Sé que nuestro amor no podía existir

(Fuente de la Imagen)

que no era factible que camináramos tomados de las manos sin que nos doliera la traición, que no era posible la aventura de lanzarnos por las cataratas de la lubricidad puesto que entendía que las cumbres de tu cuerpo estaban fuera del alcance de quijotes y quijotadas, que ni siquiera era viable una faena de una tarde porque emergerían, de las barricadas sociales y emocionales, argumentos de mirada ceñuda, de manos crispadas, que indicarían (que nos indicarían) que debíamos conservar aquella amable distancia con la que te llevaba de la mano por las Ecuaciones Diferenciales y que en cuyo tránsito no nos fue permitido sentir los sobresaltos del amor ni los arrebatos del deseo. Sin embargo, sin saber cómo, de qué grieta del corazón o de la vida, empecé a suponer que, más allá de ese cordial intercambio comercial, de esa peregrinación por las matemáticas, de ese ir y venir por el pasado, existía un afecto que tenía la facultad de abrir pestillos, de bajar persianas y de esconder prejuicios para que pudiésemos estar tranquilos con las manifestaciones de ternura, con las pasiones que, por aquellas maromas de la imaginación, por aquellos desvaríos de la razón, creía recíprocas y de las que no pude probar su veracidad gracias a que saliste de mi vida una tarde cualquiera, sin portazos ni homenajes, como una sombra que se pierde en los brotes de la noche, sin que tus pasos hayan dejado estelas en las callejuelas empedradas por las que errábamos después de clase, en el parqueadero en el que te miré con ternura ni en la terraza a la que no me atreví a entrar por temor de encontrar aquella mesa en la que te expiaba mientras batallabas contra integrales y series y en cuya superficie te leí aquel fragmento de El Día Señalado en el que encontraste la belleza y el dolor del que hiere por el uso de la existencia (“Sabía que alguien torció nuestro camino, que nosotros torceríamos el de alguien, con o sin culpa”); cerrándome, en suma, el camino a conjeturas laberínticas, a espinosas entelequias en las que te esconderías en mi pecho para huir de tardes soleadas, de algunos naufragios, de aquellas goteras que el tedio abre en el marquesina de los días y de quienes queríamos escapar por las fértiles rutas de la traición…

2 comentarios

Archivado bajo amor, desamor, desplome de los años, evocaciones, mujeres, narraciones, personal, saudade, sexo, traición

2 Respuestas a “Sé que nuestro amor no podía existir

  1. Diego Valdivieso

    Bravo… bravo… bravo. Me hizo llorar.

  2. Diego Niño

    Gracias!…

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