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Promesa

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Diego y Laura.

¡Qué agotador escribirle al matrimonio entre tanta llovizna, entre tanto compromiso, entre tanta grata sorpresa! Sobran adjetivos, los verbos resultan enojosos, las frases caen en el cliché o en el ridículo; los dedos vacilan en el teclado y los ojos se extravían en la geografía del techo en busca de las palabras que hablen de pasión a zarpazos y lágrimas y de aquella ternura de las dos de la tarde cuando alguno de ustedes (o los dos) añore el anochecer pedregoso, acaso la tarde de domingo, en el que hablaron sin freno o en el que callaron mientras veían aquella película que han querido ver nuevamente. ¿Cómo hacerlo? Enojoso, reiteramos, hablar de los compromisos, de las cargas, de los amaneceres en los que los problemas ladrarán hasta levantarlos de la cama con cara de pocos amigos, de las pequeñas y grandes discusiones que nunca faltaran

(agradable es, asimismo, discurrir sobre la decisión de hacer un espacio ajeno a las vacilaciones y a las trampas, en el que la dulzura no duela, en el que puedan amarse ingenuamente, sin aguijones, con -y a pesar- de ellos, en la tarde y la mañana, con la mano y la mirada, en la cotidianidad y en la excepción, con las palabras y con el silencio)…

Si no fuera difícil, como veníamos diciendo, les escribiríamos una carta sosegada, menos confusa, con palabras que no se atropellaran, con conceptos que no se contradijeran, redactaríamos, insistimos, una misiva que describiera esta felicidad imprudente, atolondrada quizás, nacida del afecto de los años, de la solidaridad generada por el hecho de estar recorriendo los mismos caminos y que nos incita a celebrar sus triunfos y a sentir como propias sus derrotas, a festejar su unión, a creer una vez más en el futuro esperanzador en el que sus hijos y nuestros hijos soñarán con la justicia y la igualdad, como soñaron nuestros padres, como continuamos soñando nosotros, en el que ustedes y nosotros, en el que los amigos y nosotros, disertaremos sobre los años y las ausencias, sobre la brevedad de la vida, sobre el desconcertante impulso de continuar amando… pero no lo pudimos hacer porque amanecimos con las palabras atascadas en los alambres del sueño, en los deberes por cumplir, en la palpitante promesa del porvenir y en una que otra esquirla de la nostalgia…

Les dejamos, por tanto, la promesa que escribiremos, cuando la algarabía se transforme en un exiguo rumor en el tropel de recuerdos, un texto en el que elogiaremos su compromiso, empeño y perseverancia, en el que hablaremos de la solidaridad y la paciencia, del silencio y la melancolía y todo aquello que coexiste o concibe el matrimonio…

Un abrazo afectuoso

Motoso y Marjorie

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Carta al silencio de la noche (13)

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Hola.

Te recuerdo, tan sólo, como la mujer que no pierde el hábito de ser encantadora. Atrás quedaron, por tanto, los días en los que tu nombre tenía la facultad de narcotizar la nostalgia con el largo y minucioso inventario de alegrías compartidas (espero que no pienses que, al abandonarlas en el pasado, he dejado de celebrar la euforia de saber que alguna vez fuiste mía ni que desconozca las afortunadas esquirlas que dejó tu abandono). Algunas tardes (muy pocas, por cierto) envidio, sin embargo, a aquellos ojos que te verán como lo hice aquella noche de bohemia y a aquellos labios que experimentarán la embriaguez de besarte por primera vez (estos celos transitorios se desvanecen, para mi fortuna –y acaso para la tuya-, al cuarto taconazo del segundero).

Pienso, en vista de estos antecedentes, que es injusto sostener una relación en la que sólo queda el polvo de un amor imprudente, las cenizas de lo que nunca sucedió y la certeza de haber malogrado los rectos caminos de la amistad. Por ello te notifico que quedan cancelados todos los derechos concedidos por la gracia del noviazgo, así como todas las obligaciones que trae dicho ministerio (estas son, en consecuencia, las últimas palabras escritas en calidad de amante y la última vez que mi mente y corazón te concebirán como pareja).

Te envío, desde los abismos de la memoria, un abrazo inmenso.

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Carta al silencio de la noche (12)

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Fuiste, en el galope de la niñez, la más inalcanzable de mis fantasías. Tu estatura y confianza aventajaban, en el momento que nos conocimos, la timidez de mis estrenados nueve años. Recuerdo que esa noche mi mamá me arrastro, como acostumbraba hacerlo por aquellos años de poco carácter, hasta tu silla; encajó tu mano en la mía y me ordenó, con el tono castrense que aún conserva, bailar contigo. El pánico preliminar se diluyó, segundos después, en las fronteras de tu ternura al igual que la incertidumbre de mis pasos vacilantes se transformó, gracias al imperio de tu paciencia, en aceptables ondulaciones.

El siguiente año nos encontramos, por aquellas contingencias de la navidad, en la casa de tu tía. Constaté, en el instante que te vi, que el arribo a la primera década no trajo la valentía que había insinuado mi ingenuidad: no tuve el valor de saludarte y, menos aún, de hablar contigo; pude, tan sólo, lanzar una sonrisa magullada cuando tú y tu familia se marcharon a celebrar la Noche Buena (aquel diciembre inició la serie de reuniones navideñas en las que -salvo por tres modestas conversaciones- te contemplaba desde el abismo de la cobardía).

El tiempo borró -cuando la adolescencia entró por la ventana de mi infancia- los trazos de un amor diseñado para sobrevivir al amparo del silencio. Poco quedó, por tanto, cuando el mismo azar que nos reunió en aquellas celebraciones decembrinas nos empujó a ser vecinos. Pude -gracias a que la indecisión se transformo, al igual que la abstinencia de palabras, en una anécdota almacenada en el cajón de la deshonra- paladear los coloquios que el amor, por vías de la paradoja, no autorizó en la niñez que, para mi fortuna, partía lentamente (nunca, en los días de vecindad, cometí la imprudencia de suponer que el acopio de tertulias y lugares comunes construiría el anhelado noviazgo).

Hoy, después de quince años de olvido, tu recuerdo emergió aferrado a los matices del ocaso. Traías aquella mirada que encrespaba mi tranquilidad y las manos que me guiaron en la manigua de los acordes tropicales…

Sean, pues, estas palabras un tributo a ti, mi primer –y acaso único- amor platónico.

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Carta abierta a Gabriel García Márquez

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Apreciado Gabriel.

La primera vez que leí sus escritos me pareció un hombre con una imaginación tan cercana a la demencia que, para serle franco, me produjo el mismo rechazo que experimentan los sobrios hacia los borrachos que asedian la conversación sosegada. Una tarde, sin embargo, tuve la oportunidad de sentarme en la orilla de la Ciénaga Grande que usted, en su niñez, cruzó con su abuelo. Experimenté, poco después, aquel letargo que desciende con los primeros estertores de la tarde en una de aquellas casas de tablas y patio de piedra que hormiguean en sus relatos. Escuche los susurros del mar y contemplé, cuando el ocaso abatió las certezas andinas, las lámparas de los pescadores iluminando las tinieblas como luciérnagas extraviadas. En ese momento, respetado Gabriel, entendí que sus relatos no son fruto de una imaginación vecina del delirio sino el inventario de la realidad caribeña. Esa noche examiné, para corroborar la hipótesis, el alegre y espinoso amor de las mujeres que crecen con el arrullo del mar (el mismo que usted, como buen hombre del Caribe, vigiló en su juventud con la firmeza de un militar y que describe con exactitud matemática en sus narraciones).

La carta es, por tanto, para pedir que disculpe los limitados argumentos con los que juzgué su obra y la terquedad indómita de los hombres que fuimos educados al amparo de foscas y lloviznas eternas -las mismas que, sea dicho de paso, usted padeció en Zipaquirá-.

Dejo estas palabras a la deriva del destino con la esperanza que lleguen a sus ojos o, si la suerte es menos benigna, que rocen sus oídos transformadas en tenues rumores.

Afectuosamente

Diego Niño

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