta a sus instintos. El hombre está, sin embargo, inserto en un paranaturaleza que lo obliga a domar la animalidad. Acá viene el problema: por una parte la naturaleza le grita que sacie sus instintos y por el otro la paranaturaleza lo reprende por intentar hacerlo (o, incluso, por pensar saciarlos).

Antaño, por ejemplo, las borracheras terminaban en excesos incontrolables y ahora, con los mismos participantes, concluyen con borrachos entregados a la verborrea. Lo anterior quiere decir que la represión ha sido de tal naturaleza que aún bajo los efectos del alcohol –que es, entre otras cosas, un deshinibidor- somos más racionales, es decir, más artificiosos. Lo peor del asunto es que la coacción es tan común y tan fuerte que no somos conscientes de su dogal hasta que estamos en contacto con individuos que llevan poco tiempo bajo su influencia. Ellos, los niños y los adolescentes, nos hablan de los días en los que nos aventurábamos a decir lo que sentíamos, a inclinarnos por la vida contemplativa, a escribirle a la jovencita que nos arrugaba el corazón, a renegar de las madrugadas, a ofrecer la amistad sin medir su beneficio, a reírnos francamente, a darnos trompadas con los compañeros y después olvidarlo con un apretón de manos, a enamorarnos franca y desenfrenadamente…

11 comentarios

Archivado bajo adolescencia, General