Inflexiones de la cordura

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El vértigo de la primicia no te permite sopesar los aguijones, las dimensiones de la caída ni mucho menos las ventajas que entrañan la petición que hace tu tía: te suplica que no escuches las demandas que te hará, con plena seguridad, el hombre que le hizo sufrir la mayor amargura de su existencia. Tú sólo quieres descuadernar su insoportable confianza, desorientar sus manías de hombre educado y, sobre todas las cosas, sondear aquellas habilidades eróticas que no dejó de elogiar a pesar de las dolorosas y abrumadoras razones que encontró para denostar su virilidad y, por ese conducto, de justificar su odio (como si la ausencia de hombría fuera un hecho que acreditara las lágrimas y gritos articulados en los brumosos atardeceres bogotanos). Además, piensas entre las miradas airadas de tu mamá, algo bueno ha de tener si fue capaz de subyugar, con el concurso de sonrisas y adverbios, la indomable vanidad que tu tía expone sin el menor recato y la manifiesta desconfianza de tu abuela. Quieres decirles que tus planes sólo contemplan saciar la húmeda curiosidad que nace en los barrancos de tu cuerpo (y en una que otra grieta del alma) para luego dejarlo suplicante, tembloroso, en el desasosiego que merece su condición de viejo verde; porque eso es, en últimas, lo que buscas de él: transformarlo en una línea en la mazmorra que supone ser una señorita de diecinueve años (hija de padres respetuosos y responsables, para más señas), a quien se le ve mal flirtear con hombres mayores que Sólo Buscan Eso, como afirma tu mamá poniéndole mayúsculas a aquella frase que pretende nombrar los sucesos que todos conocen y que no se pueden señalar, por aquellas normas de civilidad, a las sobrinas o a las hijas (y menos si estas departen entre colaciones y pocillos de chocolate). Tu abuela usa, al corroborar la incapacidad de los argumentos de sus antecesoras en el uso de la palabra, los apelativos que no se permite otra mujer de la casa; sientes deseos de reclamarle que ella, a tu edad, o quizás un poco mayor, fue amante de Joaquín, quien, a juzgar por las cartas que esconde en el forro del baúl que se pudre bajo la cama matrimonial, declinó la posibilidad de continuar con los amoríos gracias al impedimento económico que suponía sostener la recua de hijos que le hizo el abuelo. Es curioso, ahora que ponderas el suceso, que un grupo de señoras de sus edades y experiencias se empeñen en frenar el galope de la sangre olvidando, con su actitud, que no existe barrera que detenga a una mujer que ha decidido acostarse con un hombre así como no existe muro que detenga la cachondez de un personaje de las condiciones y alcances de Gonzalo. Tu tía decide acompañar los epítetos de tu abuela con lagrimones que contrastan con las épocas en las que su moral y virtud quedaban suspendidas en la entrada de los moteles en los que, según versiones de tu mamá y de algunas tías, le daban sorprendentes descuentos gracias a sus puntuales -y no pocas veces escandalosas- visitas de los fines de semana. Tu mamá suma, en un gesto de solidaridad, un llanto apagado a los lamentos de tu tía, dándole así mayor dramatismo a una escena que a estas alturas asume matices de ficción. Las mujeres siempre te han parecido unos seres ridículos así como te parecen extravagantes sus ataques de ira y sus incomprensibles pataletas de niñas malcriadas (descubres, ahora que enumeras sus defectos, que tienes el privilegio de carecer de estas irregularidades en virtud a que siempre has tenido, y seguirás teniendo, el beneficio de estar sobre tus congéneres). La indignación y su consecuente silencio son la señal que el juicio ha cesado y que tienes, por tanto, la posibilidad de bajar la cabeza y caminar silenciosa hacia tu cuarto o, por el contrario, de gritar como una enajenada y salir dando un portazo. Te inclinas por la primera: te diriges a tu alcoba con un mutismo que evidencia la certeza que mañana estarás, al filo de las tres de la tarde, sentada en el auto de Gonzalo, dirigiéndote a la zona de moteles de la que tanto hablan tus compañeras de universidad, al tiempo que ellas estarán resolviendo el parcial bajo la vigilancia del decano (examen que nunca presentarás gracias a que vas, en ese mismo instante, rumbo a aprobar la asignatura por vías que implican menor esfuerzo intelectual pero mayor empuje físico)…

[pero no sabes, no puedes saberlo a tu edad, que una mañana, acaso una noche, esa muchacha aventurera, caníbal de novedades, se parecerá a los temores de la abuela y a las prevenciones de mamá, le temerá a la boca del lobo, mentirá sobre su edad y su pasado será una fantasía más espinosa que su futuro, olvidará las aventuras con hombres mayores y las correrías de una noche, vigilará el tono de su cabello y la longitud de las arrugas hasta ver en ellos la humillación de los años, la factura que el tiempo cobra a la belleza y entonces empezará a marchitarte entre las telarañas de amantes que languidecen en su memoria, entre problemas que muerden el hígado, que asustan el colón, entre el adormecimiento de los deseos que la arrojaban, que te arrojaban, por las praderas de la inconsciencia]

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Archivado bajo adolescencia, amor, desamor, desplome de los años, familia, mujeres, narraciones, saudade, sexo, traición

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