Última

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No fue una borrachera que empezara en alguna esquina del tiempo y que terminara en otra, cercana o lejana de la inicial, puesto que mi vida fue, hasta ese momento, una interminable orgía etílica. El hecho es que aquella ocasión se inauguró con cajas de aguardiente en los pastizales de la universidad y se prolongó por los andamios de las horas hasta converger en una jarana en un andén del Nicolás de Federmann. De allí todo fue anarquía de los sentidos: deambulamos por lupanares de Chapinero en los que bailamos con prostitutas agobiadas por el manoseo de borrachos hasta desmenuzarnos en grupos minúsculos que se enredaban en las piernas de alguna meretriz, en los faldones de la noche o que se desvanecían en alguna silla de bordes resbalosos, de olores inciertos, bajo la penumbra rojiza de orgasmos de alquiler. A las cuatro de la mañana éramos, por tanto, una cuadrilla de borrachos que contemplaba jovencitas famélicas contorsionándose en escenarios desvencijados, de maderas crujientes, de puntillas que brotaban entre paños extenuados por la fricción de tacones desastrados, y quienes esperábamos que el amanecer germinara en las montañas para continuar bebiendo en alguna tieducha de eucalipto en los orinales. Vi, entre la viscosidad de los minutos, a una muchacha que dormía plácidamente a pesar de la descarga de vallenatos y quien aventajaba en belleza a las mujeres que hormigueaban por el salón. Noté, después de contemplarla largamente, que emergía del bolsillo de su camisa un billete de cincuenta mil pesos que pedía, casi gritaba, transformarse en la última ronda de aguardientes. Me acerqué lentamente, como quien no quiere la cosa, y cuando estuve a dos centímetros me atrajo, más que el billete, la piel blanca, casi jabonosa, de los senos que se desbordaban de las márgenes de una camisa a cuadros. Tanteé, en consecuencia, el tetamen con manos ávidas, urgentes diría el poeta, que la despertaron inmediatamente. Piensa robarme gran hijueputa, grito con los ojos rojos. En ese momento hice lo que hago en estos casos (y que, por una razón incomprensible, siempre termina en problemas): decir la verdad. Se equivoca; sólo quería manosearla, afirmé con la tranquilidad de quien deambula por las praderas de la sinceridad. Malparido, grito al tiempo que atenazó mi cuello con sus manos. Caímos al suelo entre los dicterios de las otras suripantas. Ellas, al tenerme al alcance de sus piernas, empezaron a patearme sin misericordia. Suelte a la hija del dueño, aseguró una voz grave, casi masculina, entre la manigua de dicterios y alaridos. No sé cómo me las quité de encima y escapé corriendo sobre sofás y mesas hasta alcanzar la puerta que cedió ante los empellones de mis compañeros de parranda. En la calle cada uno eligió, entre los disparos que rasguñaban la alborada, una de las azarosas calles que convergían (y que seguramente aún convergen) a la puerta del prostíbulo…

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Archivado bajo borrachera, calle, desplome de los años, evocaciones, mujeres, narraciones, personal, saudade, sexo

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