Reincidencia

(Fuente de la Imagen)

Una mañana despiertas con aquel tropel de sombras que se enreda en la voz, que te impide caminar, que te incita a quedarte tumbado sobre las arrugas de la sábana. Te levantas, omitiendo las telarañas de tu estado de ánimo, a trabajar con el alma jadeante. En la buseta, poco después, miras los pechos de tu compañera de asiento con la confusa sensación que te recuerdan otros senos (contemplas el tumulto de cabellos peinados de cualquiera manera y las manos que tamborilean sobre la agenda para localizarlos en los recodos de tu memoria). La llovizna que golpea las ventanas te lleva a un atardecer en el Park Way o una noche lluviosa en el Parque Nacional; viene con este recuerdo el aleteo de una sonrisa amplia, los dedos fríos atenazando tu mano, la opresión de unos labios y la certeza de un nombre (ensalmo que repetirás entre compromisos resueltos a medias, entre bramido de buses, a la sombra de la cordialidad protocolaria que te abrió puertas y corazones, al amparo de las palabras que usas para explicar o exponer, nunca para acariciar). Sabes que debes continuar la rutina a pesar que ella y su nombre se atravesarán como cadáveres en medio de las horas, entre minutos sangrantes y segundos agobiados por el peso de la congoja. Miras de nuevo a tu compañera de asiento; le sonríes débilmente; ella te responde con una sonrisa dudosa. Te duele, en ese instante, admitir que has recaído en el mismo amor de callejones del que juraste salir. Vuelves a él como el primer día que la amaste de verdad, sin arandelas ni oropeles, al borde de la noche, rematando un rosario de fatigas, con la mirada y con la mano, acaso en la faena amatoria o después de ella, sin remordimientos ni reflexiones. Olvidas, por tanto, las razones por las que la dejaste o por las que te dejó (nunca supiste quién fue el agraviado; sólo sabes que ella se llevó las camisetas y los pantalones que fueron sedimentándose en las noches, mañanas y tardes de seis meses de relación); del desconsuelo que acorraló el sueño, el apetito y el buen humor; las promesas hechas en todos los estados de embriaguez y en todas las cantinas que circunvalan la oficina y, por supuesto, del silencio que echó raíces en los días lluviosos que empotran, como queda dicho, sus adiestradas marrullerías, su sugerente cintura, sus dedos enamoradizos, entre las largas y penosas horas de agonía (extenso inventario de antecedentes escondidos en el último chiribitil del cerebro con el fin que no entorpezcan el avance del amor que, por efectos de la recaída, se ve diferente, iluminado por una aureola que lo revela ajeno al anterior). La ves, entonces, con un cuerpo más deseable -acaso porque no volverá a ser tuyo-, con ojos más seductores de los que en realidad tiene, con facultades y atributos que nunca ha tenido -y que, probablemente, nunca tendrá-, sin vicios ni defectos. Te atormenta, en consecuencia, que esté lejos de ti, que no puedas tenerla al alcance de la voz, al otro lado de las yemas, que nada le impida entregarse a otros hombres (si acaso no lo hizo minutos después del portazo con el que se despidió de tu vida), que no acceda a tu verbo pomposo -y en no pocas ocasiones lacrimoso-. La buseta, entretanto, continúa internándose en las fauces de la tormenta al tiempo que te hundes en la silla con la esperanza que emerja un rayo que tenga la decencia de partir la buseta de un estallido y te envíe con ella al sueño de los justos…

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Archivado bajo amor, desamor, desplome de los años, evocaciones, mujeres, narraciones, saudade, sexo

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