Archivo diario: noviembre 24, 2010

Ceremonial

(Fuente de la Imagen)

Todo inicia con la aceleración en la cadencia de tu respiración, el susurro de pensamientos que la noche fue lanzando al naufragio de sueños y con el incipiente rayo de luz que abate las crestas de polvo. Suena, cuando todo está en su lugar, la alarma del despertador; el trepidar te trae de aquel planeta donde también duermes conmigo, en el que continuamos amándonos pero no somos nosotros (tus manos son otras y otro, quizás, es tu acento; yo soy más alto o más bajo y mi voz suena a golondrinas o a murmullo de mar enamorado). Apagas el campaneo, das media vuelta para medir la profundidad de mi sueño con tus labios y tus manos; te respondo con palabras balbuceantes, enlodadas, venidas de las catacumbas del sopor. Me besas los ojos para quitarles las telarañas y el chillido de los murciélagos. Déjame dormir otro poquito, te pido con voz de niño malcriado. Me entierras un beso en la frente o en la mejilla. Abro los ojos, me remuevo entre las cobijas para sacudir las algas o la arena (porque en mis sueños soy la sombra que te sigue en la playa o el agua que se enredan en tu sonrisa), lanzo un “Buenos Días” que se estrella contra la penumbra, te beso los labios que aún saben a humo o melancolía y me enfrento al hecho que es noviembre, que las obligaciones te esperan en la otra orilla de un desierto de hombres temerosos y muchachas que crecen entre la espuma de los gritos, que tengo parcial de Teoría de Cuerpos, que no hay dinero para sobornar la felicidad y que tampoco hay trabajo para conseguirlo. Un burbujeo taladra mi estómago (me cae pesada tanta realidad en ayunas) al tiempo que suena el agua golpeando tu cuerpo; inicio, en ese instante, el retorno a las cavernas del letargo de las que saldré cuando me arrojes la toalla o alguna almohada que la oscuridad tiró bajo la cama…

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