Evocaciones (8)

(Fuente de la Imagen)

Era una de aquellas tardes de plomo en las nubes y smog en las arterias. Al final de la calle y de mi infancia, entre la angustia de testigos y peatones, aullaba un gozque que había sido atropellado minutos atrás. El perro, hincado ante lo ineludible, ojos vidriosos, patas temblorosas, venas aferradas al pánico, suplicaba que un alma menesterosa lo rescatara de las entrañas del dolor. Entre los circunstantes apareció un hombre de mirada sólida que se arrodillo frente al cuerpo tembloroso; la alegría del perro hablaba de los lazos afectivos que los unía. Le acarició el lomo, contempló las heridas y la sangre que emergía de todas partes. Entre los ojos temblorosos de los espectadores, entre los murmullos de mujeres, se quitó la correa, se la puso al cuello del animal, haló fuertemente hasta que el perro empezó a lanzar aullidos dolorosos que entraba como un huracán por las rendijas del alma; no flaqueó a pesar de las lágrimas que bajaban por sus mejillas ni del pataleo enérgico que fue bajando en intensidad hasta derivar en una quietud melancólica de las manos que apretaban y del cuerpo que luchaba contra la muerte. Al final,entre la bruma de un silencio compasivo, levantó lo que quedó del animal y se lo llevó por la misma calle que trajo al conductor asesino…

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Archivado bajo amor, desplome de los años, evocaciones, miscelaneos, narraciones, personal, saudade, serie evocaciones

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