Evocaciones (7)

dib_mujer1(Fuente de la Imagen)

Aquel atardecer el viento acariciaba mansamente las ramas de las acacias y sacudía con ternura los pétalos de las begonias. El sol sonreía pálidamente sobre el asfalto humedecido por una tímida llovizna. El timbre del teléfono encrespó el silencio en el que navegaba el apartamento. Camine lentamente hacia el aparato que repiqueteaba desde la yerma sala. Al levantarlo oí la voz de la vecina preguntando por mi mamá. No señora Patricia; ella no está, dije con desgano; yo le digo, no se preocupe, rematé. Colgué con la certeza que no le diría nada a mi mamá. Miré el reloj de mi muñeca. Las tres y media de la tarde; hora de salir. Tomé la maleta que me espera sobre el sofá y me dirijí a la puerta. El teléfono vuelve a despeinar la tregua que presagia ausencias. Doy media vuelta y me acerco al artefacto. Al contestar escucho la misma voz arenosa. En esta ocasión el recado se hace más largo y específico. Contemplo con impaciencia al segundero pisar las líneas grises del reloj. Por alguna razón recuerdo las películas gringas de beisbolistas que se lanzan sobre arenosas almohadillas con ovaciones de fondo. La vecina sigue explicando al detalle las circunstancias que la obligaron llamar dos veces al apartamento. Los canarios lanzan un triste gorjeo detrás de las rejas. Señora Patricia, digo en medio del tumulto de palabras; tengo que salir ahora mismo para Tunja. Cuelgo sin dar otra explicación ni esperar respuesta.

A la mitad de la cuadra veo cruzar el colectivo por la avenida. Me debato entre esperar el próximo o correr detrás de este. Al término de un segundo de deliberación me lanzó a trotar por las hendidas callejuelas. Un rugido manso anuncia la decisión del conductor de elevar la velocidad. Freno en seco. Lanzo un improperio ampuloso que incomoda a la señora que espera, a la sombra de un árbol cetrino, el arribo del sosiego. Me ubico en el margen de la sombra del mismo arbusto con el fin de esperar el advenimiento del próximo colectivo. El viento, entre tanto, decide juguetear con una bolsa blanca de un supermercado del barrio. El cierzo, después de algunos segundos de invisibles trompadas, decide enganchar la chuspa a un remolino de polvo y hojas que retorna de la esquina. Lanzo una sonrisa de doce quilates que irrita a mi vecina de andén. Brota del remolino de hojarascas un colectivo blanco. Rueda, contrario del primer vehículo, con paciencia mineral. Insto al conductor, mediante un rosario de insultos, a que acelere el autobús. Leyendo mi mente –o acaso mis labios- el piloto detiene el automotor. ¡Malnacido!, grito con rabia. Uiiichhh, dice la señora al tiempo que abandona la tersa sombra. Camino hacia el microbús clavando los tacones en el pasto. Me subo con ira, pago el pasaje y me acomodo en el segundo asiento de la fila de sillas que escoltan al auriga grecoquimbaya. El chofer me mira por el retrovisor con sorna. Siento el impulso de ultrajarlo pero el instinto de supervivencia ataja mi boca. Lanzo, como sucedáneo, una mirada estriada. El automóvil huye de la tolvanera con un trote que rasguña mi paciencia.

Frente al centro comercial Plaza Imperial una mujer levanta la mano para anunciar el deseo de tomar el vehículo. Este frena diez metros adelante del lugar donde ella espera con el brazo alzado. Camina lentamente hasta la ventana del copiloto y le pregunta al conductor si pasa por el Éxito de la 170. Sí, dice él secamente. Gracias señor, dice al aire frío del atardecer. Al subir la miro a los ojos; ella hace lo propio. Se dirige hasta mí al tiempo que giro sobre mis nalgas para dejar franco la ruta hacia la silla de la ventana. Se sienta. Murmura entre dientes una frase que no logro entender. La miro con curiosidad. Ella, al parecer, no se percata de mi contemplación inquisidora. Saca dos billetes del bolsillo de la maleta. Mete las manos a los bolsillos de su Jean en busca de monedas. Continúa musitando palabras incomprensibles. Saca, al final de una larga pesquisa, una moneda de doscientos pesos; introduce uno de los billetes al mismo saquillo donde salió. Me mira a los ojos al tiempo que dice: pagas, por favor. Lo hace con tal naturalidad que tomo el billete ajado y la moneda tibia (mis manos en ese momento estaban congeladas) y se los entrego a la señora del puesto de adelante para que las deposite en el perol metálico. Giro la cabeza para observarla de nuevo. Algo en ella me es familiar pero no logro saber qué es. Quizás la conozco en alguna de aquellas vidas paralelas que abandonamos con cada decisión, con cada quiebre del azar. Acaso, continuaba pensando mientras ella se perdía en la contemplación, atiborró mi vida de emociones, sentimientos y esperanzas en algún sendero claro que jamás conoceré. Una fuerza invisible me impulsó a preguntarle hacia qué lugar viajaba. Voy hacia Duitama, me dijo con la mirada ensartada en mis ojos. Y tú, ¿a dónde vas?, preguntó sin desclavar los ojos. Voy a Tunja, dije con un tono oloroso a laureles…

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6 comentarios

Archivado bajo anécdotas, desplome de los años, evocaciones, mujeres

6 Respuestas a “Evocaciones (7)

  1. Que tal Diego!

    Excelente evocacion, en verdad que transportas al lector al lugar de tu historia, me encanto la forma en como describes toda la atmosfera del lugar.

    Muy buen texto, me ha gustado mucho.

    Saludos!

  2. Diego Niño

    Gracias Miguel por los elogios… la atmosfera aún palpita en mi memoria gracias a que la evocación es reciente….

    Gracias por la visita y por el comentario.

    Saludos desde la fría Bogotá

  3. Descubro este blog y me detengo en esta entrada sólo para felicitar.
    Seguiré por aquí.

  4. Diego Niño

    Muchas gracias peregrino amigo por la visita y por las felicitaciones. Agradezco, asimismo, su deseo de continuar visitando el blog.

    Seguimos leyéndonos!!

  5. Cleo

    Me cuesta ubicarme en tu Tunja natal y el relato por momentos se me hace caòtico , emanan muchas evocaciones a la vez … pero te sigo .
    Saludos

  6. Diego Niño

    Mi ciudad natal no es Tunja sino Bogotá…

    Pido excusas, por otra parte, por el tumulto de evocaciones que confunden al lector.

    Gracias por la visita y por el comentario.

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