Primaveras y azares

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Si tuviera quince años menos no habría aceptado una negativa, ni hubiera partido con la tarde susurrante, melancólica, que me decía, que me pedía a gritos que te secuestrara una sonrisa de aquellas que lanzas cuando amas, cuando te ilusionas, las mismas que, según dicen, me arrojaste cuando habían cafés sobre la mesa y conversaciones que se perdían, que se dislocaban entre coqueteos discretos, tímidos, que no fueron a ningún lado, que no me llevaron a tu cuarto ni te trajeron a este cerco de sueños tronchados que tanto se parece a la insensatez. Los años son, como puedes ver, el bozal que censura las palabras que escondo bajo las patas de este corcel de hierro y honestidad que abre puertas de universidades y colegios, que me transporta por senderos que conocerás luego, cuando el silencio empiece a perderse en los rodeos de la vida, cuando el amor deje de ser ese delirio que te ilumina los ojos y se transforme en aquella cotidianidad tan hermosa y tan compleja que te malhumora en las mañanas cuando la camisa está arrugada y que en la noche te llena de presagios de eternidad. Pero no sé por qué te hablo de esas cosas si eres demasiado joven para los absolutos que llegan con la acumulación de primaveras que te curvan el abdomen, que te quitan el cabello, que te ponen a errar por el mundo con una maleta y un par de marcadores como únicas herramientas, que deshilachan tu voz en una rinitis fibrosa que traerán quince años de cigarrillos, los mismo quince años que no quisiera tener en este momento para ser aquel joven a quien puedas ver con ojos benévolos, no de curiosidad ni de temor, que son con los que me miras cuando nos encontramos en las calles abrumadas de azar, cuando la sombra de una nube o el aleteo del amor sobrevuela tu cuerpo sin que te des cuenta, o dándote cuenta pero obviándolo como si sólo hubiera sido un presentimiento, hablando, después de reponerte de la sombra o del presentimiento, con movimientos serenos, estudiados al milímetro, lanzando al final un Hasta Luego que me deja palpitante, sollozante, como si fuera el adiós definitivo, el que no da pie a revanchas, dando, en el instante mismo de mi desasosiego, media vuelta y extraviándote por calles empinadas o trotando por escaleras, como hiciste la última tarde en la que viniste con tu cuerpo que continúa en su empeño de abandonar la rectilinealidad de la adolescencia, que busca afanoso los frutos de la pasión que sólo conoces por algunos escarceos temerarios y al que dejarás de engañar cuando tengas mi edad, cuando seas mujer casada, con todos los compromisos del mundo, con el cuerpo acostumbrado a las tragedias del tiempo, cuando tus hijos renieguen de trigonometría o de álgebra y mi recuerdo te llegue como un relámpago desde la las grietas del olvido y te digas que yo tenía razón, que otra tonada habría sonado si hubiésemos tenido la misma edad, si hubiera sido un joven irresponsable, un muchachito temerario que te hubiera buscado día y noche hasta extraviarte en los laberintos de la ternura…

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Archivado bajo adolescencia, amor, desamor, desplome de los años, evocaciones, mujeres, narraciones, saudade, sexo

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