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Evocaciones (6)

A pesar de conocernos desde sexto mi corazón palpitó con el brío de una tormenta descarriada cuando me dijeron que debía ser tu compañero de pupitre; y no era para menos: a partir de aquella mañana sería el compañero de la niña más hermosa del salón. Coloqué la maleta en el huego del pupitre mientras mi corazón no cesaba de cabalgar. Examiné con reserva tu reacción. Tú, entretanto, mirabas al tablero como si no hubiera pasado nada. Al final de la cuarta hora, cuando la mañana se extingue en un mugido seco, te mire abiertamente (aquel vistazo me dejo la imagen que llega a mi mente cada vez que tu nombre llega a las secas regiones del recuerdo). Cuando el chillido del suelo rasguñado por las uñas metálicas de escritorios oxidados anunció el final de la clase me enviaste una mirada protocolaria que me paralizó. Me quedé mirando el tablero verde en tanto que el peso de las reflexiones, ajeno a mi cabeza en aquellos años, anunció la llegada de las espinas del amor.

El algodón de mi estrenada ternura fue limando, durante interminables semanas, las rugosidades de tu personalidad de tal suerte que al término de un mes éramos amigos entrañables. Entre carteleras, exposiciones y exámenes orales de inglés el amor progreso de leves susurros a escalofriantes gritos. Tú, que nunca fuiste tonta, te enteraste de mis sentimientos por las miradas almidonadas que te acogían todas las mañanas y por la sonrisa que nunca se borraba de las comisuras de mis labios (no se esfumó ni siquiera en el tránsito de espinosos exámenes de matemáticas). Lo lógico, pensaba en aquellos días de niñez, era que respondieras a mis requiebros con la indiferencia mineral que acostumbrabas usar en estos casos.

Una mañana, para mi sorpresa, le hice zancadilla a una mirada azucarada que no te conocía. Pensé que me había atravesado en un cambio de luces que iba dirigido a otro niño menos atolondrado que yo. Días después descubrí un brillo en tus ojos que presagiaba festivales con globos y piñatas que huían al deletéreo palo de escoba. Con el paso del tiempo fueron tan frecuentes las miradas a media asta y el fulgor en tus ojos que tuve que admitir que te atraía. Esto, en vez de ser edén donde corren ríos de leche y miel, resultó ser un tormento insufrible: percatarme que te gustaba y no saber cómo conquistarte fue una tortura que aún me atormenta. Cada mañana me levantaba con el propósito de conquistarte con frases sonoras y discursos poéticos; pero cuando te veía sentada en el escritorio, con tu piel blanca y tus cabellos negros, el temple se marchitaba y no te decía nada. Así, mi querida niña, transcurrieron las últimas semanas de aquel inolvidable año.

Esta noche, mientras Albinoni vuela en la oscuridad, llegó la niña de doce años que se sentaba a mi lado; me miró con los mismos ojos negros que me invitaban a besarte en las mañanas lluviosas; la miré con tristeza, me arrodille y le pedí perdón por impedir el arribo de un beso tierno a sus inocentes labios.

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