Mamá…

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Hace diez años regresé de una adolescencia que naufragó en los precipicios del alcohol. Al llegar estaba mi mamá arqueada sobre la máquina de coser, los mismos problemas, la misma mirada concentrada en las costuras, el mismo ensimismamiento con el que repasaba su vida. Imágenes amarillas rodaban por los laberintos de su memoria: los años en los que trabajó interna en una joyería en La Candelaria, los meses en los que fungía como administradora de una zapatería, el matrimonio en el que se encerró para el resto de sus días.

Después de mi retorno compartimos la melancolía de las lluvias de noviembre, la falta de dinero, las dificultades que agobiaban (y aún agobian) a tíos y hermanos,la alegría de los nietos de su hermana que fueron haciéndose hombres o mujeres mientras ella continuaba arqueada sobre la máquina de la que salían pantalones reformados, perros de hocico alargado a quienes contemplaba y hablaba como si fueran reales y aquel salvoconducto económico que me autorizaba a cohabitar temporalmente con Cortázar o García Márquez.

Algunas veces se unía mi papá que perdía trabajos y esperanzas, mi hermana cuando coincidían las vacaciones universitarias con las laborales o, en casos excepcionales, mi abuelo que se iba lentamente, con la misma velocidad de los pasos que se arrastraban entre los bastones que diseñó para acortar la distancia que lo separaba de la muerte. Todos, decía, coincidíamos, en el apartamento que zozobraba entre la algarabía de la olla express, entre el canto de canarios y el bramido del viento que entraba por las ventanas sacudiendo las ramas del Billete o de la Espalda de Cristo, a las que mi mamá les hablaba cuando estaba de buen humor.

Todos, sin embargo, fueron bajando del tren: mi papá consiguió trabajos ocasionales que le dieron la posibilidad de paladear las chocheras de la vejez, mi hermana ascendió por los ramales del éxito y mi abuelo llegó, a pesar que cada paso era más corto que el anterior, a la puerta por la que todos saldremos de este mundo infame.

Corrió y corrió el tiempo hasta arribar a este presente en el que continúo aferrado a las novelas y a los versos, a la carrera que aún no termina, a la escritura y a las clases de matemáticas con las que gano el dinero con el que prolongo el periodo de estar al lado de mi mamá y de las manos que a pesar que se han llenado de pecas y silencios, siguen trabando y destrabando el motor que arrastra las agujas y las horas que se intrincan en el letargo de la tarde.

Algunas veces me desligo de los versos de Bonifaz Nuño, o de la novela de turno, me acerco a ella para halarle las orejas en busca de un bufido o, cuando hay suerte, de robarle una carcajada que la lleva en volandas a la juventud en la que apedreaba el Teatro La Candelaria, porque, a estas alturas de la vida, esa es la única manera en la que puedo aliviarle el peso de los años…

2 comentarios

Archivado bajo desplome de los años, evocaciones, familia, mujeres, personal, saudade

2 Respuestas a “Mamá…

  1. March

    Debe ser una dicha para ella como lo es para mi mamá contar con sus hijos y tenerlos a su lado especialmente en los momentos más dificiles, dudo que alguna vez se haya arrepentido de haberte traido al mundo… por el contrario a pesar de tus defectos y enalteciendo tus virtudes, siempre te ha amado.

  2. Diego Niño

    ¡Cuánto ha sufrido y le ha costado mi presencia en el mundo!… dejó sus sueños y esperanzas, renunció a su vida, dejó de existir para y por ella, para hacerlo a través de mí… ¡y tan mal que le ha pagado!…

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